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Suresnes no solo supuso la elección de Felipe González como secretario general, sino también la aprobación de un programa que abandonaba las referencias al marxismo y abrazaba un reformismo tibio.
Por Gabriela Rojas | 20/03/2025
El Congreso de Suresnes, celebrado en octubre de 1974 en las afueras de París, marcó un punto de inflexión en la historia del Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Este evento simbolizó la ruptura definitiva con el marxismo como eje ideológico del partido, un proceso de degradación ideológica que venía gestándose desde el exilio y que culminó con la conversión del PSOE en un gestor del capitalismo en España. Este giro no fue casual: estuvo acompañado de una financiación estratégica por parte de la socialdemocracia alemana, a través de la Fundación Friedrich Ebert, vinculada al Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), que buscaba consolidar en Europa un modelo político moderado y alejado de cualquier tentación revolucionaria.
El contexto: un PSOE en transición
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Tras décadas de lucha clandestina contra la dictadura franquista, el PSOE llegaba a los años 70 debilitado y dividido. Durante el exilio, la vieja guardia, liderada por figuras como Rodolfo Llopis, mantenía un discurso marxista ortodoxo. En este escenario emergió una generación joven, encabezada por Felipe González, que abogaba por un pragmatismo político y una modernización del partido. El Congreso de Suresnes, organizado con el respaldo financiero y logístico de la Fundación Friedrich Ebert, sirvió como plataforma para que esta corriente reformista tomara el control.
La influencia alemana no fue meramente simbólica. La Fundación Friedrich Ebert, con su agenda de promoción de la socialdemocracia moderada, vio en el PSOE una oportunidad para moldear un partido que, en el marco de la transición española, garantizara estabilidad y se alineara con los intereses del capitalismo occidental. Así, Suresnes no solo supuso la elección de Felipe González como secretario general, sino también la aprobación de un programa que abandonaba las referencias al marxismo y abrazaba un reformismo tibio, más acorde con las demandas de la Europa capitalista que con las aspiraciones de transformación social de la clase trabajadora.
Felipe González: fachada progresista y reformas antiobreras
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Felipe González, conocido entonces como ‘Isidoro’ en la clandestinidad, se convirtió en el rostro de este nuevo PSOE. Durante la Transición y la campaña electoral de 1982, González cultivó una imagen de líder carismático, defensor de los trabajadores y portador de un proyecto progresista. Sin embargo, una vez en el poder tras la victoria abrumadora del PSOE en las elecciones generales de ese año, su gestión reveló un giro drástico. Lejos de sus promesas, González lideró un gobierno que asumió plenamente el rol de administrador del capitalismo, implementando políticas que traicionaron las expectativas de las bases obreras que lo habían apoyado.
Entre las medidas más controvertidas de su mandato destacan las privatizaciones masivas de empresas públicas y las reformas laborales que facilitaron el desmantelamiento industrial de España. Empresas emblemáticas como SEAT, vendida a Volkswagen en 1986, Iberia, parcialmente privatizada en los años 90, Telefónica, cuya privatización comenzó en 1987, o Repsol, que inició su proceso de desestatización en 1989, pasaron a manos privadas bajo la excusa de la modernización y la integración en el mercado europeo. Este proceso no solo supuso la pérdida de control público sobre sectores estratégicos, sino que también trajo consigo un desmantelamiento industrial que dejó a miles de trabajadores en la calle.
El coste humano: despidos y protestas
El impacto social de estas políticas fue devastador. La reconversión industrial, impulsada desde mediados de los 80, afectó especialmente a sectores como la siderurgia, la minería y la construcción naval. Regiones como Asturias, País Vasco y Cataluña vieron cerrar fábricas y astilleros, lo que derivó en decenas de miles de despidos. Según datos históricos, entre 1982 y 1996, el desempleo en España alcanzó tasas superiores al 20%, un reflejo del abandono de la clase trabajadora en favor de los intereses de la patronal.
La respuesta obrera no se hizo esperar. A lo largo de los años 80 y principios de los 90, España vivió una oleada de protestas y movilizaciones. El punto álgido llegó el 14 de diciembre de 1988, cuando los sindicatos UGT y CCOO convocaron una huelga general que paralizó el país. Más de cinco millones de trabajadores se sumaron a esta protesta contra las reformas laborales y la política económica de González, que incluía el tristemente célebre ‘Plan de Empleo Juvenil’, un mecanismo que abarataba la contratación de jóvenes a costa de sus derechos laborales. A pesar de la magnitud de la movilización, el gobierno mantuvo su rumbo, consolidando su apuesta por el liberalismo.
El PSOE como gestor del capitalismo
El abandono del marxismo en Suresnes y la posterior deriva del PSOE bajo el liderazgo de Felipe González representan un capítulo clave en la historia política española. Lo que comenzó como una supuesta renovación ideológica terminó siendo una traición a las bases obreras y un atentado a los intereses de los trabajadores españoles. La financiación de la socialdemocracia alemana y la ambición de poder de una nueva élite socialista catapultaron al PSOE a la hegemonía política, pero a un coste elevado: la traición a los ideales de la clase trabajadora y la transformación de España en un país subordinado a los intereses del mercado.
Felipe González, lejos de ser el héroe progresista que prometió, pasará a la historia como el arquitecto de un modelo que priorizó a la burguesía. Las privatizaciones, el desmantelamiento industrial y la precarización laboral dejaron una huella imborrable en la sociedad española, recordándonos que, tras el barniz de modernidad y progresismo, el PSOE de los años 80 optó por ser un fiel gestor del capitalismo.
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