El peligro de aplaudir el intervencionismo estadounidense: una amenaza para la soberanía española

Si se aplaude que una potencia viole la soberanía ajena por motivos geopolíticos o económicos, ¿qué impide que se aplique el mismo criterio contra intereses españoles?

Por Sergio Meneses | 17/01/2026

En los últimos días, un determinado sector de la sociedad española ha celebrado con entusiasmo las acciones de Estados Unidos en América Latina. La operación militar lanzada por el presidente Donald Trump el 3 de enero, que culminó en el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa en Venezuela, ha sido aplaudida incluso con muestras de agradecimiento a Trump. A la operación en territorio venezolano se suman las amenazas directas contra Cuba, donde Trump ha cortado el flujo de petróleo venezolano y ha insinuado que el gobierno cubano «está listo para caer», exigiendo un «acuerdo» bajo presión estadounidense. Estos sectores, a menudo alineados con posturas conservadoras, aplauden lo que perciben como un triunfo del liberalismo. Sin embargo, esta euforia ignora un peligro inminente: al aceptar estas «reglas del juego» donde una superpotencia viola la soberanía de naciones soberanas, España podría convertirse en la próxima víctima de esta deriva imperialista.

El precedente peligroso del intervencionismo

La intervención en Venezuela no fue un mero operativo, como lo ha presentado la administración Trump. Se trató de una acción militar unilateral que incluyó ataques aéreos y la extracción forzada de un jefe de Estado, justificada bajo el pretexto de combatir el narcotráfico y asegurar el control sobre los recursos petroleros venezolanos. Trump ha declarado abiertamente que Estados Unidos «dirigirá» Venezuela hasta que se produzca una transición favorable a sus intereses, priorizando el acceso a su petróleo y marginando incluso a la oposición venezolana. En Cuba, la presión es similar: sanciones ampliadas, bloqueo de suministros energéticos y amenazas implícitas de intervención, todo bajo la excusa de promover la «libertad». Estos actos no solo violan el derecho internacional, como ha denunciado la ONU y varios aliados europeos, sino que establecen un precedente donde el poderío militar justifica la injerencia en asuntos internos de otros países.

Para España, esta lógica es un doble filo. Si se aplaude que una potencia viole la soberanía ajena por motivos geopolíticos o económicos, ¿qué impide que se aplique el mismo criterio contra intereses españoles? La historia reciente muestra que el intervencionismo no se detiene en fronteras ideológicas; se expande donde hay oportunidades estratégicas.

La alianza EE.UU-Marruecos: una amenaza latente

Aquí entra en escena un factor crítico que muchos ignoran: la creciente colaboración militar y estratégica entre Estados Unidos y Marruecos. Bajo la administración Trump, esta alianza se ha intensificado, con ejercicios conjuntos como African Lion 2026, que involucran a miles de tropas estadounidenses y marroquíes en maniobras de alto nivel en territorio marroquí. En enero de 2026, altos funcionarios de defensa de ambos países se reunieron en Rabat para profundizar la agenda de cooperación hasta 2030, que incluye transferencia de tecnología, entrenamiento conjunto y apoyo logístico. Marruecos ha sido incluido en contratos multimillonarios para el mantenimiento de radares F-16 y es un beneficiario clave del programa de exceso de artículos de defensa (EDA) de EE.UU, recibiendo equipo militar sobrante valorado en miles de millones. El comandante de AFRICOM ha calificado a Marruecos como un «socio estratégico sólido» en la seguridad regional.

Esta alianza no es neutral para España. Marruecos mantiene una reivindicación histórica y permanente sobre Ceuta y Melilla, enclaves españoles en el norte de África que Rabat considera «reliquias coloniales». En enero de 2026, líderes marroquíes como Abdelilah Benkirane han reiterado que estas ciudades «volverán a ser marroquíes, les guste o no», sin descartar presiones económicas o diplomáticas. Aunque las relaciones hispano-marroquíes han mejorado recientemente, con acuerdos aduaneros y cooperación en migración, la reivindicación «nunca desaparecerá», según ex altos funcionarios españoles como Jorge Dezcállar. En un contexto de fortalecimiento militar marroquí respaldado por Washington, un Marruecos empoderado podría intensificar sus demandas, ya sea mediante cierres fronterizos, como el de 2018-2025, o presiones más directas.

Imaginemos un escenario donde EE.UU, priorizando sus intereses en África del Norte (como contrarrestar a China o Rusia), respalde implícitamente a Marruecos en un conflicto sobre estos territorios. España, como aliado de la OTAN, se vería atrapada en una contradicción: ¿defender su soberanía contra un socio de su principal aliado? El intervencionismo aplaudido en países como Venezuela podría volverse en contra, justificando injerencias similares en disputas territoriales.

La necesidad de una política de defensa independiente

Este sector de la sociedad española que celebra las acciones de Trump no valora el riesgo de esta deriva imperialista. España ha sido históricamente un país subordinado a Washington, desde la adhesión a la OTAN en 1982 hasta el apoyo a intervenciones controvertidas como la de Irak en 2003. Pero en un mundo multipolar, donde potencias como China y Rusia desafían el orden unipolar, seguir siendo un vasallo de EE.UU es insostenible. La dependencia en materia de defensa –con bases estadounidenses en territorio español y una integración profunda en estructuras atlánticas– limita la autonomía para proteger intereses nacionales.

Es hora de replantear por completo la política de defensa española. En lugar de priorizar misiones exteriores dictadas por Washington, el foco debe estar en garantizar la defensa de las fronteras y el territorio propio. Esto implica invertir en capacidades autónomas: modernización de las fuerzas armadas, inteligencia propia en el norte de África y diplomacia multilateral que fortalezca alianzas con la UE y vecinos africanos, sin depender exclusivamente de EE.UU.

Aplaudir el chantaje y el intervencionismo de EE.UU en Venezuela y Cuba es miope. Establece un precedente que podría perjudicar a España, especialmente ante un Marruecos fortalecido por alianzas estadounidenses. La verdadera lección es que la soberanía no es negociable, ni para otros ni para nosotros. España debe despertar de su letargo atlántico y forjar una política exterior independiente, centrada en sus fronteras y en la defensa de su integridad territorial. De lo contrario, los aplausos de hoy podrían convertirse en lamentos mañana.

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