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Históricamente, la CEOE ha utilizado los flujos migratorios como ariete para depauperar las condiciones laborales de toda la clase trabajadora.
Por Fernando Ariza | 30/09/2025
En el opulento Hotel Villa Magna de Madrid, durante el Forbes Spain Economic Summit 2025, Antonio Garamendi, presidente de la CEOE, soltó una perla que resume la desconexión elitista de la patronal española. Ante un auditorio lleno de ejecutivos y líderes empresariales, el jefe de los empresarios no dudó en calificar de «problema de actitud» la realidad laboral de España.
«El gran drama que tenemos en este país es la actitud», sentenció, mientras arremetía contra la propuesta de reducción de la jornada laboral a 37,5 horas semanales, impulsada por Sumar y el Ministerio de Trabajo de Yolanda Díaz. «¿Tú crees que Alcaraz trabaja 37 horas y media a la semana? No. Es la cultura del esfuerzo. La cultura de sufrir, de saber qué pierdes, qué ganas», espetó, comparando el sudor de un tenista millonario con la precariedad de millones de asalariados. Un discurso que no solo ignora los datos —la jornada media en España ronda las 38,2 horas, según el Gobierno—, sino que revela el verdadero talante de Garamendi: un «negrero» moderno que sueña con mano de obra barata y desorganizada para engordar los márgenes de beneficio de las grandes corporaciones.
Estas declaraciones no caen en saco roto. Se enmarcan en el rechazo frontal de la CEOE a la reforma laboral que busca equilibrar vida y trabajo, una medida que el Congreso tumbó recientemente gracias a los votos de la derecha y sus aliados. Garamendi no se limita a oponerse; va más allá al idealizar la inmigración como salvavidas para la «falta de ganas» de los trabajadores españoles. «Mucha gente tampoco quiere trabajar», afirmó, contrastándolo con la supuesta disposición de mano de obra de Latinoamérica, India o África, donde «todos quieren trabajar». ¿Encantados? Más bien desesperados. Lo que Garamendi celebra como «entusiasmo» es la vulnerabilidad de quienes huyen de contextos socioeconómicos devastados, dispuestos a aceptar salarios de miseria y condiciones inhumanas por un futuro incierto en España.
Aquí radica el meollo de la crítica: Garamendi no defiende el «esfuerzo» por principios éticos, sino por cálculo económico puro y duro. Como representante de los grandes empresarios, su agenda es clara: importar mano de obra inmigrante barata para maximizar beneficios a costa de la explotación. Un modelo migratorio masivo y no planificado que beneficia exclusivamente a las élites corporativas.
¿Dónde está el plan para acoger dignamente a estos trabajadores? ¿Para garantizar salarios justos y derechos sindicales? Ausentes, porque a la patronal no le interesa la integración; le interesa la docilidad. Y es que los inmigrantes, a menudo en situación irregular o de extrema necesidad, rara vez se organizan en sindicatos con la fuerza de la clase obrera autóctona. No cuestionan horarios abusivos ni exigen mejoras, porque su prioridad es sobrevivir. Esta es la «actitud» que tanto admira Garamendi: no la del esfuerzo colectivo, sino la de la resignación forzada.
Este posicionamiento bochornoso de Garamendi no es nuevo; es el ADN de la patronal. Históricamente, la CEOE ha utilizado los flujos migratorios como ariete para depauperar las condiciones laborales de toda la clase trabajadora. En los años 80 y 90, con la llegada masiva de inmigración procedente de Latinoamérica, se normalizó la temporalidad y los salarios bajos en sectores como la hostelería y la construcción. Hoy, la estrategia se repite: abrir las puertas a la inmigración sin control para presionar a la baja los sueldos y desmantelar conquistas sindicales. Es el capitalismo en su forma más cruda: lucro ante derechos, beneficios ante personas.
Garamendi no se preocupa por la «actitud» de los españoles; le aterra que estén organizados, que defiendan colectivamente salarios dignos y jornadas humanas. Prefiere una fuerza laboral fragmentada, donde el inmigrante compita con el autóctono en una carrera hacia el fondo.
Denunciar estas declaraciones no es populismo; es justicia. En un momento en que España crece por encima de la media de la OCDE, no necesitamos lecciones de «esfuerzo» de quienes acumulan fortunas en consejos de administración. Necesitamos políticas que planifiquen la inmigración, que garanticen igualdad de derechos para todos los trabajadores y que prioricen la conciliación sobre la rentabilidad ciega. Garamendi y la CEOE representan lo peor de un sistema que ya no engaña a nadie: un capitalismo rapaz que divide para reinar. Es hora de que la sociedad alce la voz y recuerde que el verdadero «drama» no es la actitud de los trabajadores, sino la avaricia de quienes los explotan.
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