El tejido secreto de las raíces

Por Angelo Nero

Vaya por delante que mi relación con Julio Medem es una historia de amor que viene de lejos, desde que en 1992 vi, en una de esas salas que en los finales del siglo pasado presumían de proyectar “cine de autor”, su debut en el largometraje con el film “Vacas”, que me introdujo en el universo particular de uno de los más prolíficos y originales directores del panorama español moderno.

Pensé que fuera un amor de verano, como tantos otros que, entonces, cuando acostumbrara a ir tres o cuatro veces por semana al cine, parecían grabarse en mi piel, pero al año siguiente volvió a atraparme con “La ardilla roja”. Pero lo que me hizo incondicional de su obra, fue al siguiente, en 1996, con “Tierra”, una de las películas más poéticas y hermosas que viera hasta entonces, donde yo también me enamoré, como el personaje interpretado por Carmelo López, de sus dos protagonistas.

Subió la apuesta emocional dos años más tarde, con “Los amantes del Círculo Polar”, y ya sube que el amor por Medem era para siempre, atrapado por esos guiones plagados de casualidades y causalidades, de herencias del pasado y heridas del corazón que no quieren cicatrizar, de diálogos en los que parece que está todo dicho, y en silencios que todavía dicen más que las palabras, en miradas que te atrapan y hacen que te abandones a la butaca para sumergirte de lleno en la historia. Mientras yo me enredaba con mis propias raíces, Medem se hacía un hueco importante en mi imaginario particular, y siguió creciendo.

Quizás fue con “Lucía y el sexo”, estrenado en el año 2000, cuando esa poética del imposible prendió en mucha gente de mi entorno que, hasta entonces, no terminara de conectar con su particular lenguaje, con eses viajes en el tiempo llenos de melancolía y de nostalgia, retorciendo los alambres de los recuerdos para rescatar a los amores fallidos.

Pero, cuando ya me tenían ganado, y a buena parte del público y de la crítica, Julio Medem, uno de los directores españoles más valientes de las últimas décadas, decidió arriesgarlo todo y quiso hablar de la violencia política que parecía enquistada en este estado, con “La pelota vasca, la piel contra la piedra”, donde, por primera vez, escuchamos varias voces de los protagonistas del conflicto, exponiendo sus razones.

Fue un documental necesario, que prendió la llama de una reflexión y de un dialogo que entonces parecía imposible, tal como estaba de polarizada la sociedad de aquellos primeros años del presente siglo, y que encontró unas críticas tan feroces por parte de los medios de (des)información masiva, que Medem dejó de regalarnos con su particular mirada, y tuvimos que esperar siete años a que volviera a las pantallas con un film de ficción, que tampoco fue demasiado bien recibido, ni por el público, ni por esa crítica que no le perdonaba el atrevimiento del documental sobre el conflicto vasco. Pero a mi volvió a cautivarme con “Caótica Ana”, quizás porque en ese año mi vida también viró hacia el caos, aunque esa es otra historia.

Cuando comencé esta reseña no pretendía hacer un exhaustivo repaso a su filmografía, pero el amor por esta guió mis palabras, así que no incidiré en las obra que filmó en los últimos diez años, “Habitación en Roma” (2010), y “Ma ma” (2015), ya que considero que son las más alejadas de su universo particular, y quizás las que menos pegada dejaron en mí. Intentaré centrarme en su, hasta ahora, última película, “El árbol de la sangre”, donde Medem regresa a su origen, lo que hace de esta cinta fácilmente reconocible su autoría. Aunque a estas alturas, con una dilatada carrera a sus espaldas, ya no necesita demostrar su pegada como director, Julio Medem nos ofrece con esta nueva película una verdadera obra maestra, cargada de metáforas, de diálogos y monólogos evocadores, de ese lenguaje del paisaje, de los animales, de los montes y valles, que son parte de su discurso desde “Vacas”.

La trama de este nuevo film, nos lleva a un caserío de Euskadi, a donde llegan Rebeca (Úrsula Corberó) y Marc (Álvaro Cervantes), con la intención de reconstruir y escribir la historia de sus familias, que semejan entrelazadas como las raíces del árbol que se alza frente a la casa, como un personaje silencioso, en torno al que giran otros, durante diferentes épocas, un árbol que es protagonista del prólogo y del epílogo de esta película cargada de simbolismo, de metáforas y de esa mezcla de lo causal y de lo casual del que se empapa casi toda la filmografía del director donostiarra.

Rebeca y Marc ponen encima de la mesa sus pasados, los caminos que los llevaron a encontrarse, y los que pueden llevarlos a alejarse, como algunos secretos que no se atrevieran, hasta entonces, a confesarse, y van descubriéndonos al resto de personajes, a sus raíces y a los lazos que las unen, en un relato que dibuja la vida de dos familias a través de varias generaciones, que se entrecruzan a través de redes subterráneas, que explotan cuando salen a la luz.

Julieta y Jacinto, interpretados por Ángela Molina y Jose María Pou, niños de la guerra refugiados en la Unión Soviética, y los hijos de estos, Víctor y Olmo (Daniel Graro y Joaquín Furriel), integrantes de una oscura organización criminal. La madre de Rebeca, encarnada por la actriz Najwa Nimri (auténtico fetiche de la filmografía de Medem), una cantante de éxito en los ochenta, llamada La Maca, que arrastra un fuerte trauma del pasado, y sus adinerados abuelos, Candela y Pío (Luísa Gavasa y Emilio Gutiérrez Caba). La madre de Marc, Nuria (María Molíns), una escritora a quien Olmo salvó de la mafia georgiana, y que tiene una relación amorosa con su editora, Amaia (interpretada por Patricia López Arnaiz).

Todos ellos parecen peones de un destino ya escrito, y que los llevará, irremediablemente, a un final trágico o, cuando menos, dramático, como si fueran piezas de un engranaje que se mueve para que la historia no pierda su ritmo, algo a lo que Medem nos tiene  acostumbrado, a pesar de que en esta cinta sube un poco más la tensión, y por momentos nos lleva a una vertiginosa sucesión de acontecimientos, que nos mantiene con el corazón desbocado, a punto de salírsenos del pecho.

La película es una sucesión de laberintos, de callejones sin salida y de minotauros, movidos por el influjo de la luna o por sus propias pasiones, con rincones escuros del corazón que, de un modo inesperado, abren sus ventanas para mostrar otra historia dentro de la historia coral que nos muestra “El árbol de la sangre”, como si fueran ramas de ese árbol, o quizás esas raíces que, por debajo de la superfie, escondidas, se comunican unas con otras, en un lenguaje secreto que nos va mostrando las claves poco a poco, para que vayamos encajando las piezas de este puzzle en el que se muestra muchos de los elementos recurrente del universo Medem.

En esta mezcla de cantantes punks y mafiosos georgianos, niños de la guerra y amores predestinados, traficantes de órganos, vacas subidas a un árbol por la tormenta y escritoras perseguidas por su historia, bodas paralelas y lazos (familiares y afectivos) invisibles, no cabe la visión de quien no comparte la de Julio Medem, pues resistrise a su magia solo lleva a ver una sucesión de casualidades forzadas por el guión. Esta es, como la mayoría de las películas del director vasco, una historia que exige del público una entrega, como aquel que se deja llevar por la fuerza del amor, pues el amor es lo que hace crecer las raíces de este árbol, con lágrimas y silencios, con gritos y con sangre.

España, 2018. Dirección: Julio Medem. Guión: Julio Medem. Productora: Arcadia Motion Pictures. Fotografía: Kiko de la Rica. Montaje: Elena Ruiz. Música: Lucas Vidal. Dirección artística: Montse Sanz. Vestuario: Carlos Díez. Reparto: Úrsula Corberó, Álvaro Cervantes, Najwa Nimri, Joaquín Furriel, Patricia López Arnaiz, Daniel Grao, María Molins, Josep María Pou, Ángela Molina, Emilio Gutiérrez Caba, Luisa Gavasa. Duración: 130 minutos.

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