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El 1 de marzo de 1935, con el pretexto democrático del plebiscito, la Alemania hitleriana militarizó el Sarre: se vulneraba de este modo el Tratado de Versalles, y Hitler comprobaba por primera vez la mansedumbre de las democracias ante su afán expansionista.
Por Lucio Martínez Pereda | 6/01/2026
Lo que está haciendo Trump en Venezuela ya lo hizo Hitler en 1935. Estos días -al hilo de esos parangones históricos que asocian la violación del derecho internacional por Trump en Venezuela con la pauta expansionista del III Reich- me ha encontrado con periodistas y analistas que sitúan la ocupación nazi de Polonia en 1939 como el test usado por Hitler para sondear la flaqueza de las democracias europeas frente al empuje imperial del Tercer Reich.
Pero ese tanteo ya se había producido en 1935, con la reintegración alemana del Sarre, urdida tras un referéndum convocado en enero, con tres opciones en liza: el estatus quo bajo la Sociedad de Naciones (8,8%), la anexión a Francia (0,8%) o el retorno a Alemania (90,4%). De acuerdo con el Tratado de Versalles de 1919, firmado tras la Gran Guerra, el Sarre se había convertido en territorio-prenda, con sus minas de carbón explotadas por Francia a modo de resarcimiento bélico. La Sociedad de Naciones custodiaba un gobierno en teoría autónomo, pero la propaganda nazi avivaba el ánimo germanófilo en su población.
El 1 de marzo de 1935, con el pretexto democrático del plebiscito, la Alemania hitleriana militarizó el Sarre: se vulneraba de este modo el Tratado de Versalles, y Hitler comprobaba por primera vez la mansedumbre de las democracias ante su afán expansionista. El carbón de la cuenca del Sarre en 1935 cumplió la misma motivación económica del Petróleo venezolano en el 2025: pero lo que estaba en el objetivo político de ambas ocasiones era y es lo mismo: una brutalizada prueba de stress contra las democracias.
El referéndum del Sarre y su posterior militarización fue un ensayo técnico: calibrar la elasticidad de Versalles y medir el pulso de Londres y París. El resultado fue la certeza estratégica: no habría castigo. Venezuela cumple hoy la misma función instrumental. No importa tanto su petróleo como el experimento que simboliza: medir hasta qué punto las democracias occidentales aceptan que el marco jurídico internacional sea reemplazado por la impunidad de quien lo viola.
En la larga cronología de los autoritarismos, los ataques a la legalidad internacional rara vez se inician con estridencia; comienzan con una infracción calculada, un acto menor cuya impunidad mide la temperatura moral del adversario. Así operó el régimen nazi en 1935, y así actúa hoy el trumpismo en su aproximación a Venezuela. En ambos casos, los recursos materiales (carbón o petróleo) son causa instrumental; el factor decisivo es político: sondear el grado de tolerancia de las democracias ante la vulneración de las normas que las fundan. La inexistencia de respuesta le permitió al Führer descubrir que podía actuar, y que las democracias europeas- temblorosas por la memoria de la Gran Guerra- preferirían mirar hacia otro lado. Aquel test, aparentemente local, fue el ensayo general del expansionismo totalitario que llevó a la IIGM. La historia no se repite, tan solo rima. Esperemos que en esta ocasión lo haga con rima asonante.
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