El Rey, la integración europea y el régimen del 78

En su discurso navideño, Felipe VI asocia de manera tramposa la integración europea con el progreso, la democracia y la soberanía.

Por Oriol Sabata | 25/12/2025

En su tradicional discurso de Navidad, el Rey Felipe VI ha vuelto a invocar la integración europea como un pilar de progreso, democracia y soberanía para España. Una afirmación que revela una desconexión profunda con la realidad histórica y social del país. Al vincular la adhesión a la Unión Europea con estos valores, el monarca oculta deliberadamente que este proceso fue todo menos democrático, progresista o soberano. El Rey perpetúa este mito para sostener el régimen del 78 y sus propios privilegios.

Felipe VI presenta la entrada de España en la UE como un hito de la democracia, pero la verdad es que el pueblo español nunca tuvo voz ni voto en esta decisión trascendental. No hubo referéndum alguno sobre la adhesión a lo que entonces se conocía como Comunidad Económica Europea (CEE), que fue firmada en 1985 y se hizo efectiva desde 1986. Se trató de una imposición de las élites políticas y económicas, orquestada por el gobierno de Felipe González y respaldada por el establishment. Este ente supranacional, diseñado por y para el gran capital, priorizaba intereses económicos sobre cualquier consulta popular. Esta decisión unilateral buscaba borrar la posibilidad de cualquier debate que pudiera exponer a los verdaderos beneficiarios de la integración europea: las multinacionales.

Esta ausencia de democracia en el proceso representa el núcleo antidemocrático de la UE, un proyecto liberal que ha transferido poder de los estados nacionales a instituciones no electas en Bruselas, como la Comisión Europea o el Banco Central Europeo. El Rey, al elogiar esta integración, defiende un sistema que burla la voluntad popular, perpetuando la idea de que las decisiones clave deben tomarse en cúpulas alejadas del escrutinio público.

Otro afirmación falsa del monarca es la asociación entre integración europea y progreso. Los datos desmontan las palabras de Felipe VI y revelan una realidad totalmente distinta para la clase trabajadora española. Desde la entrada en la UE, el poder adquisitivo de los trabajadores ha sufrido un declive constante. En 1986, el salario medio real ajustado por inflación era superior al actual en términos relativos; hoy, tras décadas de políticas europeas, España lidera la precariedad en la UE. La reforma laboral de 2012, impuesta bajo presión de la Troika (Comisión Europea, BCE y FMI), abarató los despidos y promovió los contratos temporales, elevando la tasa de temporalidad por encima del 20%. El coste de la vida, impulsado por la eurozona y la inflación importada, ha escalado, mientras los salarios reales han caído un 10-15% en los últimos 15 años, según informes de la OCDE.

No ha habido progreso tangible para los trabajadores y la desigualdad entre ricos y pobres se ha ampliado. Sin embargo, las grandes empresas han prosperado en un marco de privatizaciones masivas y un libre mercado que favorece la explotación capitalista. La UE ha sido un paraíso para el IBEX 35, con subsidios agrarios y fondos estructurales que benefician a oligopolios, no a pymes o asalariados. El progreso del que habla el Rey es el de los beneficios corporativos, no el del pueblo trabajador. La UE está construida sobre tratados como los de Maastricht o Lisboa, que priorizan los intereses de la élite capitalista.

Afirmar, como hace Felipe VI, que la integración europea reafirmó la soberanía española es una barbaridad histórica. La UE ha arrebatado la soberanía nacional al transferir competencias clave a Bruselas. Se toman decisiones sobre política fiscal, monetaria, agrícola o comercial en instancias supranacionales. Esta erosión de la soberanía no fortalece a España, sino que la subordina a intereses ajenos.

Al apelar a esta integración, Felipe VI defiende uno de los pilares que sostiene el régimen del 78, surgido de la Transición que restauró la monarquía borbónica. Este sistema garantiza la continuidad de la Corona y sus privilegios.

La clase trabajadora española no puede, ni debe, sentirse orgullosa de este proceso. El discurso navideño de Felipe VI apela a una ‘convivencia democrática’ para tratar de ocultar la lucha entre dos clases sociales con intereses antagónicos. El pueblo trabajador debe confrontar a quienes han timoneado esta integración: la patronal, la monarquía y sus gestores políticos. Esta ‘convivencia’ no es más que un eufemismo para la sumisión ante un sistema que atenta contra los intereses de los trabajadores.

El discurso de Felipe VI no es más que propaganda para perpetuar un orden injusto. Necesitamos situar en la agenda política la salida de la UE y la recuperación de la soberanía bajo una perspectiva de clase y transformadora alejada del chovinismo. Ese es el verdadero camino hacia el progreso.

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