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El rey apareció en televisión, uniformado y salvador. El hombre ungido por Franco se convertía, bajo la luz de la tele en Padre de la Democracia y en Salvador del Pueblo
Por Lucio Martínez Pereda | 1/03/2026
El golpe del 23 F fue la actualización política de la leyenda de San Jorge y el Dragón: inventarse un monstruo para vencerlo en singular combate. Antes del 23-F, el rey era el heredero nominal de una monarquía refundada por un dictador, y su corona se sostenía por decreto. Su legitimación de origen era una hipoteca del franquismo: el monarca era un “sucesor designado”. El golpe del 23 de febrero de 1981 lo cambió todo. El rey apareció en televisión, uniformado y salvador. El hombre ungido por Franco se convertía, bajo la luz de la tele en Padre de la Democracia y en Salvador del Pueblo. Una dictadura le había dado el trono y el simulacro de su vuelta le otorgaba ahora la legitimidad de ejercicio.
La legitimación de origen era antidemocrática, pero la de ejercicio, sin embargo, le permitió sobrevivir y reinar. El combate -transmitido al país entero en diferido, en blanco y negro- selló la victoria sobre el dragón. Se había creado el drama para construir el mito de un pueblo salvado por un dragón domado por su propio creador.
La historia oficial hizo el resto. Durante décadas, se repitió la versión pedagógica oficializada : sin el rey no habría transición; sin su intervención, el golpe habría triunfado; sin su figura, la democracia hubiera muerto.
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