El silencio de los corderos

Ayudanos a seguir con Nueva Revolución

Por Daniel Seixo

 

“La imposibilidad para las clases dominantes de mantener su dominio en forma «inmutable» debido a la profunda crisis que ha afectado a estas clases, crisis que provoca el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que estalle la revolución ordinariamente no basta que «los de abajo no quieran vivir» como antes, sino que hace falta también que «los de arriba no puedan vivir» como hasta entonces. 2) Una agravación fuera de lo común, de la miseria y de los sufrimientos de las clases oprimidas. 3) Una intensificación considerable, por estas causas, de la actividad de las masas, que en tiempos de «paz» se dejan expoliar tranquilamente, pero que en épocas turbulentas son empujadas, tanto por toda la situación de crisis, como por los de arriba, a una acción histórica independiente. Sin estos cambios objetivos, no sólo independientes de la voluntad de los distintos grupos y partidos, sino también de la voluntad de las diferentes clases, la revolución es, por regla general, imposible. El conjunto de estos cambios objetivos es precisamente lo que se denomina situación revolucionaria».

Vladimir Ilich Uliánov, Lenin

“Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas. Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo y nuestro internacionalismo.”

Fidel Castro

Un año de pandemia, numerosos estados de excepción encubiertos ante la aparente pasividad popular, claras muestras del inicio de una reconversión industrial con aciagas implicaciones en la vida de millones de trabajadores, 527.900 nuevos parados en los últimos 12 meses –gran parte de ellos entre las personas más jóvenes situando el paro juvenil en el estado español en el 40,7%, el más alto de la Unión Europea y 24 puntos porcentuales por encima de la tasa global de desempleo en España– crecientes colas del hambre, un clima de desafección política en aumento que hace resurgir al fascismo con una legitimidad institucional de la que carecía desde hace casi un siglo, más de tres millones de personas contagiadas de coronavirus y cerca de 70.000 fallecidos. En medio de este abrumador panorama político, económico y social, una ligera chispa ha hecho de nuevo prender la llama de la rabia y la indignación en numerosas calles del estado español.

El martes 16 de febrero los Mossos d’Esquadra entraban en la Universidad de Lleida (UdL) para proceder a la detención de Pablo Hasél, tras lograr superar la resistencia de un grupo de personas que se habían atrincherado en el rectorado con la intención de evitar que el rapero oriundo de esa misma ciudad tuviese que cumplir la pena de prisión a la que la Audiencia Nacional lo había condenado por enaltecimiento del terrorismo e injurias contra la Corona y las Instituciones del Estado por las letras de sus canciones y sus publicaciones en la red social Twitter. Mientras las fuerzas represivas lograban romper la honesta resistencia del puñado de jóvenes que se negaban a permanecer impasibles ante la detención de su compañero y los medios de comunicación comenzaba a difundir la icónica imagen de una detención centrada en la libertad de expresión en un rectorado universitario, décadas después de suponer estos espacios un habitual campo de resistencia frente a la represión de la dictadura, las redes sociales en el estado español vivían su particular y continua abstracción de la realidad, dedicada en esta ocasión a canalizar lo que podría suponer un clima propicio para un debate de amplio calado social, en un nuevo guirigay en torno la figura, las letras, las opiniones pasadas o incluso el talento del propio rapero catalán.

A diferencias de los movimientos meramente reformistas que únicamente buscan una salida que les proporcione la capacidad para escapar de los compromisos revolucionarios y en oposición al mero sectarismo izquierdistas cuya incapacidad intelectual los lleva a ver en el marxismo un recetario cerrado y rígido incapaz proporcionar a las masas trabajadoras las condiciones subjetivas para la victoria, la verdadera vanguardia obrera no debe escudarse de ningún modo a la hora de encarar la dirección, educación y movilización de las masas revolucionarias.

No se trata de que Pablo Hasél o su detención vayan a suponer a lo largo de este artículo un tótem revolucionario, ni tan siquiera debemos tener en cuenta este hecho como un eje central para lograr comprender y analizar el contexto en el que nos encontramos tras días de movilizaciones y protestas callejeras, pero cuando las calles suenan a los pasos acompasados de la juventud proletaria, cuando las barricadas se levantan a cada palmo de la ciudad y los adoquines acumulan de nuevo la rabia y la desesperación producida por el sistema capitalista, tan solo los necios o los cobardes pueden anteponer sus intereses particulares y los reproches por situaciones concretas a la solidaridad frente a la represión.

En medio de un clima de revuelta generalizada en las diferentes concentraciones callejeras frente a la represión judicial y policial, únicamente aquellos que hacen uso de una mascarada pseudorevolucionaria para esconder su propia hoja de ruta parlamentaria desvinculada del interés colectivo o quienes bajo la apariencia de postulados revolucionarios esconden “audazmente” posturas firmemente reaccionarias y desvinculadas de todo propósito de conquista popular de nuevos espacios de soberanía, pueden pretender escudarse en la espontaneidad o la falta de organización para señalar, ridiculizar e incluso llegar a criminalizar a aquellos que han tomado las calles como muestra de solidaridad frente a un obvio abuso de autoridad que no afecta a un sujeto concreto y aislado, tal y como desde diferentes instancias nos quieren hacer creer, sino que supone a todas luces un nuevo paso en la estrategia represiva de un sistema que refuerza el control y la reacción frente al disidente, en medio de un clima de turbulencias generalizadas que imposibilita que el control del discurso se pueda seguir desarrollando de forma inmutable bajo la farsa democrática de las instituciones burguesas. No en vano, horas de contenedores quemados, interminables debates en torno a la violencia “desmedida” de los manifestantes y su supresión como sujetos políticos activos por parte de los grandes medios de comunicación y los principales intereses electoralistas, han logrado que incluso en entornos aparentemente situados en la izquierda política del estado, se haya llegado a considerar como propio y adecuado el discurso oficialista y sus dinámicas claramente contrarrevolucionarias. Hablan en estos espacios de disturbios o conflictos callejeros, llegan a situar a Pablo Hasél en el centro de la diana, examinando su legitimidad como sujeto ante el que mostrar solidaridad y finalmente rematan por culpabilizarlo por su situaciacón y vincular el descontento de una juventud sin futuro y esperanza a una mera moda pasajera que no se ajusta a las premisas que estos machos alfa de la revolución consideran adecuadas para su propia agenda.

El método y la táctica aplicados hasta el momento por la masa proletaria del estado español que todavía confía en algún tipo de proyecto transformador, han basculado únicamente entre el absoluto abandono al cretinismo parlamentario de formaciones socialdemócratas y socioliberales inmersas en un profundo proceso de derechización y la confianza ciega en atomizadas formaciones extraparlamentarias en ocasiones con espúreos intereses y una incapacidad manifiesta para preparar en lo político, ideológico y organizativo a las masas trabajadoras.

Siendo suaves, tan solo abocados a una alienación propia de los campos de educación más perdidos de la selva camboyana o mediante la torpeza intelectual intrínseca a un izquierdismo pueril, podemos explicar una respuesta semejante ante los sucesos que esta semana hemos contemplado. Un partido comunista organizado o una vanguardia objetivamente preparada para canalizar el descontento y la rabia que estos días ocupan nuestras calles, jamás debería ocultarse en la espontaneidad de estos hechos y ni mucho menos se permitiría abandonarse a la crítica al represaliado para ocultar sus propias carencias. Pero quizás es hora de admitir que por desgracia para nosotros, en el conjunto del estado español no existe en la actualidad ni partido comunista, ni actitud capaz de recoger y canalizar la rabia y el descontento que a lo largo de estos días han rezumado las calles. No se trata de Pablo Hasél, ni de Valtonyc, tampoco de César Strawberry, Emilio Cao, Alfon, sindicalistas como Pablo Alberdi y Jorge Merino, La Operación Jaro, Altsasu, El Tarajal Linares o los diferentes encausados por la Operación Araña. No se trata de ellos, pero al mismo tiempo se base precisamente en la impotencia, la desesperación y la rabia fruto de infinidad de compañeros y compañeras que a lo largo de varias décadas de supuesta democracia, han tenido que sufrir en sus carnes el yugo de la censura y la represión fruto de la versión mejorada del Tribunal de Orden Público fascista o la continua actuación de las fuerzas represivas del estado español.

Pretender huir de un análisis profundo de la situación concreta escudándose en Pablo Hasél u obviar la realidad del motivo de la sentencia que lo lleva a prisión, muestra de nuevo la raquídea espina dorsal del movimiento obrero español, una vez el engaño parlamentario del socioliberalismo y la rígida ignorancia operativa de diversas formaciones sectarias y ultraizquierdistas han logrado copar el centro del debate político, en demasiadas ocasiones animadas y aupadas por polémicas estériles y el inestimable apoyo mediático de nuestro enemigo de clase.

Horas de contenedores quemados, interminables debates en torno a la violencia “desmedida” de los manifestantes y su supresión como sujetos políticos activos por parte de los grandes medios de comunicación y los principales intereses electoralistas, han logrado que incluso en entornos aparentemente situados en la izquierda política del estado, se haya llegado a considerar como propio y adecuado el discurso oficialista y sus dinámicas claramente contrarrevolucionarias.

Para el triunfo de una revolución social, no basta con que exista una situación revolucionaria en las calles, resulta imprescindible con ello que esa situación objetiva de desestabilización del sistema y las clases dominantes, provocada por la acentuación de la desigualdad y la pobreza, sea acompañada por una insubordinación popular que logre ser canalizada y sostenida en el tiempo por un partido revolucionario capaz de guiar la conciencia y organización de la clase obrera movilizada de cara al objetivo de la revolución socialista. Si bien es cierto que no toda situación “revolucionaria” objetiva lleva al estallido de una revolución social, tras las movilizaciones populares en Linares, los estallidos sociales vividos a lo largo de esta semana en diferentes puntos del estado en defensa de la libertad de expresión e inmersos como nos encontramos en una crisis sistémica sin precedentes, fruto de la situación social, económica y sanitaria relativa al impacto del coronavirus, haríamos bien desde la izquierda en reflexionar con un sentido crítico acerca de nuestras propias miserias a la hora de elevar el nivel de conciencia y organización de la clase obrera en el seno de un contexto aparentemente favorable de cara a lograr profundizar en cambios cualitativos en la situación de la clase trabajadora. El método y la táctica aplicados hasta el momento por la masa proletaria del estado español que todavía confía en algún tipo de proyecto transformador, han basculado únicamente entre el absoluto abandono al cretinismo parlamentario de formaciones socialdemócratas y socioliberales inmersas en un profundo proceso de derechización y la confianza ciega en atomizadas formaciones extraparlamentarias en ocasiones con espúreos intereses y una incapacidad manifiesta para preparar en lo político, ideológico y organizativo a las masas trabajadoras.

Denostar, subestimar e incluso señalar como simples modas pasajeras o un acto meramente estético a los estallidos sociales que en gran medida suponen quiebras del orden establecido por la fermentación del descontento entre las clases proletarias precarizadas, reprimidas y largamente abandonadas por las dinámicas de las políticas burguesas, hace inevitablemente que este izquierdismo infantiloide se aleje tanto de las masas a las que la policía apaleaba impunemente en las calles, como de la más fiel tradición bolchevique, basada esta en la capacidad política para lograr adaptar unos principios de clase sólidos y firmes en función del desarrollo de los acontecimientos y de la propia fuerza y capacidad de influencia. A diferencias de los movimientos meramente reformistas –en la peor acepción del término– que únicamente buscan una salida que les proporcione la capacidad para escapar de los compromisos revolucionarios y en oposición al mero sectarismo izquierdistas cuya incapacidad intelectual los lleva a ver en el marxismo un recetario cerrado y rígido incapaz proporcionar a las masas trabajadoras las condiciones subjetivas para la victoria, la verdadera vanguardia obrera no debe escudarse de ningún modo a la hora de encarar la dirección, educación y movilización de las masas revolucionarias.

En medio de este abrumador panorama político, económico y social, una ligera chispa ha hecho de nuevo prender la llama de la rabia y la indignación en numerosas calles del estado español.

Si bien han sido muchas las voces que a lo largo de estas jornadas han señalado el peligro de la rabia popular sin una dirección política adecuada y no menos han sido los que a su vez han alertado acerca del uso que los partidos políticos conservadores –apoyados en la maquinaria mediática– podrían llegar a hacer de un ambiente tumultuoso en el que la opinión pública puede ser fácilmente canalizada cara a la exigencia de paz social y moderación política, el movimiento obrero no puede nunca dejarse sorprender por las vicisitudes concretas de las diferentes situaciones revolucionarias, encontrándose de este modo desarmado y sumamente débil en los momentos decisivos que estas propician para la causa socialista. Aquellos que no solo se muestran incapaces de comprender y alentar el descontento con el sistema surgido en el corazón de miles de jóvenes que enfrentan quizás por primera vez cara a cara la represión del sistema dibujado en las cargas las dotaciones de antidisturbios, sino que a su vez pretenden transformar las muestras de solidaridad intrínsecas al movimiento obrero en un intercambio de dotes en aras de una ficticia disputa por una primacía política muy lejos de su alcance, parecen mostrarse incapaces de comprender que cuando el pastor se dirige al matadero, la peor noticia para el rebaño siempre es el silencio de los corderos.

En el camino a un frente unitario y firme capaz de lograr la conquista del poder por el proletariado, haríamos bien en alejarnos de quienes en su afán por romper con todo aquello que desconocen, abocan a las masas trabajadoras a un callejón sin salida. No debemos, ni podemos, permitirnos abandonarnos al sectarismo. Ante la represión burguesa, ante las ventanas de oportunidad abiertas por el desarrollo de los acontecimientos, la clase obrera debe aprender a golpear unida, aunque no por ello la marcha de cada organización deba seguir el mismo camino. Solo la experiencia en nuestra oposición al sistema, solo la solidaridad frente a su represión y la defensa en un frente único en defensa del movimiento obrero cuando este se vea amenazado, logrará un clima propicio para canalizar la rabia de las calles cuando la situación revolucionaria haya madurado. En medio de esta justa y necesaria batalla, las propias masas podrán contrastar los programas y los métodos de actuación y desenmascarar de ese modo a reformistas e izquierdistas irreformables. Tal y como los gritos ‘¡Abajo la carestía! ¡Abajo el hambre! ¡Pan para los trabajadores!’, lograron ser canalizados en un contexto inesperado y en una nación equivocada, hoy tan solo los ignorantes o los postulados ocultamente reaccionarios pueden culpabilizar a las masas de jóvenes que toman las calles frente al sistema por su propia incapacidad ya no para guiarlas, sino únicamente para comprenderlas y respetarlas. Huyan por tanto ustedes de falsos mesías y ególatras izquierdistas.

 


Tú eres nuestra única fuente de financiación. Con tu ayuda podremos seguir ofreciéndote nuestros artículos:

Ayudanos a seguir con Nueva Revolución

Be the first to comment

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.