Ella nunca fue libre para elegir

Por Iria Bouzas

Creo que no me voy a perdonar nunca a mí misma el hecho de no recordar si se llamaba Silvia o se llamaba Sonia. Me siento tan sumamente culpable de no recordar bien su nombre que espero que sean comprensivos si de ahora en adelante cuando la nombre lo haga como “ella”.

Tampoco recuerdo con exactitud el año en el que la conocí, sé que estaba en el instituto y que ya estaba pensando en conseguir nota para poder estudiar la carrera universitaria que soñaba, así que tendría yo unos 16 o 17 años.

El colectivo Imán de Vigo, un grupo de autoayuda para enfermos de VIH, Sida y adicciones, organizaba un encierro reivindicativo y allí nos conocimos.

Por mi parte, no la voy a olvidar nunca. Ni a ella ni a todos los que como ella, no han tenido nunca la opción de elegir

Ella estaba allí, fumando un cigarro tras otro, sentada en un escalón. Era una persona tan delgada, consumida y avejentada que supuse que sería una persona mayor.

Han pasado más de dos décadas de aquel día y soy incapaz de acordarme de como empezamos a hablar. Recordando mi personalidad de por aquel entonces, parece fácil suponer que fui yo la responsable del inicio de aquella amistad de un solo día que llevaré dentro durante toda mi vida.

Recuerdo que empezamos a charlar sobre cosas intrascendentes. A ella gustaba mi jersey y me decía que tenía los ojos bonitos. Yo alababa su pulsera y me quejaba del frío que no terminaba de irse aquel año.

Así, ese día de reivindicación y de encierro, ella y yo nos hicimos amigas.

Ella me contó sin más que tenía Sida y yo le di, sin más, un abrazo.

Creo que aquel abrazo le sorprendió y le emocionó a partes iguales. Yo era muy joven aún y no entendí el motivo de aquel agradecimiento que me demostraba. Mi familia me había enseñado a huir de las malas personas y a consolar a los enfermos. Si hay quienes han decidido aplicar ese principio al contrario, me dan más pena que asco.

Después de aquel abrazo nos tomamos un refresco al que le invité y estuvimos hablando y hablando durante todo el encierro. Me contó toda su vida. Y recordarla, todavía me duele.

A los 9 años, su madre la había metido por primera vez en la cama de su padre para que abusara de ella. Vivió ese infierno hasta que a los 12 años se escapó de casa y empezó a prostituirse para poder sobrevivir, de ahí al consumo de drogas y a la marginalidad no hubo más que un inevitable paso.

Aquella mujer que me había parecido una señora mayor, me llevaba a lo sumo tres o cuatro años.

Cada vez que alguien, desde su atalaya de soberbia de clase media y con la osadía que solo puede dar la absoluta ignorancia, me habla de libertad de elección de los individuos me entran ganas de gritar de rabia pensando en ella.

Sé que la mayoría de las personas realmente son unas cobardes. Se construyen una coraza de argumentos falsos que les permiten evitar el tener que ponerse frente a un espejo y verse a sí mismos reflejados. Cobardes, acomodados, insolidarios, amargados, tristes y oscuros.

Aunque no soy católica me voy a permitir afirmar que allá ellos, en su pecado llevan su penitencia.

El problema viene cuando estos cobardes pretenden adoctrinarnos a todos en su cobardía. Necesitan que los demás practiquemos sus ideas. Necesitan que todos justifiquemos en la presunta libertad de elección de los individuos el inmovilismo social.

Si ellos han evitado con tanta insistencia ponerse delante de un espejo que les refleje sus míseras vidas, ¿cómo van a permitir que el resto nos comportemos de una forma diferente y terminen por verse reflejados igualmente en nosotros?

Me da igual la de excusas que quieran poner, ella, se llamase Silvia o Sonia, no tuvo libertad de elección. A ella, Silvia o Sonia, nadie le dio una oportunidad de llegar intacta a la vida adulta. Nadie le permitió tener opciones. Nadie cuidó de ella, nadie le dio herramientas para poder elegir.

Ella, simplemente nació en una sociedad que la dejó abandonada.

Aquel día terminó como había empezado. Le regalé la pulsera que tanto le gustaba y ella se empeñó en darme una suya a cambio. Todavía la conservo con muchísimo cariño. Me sirve de recordatorio de ella pero sobre todo de mí. Me hace recordar qué tipo de persona adulta quería llegar ser cuando todavía tenía todo el tiempo del mundo por delante para construirme a mí misma. A veces le fallo a esa chica que fui, miro la pulsera y retomo el camino que me propuse emprender.

Ella estaba allí, fumando un cigarro tras otro, sentada en un escalón. Era una persona tan delgada, consumida y avejentada que supuse que sería una persona mayor.

Pregunté muchas veces por ella después de aquel día pero nunca la volví a ver. Supe que se había ido poniendo cada vez más malita y a los pocos meses me dijeron que había muerto.

Espero con toda mi alma que exista la reencarnación. Espero con toda mi alma que haya podido volver a nacer en el seno de una familia buena que la haya querido y cuidado como no lo hicieron en su vida anterior.

Por mi parte, no la voy a olvidar nunca. Ni a ella ni a todos los que como ella, no han tenido nunca la opción de elegir.

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