El oportunismo devora al derecho internacional

Cynthia Duque Ordoñez


La comunidad internacional no se ha caracterizado por llegar a amplios acuerdos internacionales, sin embargo, tras la Segunda Guerra Mundial cada uno de los firmantes de la Carta de San Francisco, fundadora de la Organización de las Naciones Unidas, estuvo de acuerdo en prohibir el uso de la fuerza, salvo en legítima defensa. Algunas décadas más tarde, durante los años 90 surge una interpretación norteamericana que excepcionaría la prohibición general de existir un riesgo grave para los derechos humanos causados por una catástrofe natural, la inoperancia del gobierno para proteger a su población o a causa de la persecución de civiles por el Estado o bandas dependientes de la administración central. Este deber internacional de proteger garantizado por la comunidad internacional (cada Estado individualmente o mediante organismos regionales) se denominó “responsabilidad de proteger”. La doctrina ha considerado que dicha responsabilidad de proteger tan solo opera como consecución de la paz (uno de los valores de la Carta) de acuerdo a los mecanismos para la toma de decisiones en la ONU.

La comunidad internacional tiene un procedimiento recogido en sendos capítulos VI y VII de la Carta de San Francisco, donde prima el arreglo pacífico de las controversias; y un órgano de toma de decisiones por mayoría cualificada, el Consejo de Seguridad. Sin embargo, no dispone de un ejército propio con competencias y recursos suficientes que sirva en exclusiva a los intereses de la comunidad internacional. Interesadamente las grandes potencias inmersas en la OTAN siempre han querido que ella, defensora de sus intereses geoestratégicos capitalistas cope, de existir, la actuación militar y de este modo que las potencias europeas y especialmente EE.UU dirijan la injerencia sobre la soberanía del país intervenido, en otras palabras, que sea una organización regional oportunista quien en nombre de todos y cada uno de los países arroje bombas, derribe aviones de combate o entrene bandas “rebeldes” con la finalidad de deponer gobiernos poco afines a los intereses de las potencias mundiales en aquellos países con interés económico o militar importantes.

Tras el derrumbe de la URSS y todo el bloque comunista cayera a causa de las traiciones internas de caballos de Troya, la OTAN ejecutó el Nuevo Orden Mundial delimitado por EE.UU en los años 90. La justificación del uso de la fuerza por “razones humanitarias” se la debemos en buena medida al “pacifista” George Bush y a su directiva Defence Planning Guidance (1992).

Libia luchaba con el panarabismos como herramienta contra el auge del islamismo que quería imponerse en uno de los pocos países laicos del norte de África

Aquellos 78 días de bombardeo sobre población civil en la antigua Yugoslavia (1999) son su infernal resultado, la principal agresión sobre la soberanía de un Estado desde que Hitler invadiera Polonia y hoy por hoy sin un solo condenado. La justicia internacional no es igual para todos cuando es aplicada por los países del centro económico siempre en perjuicio de la periferia y nunca en contra de los suyos.

El Consejo de Seguridad nunca autorizó a la OTAN, por lo que su actuación no solo fue inmoral, sino que era ilegal y motivo de responsabilidad internacional. Sin embargo, en 2011 el Consejo de Seguridad con Francia a la cabeza seguida de Reino Unido y EE.UU actuaron como buenos caballeros de la orden del pentágono y bombardearon Libia causando más de 30.000 “daños colaterales” y millones de desplazados, permitiendo que las milicias terroristas, sucursales de Al Qaeda y Daesh tomaran las riendas de un Estado fallido, a causa de la actuación de la OTAN, e incapaz de asegurar la paz para su pueblo, convirtiéndose los “rebeldes” en reyezuelos de la guerra y traficantes de seres humanos.

Hoy, ocho años después, millones de vidas se pierden en el Mediterráneo por la avaricia de Sarkozy, Cameron y Obama.

Nos contaron que protegerían al pueblo ¿a bombazos? ¿poniendo en el poder a miembros de Al Qaeda?

Sarkozy debía 50 millones de dólares a Libia por financiar su campaña política, no hace falta decir que no los pagó. Obama recuperó el prestigio norteamericano después de los fracasos de Irak y Afganistán y evitó la renacionalización de la industria petrolera libia que en 2009 empezó Gaddafi. Se mandó un duro mensaje a la África francófona cuyos ecos se escuchan en Argelia: nadie está a salvo.

Ni un solo ser humano vence cuando los poderosos emplean la fuerza sobre los débiles para imponer sus intereses económicos.

No podrán alegar desconocimiento. Gaddafi y Bush firmaron un acuerdo en 2004 de desarme y ayuda en la lucha contra el terrorismo de Al Qaeda, en la cual el papel de Libia era fundamental pues sucursales de la organización terroristas se asentaban en el sur de Libia, entrenadas en Irak, Afganistán y Sudan. Similar acuerdo llegó con la Unión Europea. Libia compartía el problema de los Balcanes, un interesado y ficticio nacionalismo tribal. Libia además luchaba con el panarabismos como herramienta (socialismo de corte árabe nacionalista que pugnaba por la unidad de todos los pueblos árabes por encima de las diferencias artificiales creadas y potenciadas por el colonialismo británico y francés) contra el auge del islamismo que quería imponerse en uno de los pocos países laicos del norte de África y aquel con el desarrollo humano más prometedor.

Ni un solo país venció en Libia. Ni un solo ser humano vence cuando los poderosos emplean la fuerza sobre los débiles para imponer sus intereses económicos. Perdió la humanidad y muchos ni siquiera se han dado cuenta. Lo harán, pero será demasiado tarde porque no habrá nadie que les proteja de la orden del pentágono.


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