El mensaje

Léanlo antes de que algún consejo escolar decida que es demasiado peligroso para sus tiernas mentes o de que algún régimen despótico decida quemarlo en la hoguera.

Por Dani Seixo | 11/02/2026

Si usted es de esos que cree que el periodismo moderno consiste en un señor encorbatado asintiendo con gravedad fingida mientras un político de turno miente con total impunidad en horario de máxima audiencia, entonces este libro le va a sentar como una patada directa a la espinilla. Y créanme, realmente se lo merece.

En un mundo donde la «objetividad» se ha convertido en ese pariente borracho que insiste en que hay gente buena en ambos lados de una masacre, Ta-Nehisi Coates irrumpe en esta apagada fiesta literaria no para volcar la mesa, sino para señalar que la mesa está construida sobre un cementerio que cojea. El mensaje, publicado por Capitán Swing, no es un manual de estilo para becarios asustadizos, es un manifiesto escrito con la urgencia de quien sabe que el edificio está en llamas mientras los inquilinos discuten sobre el color de las cortinas. Y ese es el fiel retrato del periodismo hoy.

El autor, armado con esa prosa que corta como un bisturí oxidado, se embarca en un viaje a tres destinos que harían sudar frío a cualquier relaciones públicas del orden mundial, esos que nunca están donde se les necesita. Dakar, Carolina del Sur y Palestina, lugares todos ellos que reclaman una pluma que narre los efectos del imperialismo contra sus pueblos. Y lo hace con una premisa que haría revolverse en su tumba a los puristas de la neutralidad, el periodismo si no es un acto de amor, no es más que mecanografía glorificada.

Este título primero nos arrastra a Dakar. El autor sufre esa especie de esquizofrenia temporal que ataca a quien busca sus raíces en un continente que ha sido saqueado con la eficiencia de una corporación multinacional. Allí no queda nada de lo que esperaba, algo, por otra parte, normal. Se encuentra atrapado entre la ciudad moderna y el fantasma de lo que pudo ser, lidiando con la indigestión histórica de la esclavitud y el colonialismo. Es un recordatorio de que la historia no es algo que pasó, sino algo que nos sigue mordiendo los talones.

En un giro que solo podría calificarse de farsa trágica si no fuera tan real, Coates aterriza en Carolina del Sur. Esa tierra donde las estatuas de los segregacionistas se alzan con la desfachatez de un mal chiste que nadie se atreve a dejar de contar. Su pluma se topa inmediatamente con la prohibición de su propio trabajo, un honor dudoso que confirma que estás haciendo algo bien. Observa cómo el sistema educativo intenta borrar la realidad con la misma torpeza con la que un niño intenta ocultar que se ha comido el pastel, simplemente prohibiendo hablar del pastel. Es la mitología americana en su estado más puro y delirante, el Emperador no solo va desnudo, sino que además es un jodido racista.

Y finalmente, Palestina. Aquí es donde Coates deja de ser simplemente un observador agudo para convertirse en un profeta del desastre inminente. Con la claridad devastadora de quien ha visto la misma película de terror antes, conecta los puntos entre el Jim Crow americano y la ocupación israelí. No necesita hacer malabarismos retóricos, simplemente describe la arquitectura de la opresión. Los muros, los controles, la deshumanización burocratizada. Del apartheid sudafricano al racismo institucionalizado en Washington, hasta desembocar en el genocidio que sufre la población palestina. La pluma del buen periodista, siempre está donde se le necesita.

El periodismo que Coates propone y que ejecuta con la precisión de un francotirador, necesita amar a su sujeto. Necesita desafiar al sistema no por deporte, sino por supervivencia. El mensaje es una bofetada a la complacencia. Es un texto que te agarra por las solapas y te grita que la neutralidad es cómplice, que el silencio es un arma y que si vas a escribir, más te vale que sea para liberar a alguien, empezando por ti mismo. Es un libro para aquellos que sospechan que el mundo es un lugar absurdo y cruel, pero que todavía tienen la insensatez de querer cambiarlo.

Léanlo antes de que algún consejo escolar decida que es demasiado peligroso para sus tiernas mentes o de que algún régimen despótico decida quemarlo en la hoguera. Léanlo precisamente por eso, porque como diría cualquier personaje atrapado en una novela satírica sobre la condición humana, cuando las autoridades se ponen nerviosas por un libro, es señal inequívoca de que contiene la única cosa que no pueden tolerar, la verdad y un desafío al autoritarismo.

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