El periodismo de matar pulgas a balazos y el desahucio invisible

 

Por Ricard Jiménez

Al girar el objetivo, Emilio Morenatti, puso en el foco de debate al fotoperiodismo y los medios digitales que han ido cubriendo de forma asidua las movilizaciones y disturbios surgidos a raíz del encarcelamiento de Pablo Hasel. De un modo similar ocurre cuando, previo a unas elecciones, se cubren los actos de VOX, que acaban siendo utilizados a modo victimista por el partido.

De este modo y consecuente a tales balazos, aunque pretendan ser con silenciador, escurren el bulto ante la incapacidad explicativa del cómo se ha llegado a determinadas situaciones, el porqué, pero cuestionan, en último término, una profesión precarizada para la cual cabe repetir una y otra vez que sin las necesidades materiales cubiertas no se trabaja con libertad.

Lo curioso, cuanto menos, es que con este pretexto y contexto agrío del periodismo actual, a pesar de las críticas, es que aquellos que tienen cubiertas las necesidades materiales son aquellos mismos a los que exponemos como adalides mediante la repercusión en redes y a su vez, todos, sabemos de que pie cojean.

«Promocionáis las revoluciones de colores televisadas» me recriminaba alguien recientemente para, posteriormente, echarme en cara que «siguen existiendo desahucios y despidos de empresas».

La respuesta, ciertamente, es simple y, a la vez, tremendamente compleja. Así que entremos en materia.

Hace poco se publicaban los nominados al World Press Photo del último año, algo que viene al pelo para explicar a lo que me vengo a referir y es que entre estos hay un patrón estable, que se repite año tras año: occidentales contando las miserias del «mundo de fuera», del «tercer mundo» para ser más concretos.

Sin duda, con esto no pretendo cuestionar la calidad o el trabajo de ninguno de los posibles galardonados, pero se contrapone con la poca pericia a la hora de explicar la realidad latente de un país, España, inmerso en una crisis estructural profunda en el que parecen ser invisibles la desgracia, la desventura, el infortunio, la pobreza, la estrechez, la escasez, la insuficiencia, la carencia o la falta. Existir existen, pero… En esta disyuntiva no es cuestión de acusaciones cruzadas, pero la mirada de quien consume la información también termina dirigiendo al mismo objetivo que Morenatti simula darle la vuelta.

Fuera de este círculo vicioso, que se retroalimenta, entre quien enfoca y quien mira el dedo, que no pretende señalar la luna, Ginés de la Plataforma de Sant Roc (en Badalona) explicaba ayer que tan solo en este mes de marzo en su ciudad ha habido y hay convocados «alrededor de 37 desahucios». Esta sentencia rotunda expone más sinceridad que toda tertulia impostada y circense a las que solemos estar acostumbrados.

Acababa de conseguirse que Pili y sus tres hijos no se quedaran, al menos durante el próximo mes, en la calle. Las lágrimas y la efímera alegría, porque «la semana que viene hay uno más duro en el que van a cargar, seguramente», fueron atravesadas por un latigazo de Montse, «sigue haciendo fotos para a ver si salimos en la tele, porque nosotros también existimos». ¿Qué puedes responder a eso? ¿Vuestras vidas, nuestras en definitiva, no importan una mierda, porque no es contenido que venda?

Al fin y al cabo esa es la verdad no son (somos) más que el apéndice de aquella nota escrita desde una redacción que no pretende más que acariciar la referencia del despropósito de una sociedad incapaz de garantizar ni lo más básico.

No obstante, pese a no ser más que expuestos como simples números, la existencia de estas personas tiene nombres concretos, nombres propios que se materializan una vez vives en lo que nos rodea.

«Yo cobro 700 euros de pensión y pago 500 de alquiler más los gastos de agua, luz, etc.» seguía contándome Monste, «¿qué pretenden que coma?».

«Aire», le respondía Loli apareciendo de repente. «Imagínate, yo también he estado con papeleos desde el 9 de enero, pero ¿ves aquella chica? Estuvo a punto de ser desahuciada hace nada, aún siendo madre soltera con un hijo con TDH y autismo, aunque lo más grave es que todavía no se ha librado y desde la asistenta social tan solo se les ocurrió decirle que podría dar el hijo en adopción, porque así ahorraba», añadía.

¿Es falta de madurez la incapacidad de aceptación para conseguir plasmar nuestras vidas o es el marketing de la sociedad del bienestar?

Quizá fue ayer mismo, o hace dos días, nuestro compañero en Nueva Revolución Javier Ferrero nos explicaba que había entendido que la mayoría de medios existen a causa y razón del «activismo político», pero que, por el contrario, pretende llevar a cabo una labor de «activismo social, ya que pretende incidir y mejorar esta». En aquel momento no lo pensé, pero yo añadiría un tercer tipo de prensa que es la del «activismo empresarial», que es aquella que ostenta el poder para dirigir la atención ciudadana, a pesar de que cada vez menos, hacia ciertos intereses de poder.

Hoy, nueve días después de una reunión de 150 empresarios de la patronal catalana contra «la violencia, vandalismo y saqueo», más de 200 colectivos y más de 400 personas se concentraban en los jardines de ‘les Tres Xemeneies’, con el fin de poner cara a la condena presente de la clase trabajadora, «porque la esperanza no puede esperar» exponía el manifiesto.

Toda esta lejanía de lo mediático con la realidad queda aún más patente cuando hablamos de la periferia, que por el contrario, sigue siendo el centro de la violencia estructural y los efectos del abandono y consecuencias de tal violentación, repito, tiene nombre: es el Pepe, que amenazaba con lanzarse de la ventana si lo desahuciaban, es la Mari y su madre de 90 años a las que quieren dejar sin casa, son todos y cada uno de los riders, los de Bosch, los de Nissan, los de Alcoa, los niños sin luz en la Cañada, somos tú y yo.

La autoorganización en estos tiempos sigue siendo el único paliativo desde donde se intentan soportar los golpes. Los puristas matizarán con pelos y señales los límites de tales actuaciones, pero estas por lo menos han sido las únicas con cara y ojos al frente desde la anterior crisis de 2008.

¿Qué tiene que ver todo esto con la prensa? Es fácil: yo no soy nadie, pero me gustaría una información que me interpelara como si yo existiera. Para ello, como decía previamente, la autoorganización colectiva está siendo, en este campo también, el único destello en un deambular taciturno, pero en este supuesto se requiere de una interlocución de tú a tú, de nosotros con quien está dispuesto a mirar nuestro momento, con sus aristas, sus arrugas, el polvo y la suciedad, pero también con esa esperanza, a la que añadiría dignidad, que no espera, no puede esperar…

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