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Juan Carlos I no ha sido condenado porque el sistema que él mismo encarnó durante 39 años lo protegió.
Por David Hurtado | 6/04/2026
Este domingo 5 de abril, la plaza de toros de la Maestranza de Sevilla vivió un momento que resume como pocos la anomalía democrática que representa la figura de Juan Carlos I. El rey emérito, que reside en Abu Dabi desde 2019 huyendo de los escándalos que lo acorralaron, regresó a España para asistir a la corrida inaugural de la temporada taurina. Acompañado de su hija, la infanta Elena, y sentado en el palco de la Real Maestranza de Caballería —de la que fue Hermano Mayor—, recibió una gran ovación del público. Los toreros Morante de la Puebla, Roca Rey y David de Miranda le brindaron el primer toro. No era un regreso discreto: llegó en avión privado desde Abu Dabi y se dio un “baño de masas” en uno de los eventos más mediáticos de la temporada.
El hecho no sería noticia si no fuera porque este mismo individuo acumula una larga lista de irregularidades financieras que las investigaciones judiciales y fiscales han documentado de forma exhaustiva, aunque nunca hayan terminado en una condena. Durante años, Juan Carlos I cobró comisiones millonarias por su intermediación en grandes contratos internacionales, especialmente el del tren de alta velocidad Medina-La Meca, adjudicado a un consorcio español. La Fiscalía del Tribunal Supremo reconoció que recibió al menos 65 millones de euros (y posiblemente hasta 100 millones de dólares) de Arabia Saudí en 2008, dinero que ocultó en fundaciones opacas en Suiza y paraísos fiscales (Lucum, Zagatka). Esos fondos, según los propios documentos de la investigación, no fueron declarados a Hacienda.
Entre 2008 y 2012, la Fiscalía constató que el entonces rey había incurrido en cinco delitos fiscales por no declarar esas rentas y donaciones. Pagos en especie de empresarios (vuelos privados, hoteles de lujo) también quedaron sin tributar. Sin embargo, en 2020 y 2021, cuando las diligencias ya estaban abiertas, Juan Carlos I regularizó 5,07 millones de euros (678.394 euros por donaciones de Allen Sanginés y 4,4 millones por rentas no declaradas). La Fiscalía y la Agencia Tributaria aceptaron esas autoliquidaciones tardías, pese a que la doctrina habitual exige “espontaneidad” para evitar la vía penal. Gracias a la inviolabilidad constitucional (hasta su abdicación en 2014), la prescripción de algunos delitos y esa regularización de última hora, todas las causas se archivaron en 2022 sin que pisara un banquillo.
Querellas posteriores presentadas por juristas, exmagistrados y fiscales anticorrupción fueron rechazadas por el Tribunal Supremo en 2025, argumentando que no aportaban “nuevos datos” y que los hechos ya habían sido regularizados o prescritos. El resultado es claro: los hechos están documentados, pero no hay responsabilidad penal. Esa es la esencia de la impunidad.
Juan Carlos I no ha sido condenado porque el sistema que él mismo encarnó durante 39 años lo protegió. La Corona, blindada por la Constitución de 1978, goza de un fuero que ningún ciudadano común tiene. Mientras miles de españoles fueron perseguidos por fraudes fiscales mucho menores durante la crisis de 2008 —precisamente cuando el emérito amasaba su fortuna oculta—, él pudo regularizar a sabiendas de la investigación y seguir viviendo con total normalidad. Su regreso esporádico a España (el anterior fue en noviembre de 2025 para un almuerzo familiar en El Pardo) no solo es tolerado, sino celebrado con aplausos en un evento público.
Este “baño de masas” en Sevilla debería provocarnos un gran bochorno colectivo. No es solo una cuestión de toros o nostalgia monárquica. Es la constatación de que, en España, para ciertos apellidos y ciertas instituciones, la ley no es igual para todos. Mientras la Fiscalía archivaba las causas alegando prescripción e inviolabilidad, el emérito seguía disfrutando de un patrimonio opaco cuyo origen nunca se investigó a fondo. Las comisiones por intermediación en contratos millonarios, las fundaciones pantalla, los testaferros y los pagos en especie forman un patrón de enriquecimiento ilícito que cualquier ciudadano pagaría con cárcel.
El aplauso de la Maestranza no borra los hechos. Solo los blanquea simbólicamente. Juan Carlos I vuelve, es ovacionado y la monarquía sigue blindada. Esa es la verdadera herencia del 23-F y de la Transición: un sistema donde la impunidad sigue siendo la norma para quien estuvo en la cima del Estado. Mientras tanto, la mayoría de la ciudadanía paga religiosamente sus impuestos y ve cómo los grandes escándalos se resuelven con regularizaciones de conveniencia.
Es hora de preguntarnos hasta cuándo vamos a seguir tolerando que el padre de la actual Jefatura del Estado regrese como si nada hubiera pasado. El bochorno no debería ser solo de quienes aplaudimos o criticamos este regreso. Debería ser de todo un país que aún no ha sido capaz de exigir cuentas reales a quien tanto daño hizo. La impunidad no es un detalle del pasado. Es un escándalo presente que se ovaciona en Sevilla.
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