El llanto acostumbrado

Por Lúa Mosquetera.

Es un jueves de noviembre y son las ocho y media de la mañana.

Como buena milennial, nada más despertarme, con un ojo todavía cerrado, un impulso irrefrenable me lleva a palpar mi mesilla hasta dar con la forma rectangular y familiar de mi iphone.

Es la vía más rápida para conocer cómo está el mundo. Antes la gente se levantaba y miraba por laventana. Ahora perderíamos mucha información haciendo solo eso.

He trabajado quince años en hostelería nocturna, y conservo una capacidad deslumbrante para nopoder pegar ojo antes de las tres de la mañana. Esto me lleva a publicar alguna storie despistada a altas horas y, consecuentemente, a despertarme siempre con varios mensajes en mi buzón y contestarlos casi de manera automática desde la cama a primera hora. Algunos me hacen sonreír.

Otros no.

Uno de los mensajes, a cuyo emisor desconozco por completo, hace que abra los dos ojos.

Veo en negrita su chat donde se puede leer “ver vídeo”.

Todavía estoy muy dormida.

Pero los 32 años que llevo en el mundo me han hecho desarrollar una capacidad deslumbrante paraprever lo que contiene.

Ni lo he pedido, ni lo quiero.

Pero ya sé lo que voy a ver.

Respiro profundamente y lo abro, como quien aguanta la mirada de una bestia inmunda durante horas.

Son tres vídeos de un tío sentado en el suelo, masturbándose, desnudo de cintura para abajo.

Todavía estoy muy dormida.

Pero mis altas capacidades para manejar redes sociales me llevan a realizar un pantallazo.

Porque sé que ese tipo de vídeos solo se pueden ver una vez.

Pero sobre todo porque hay una parte de mí que sabe,

quizá desde hace demasiado tiempo,

que la palabra de una mujer contra un hombre de poco vale sin pruebas.

Y me duele infinitamente escribirlo.

Pero sé que hasta cuando las hay, priman otras cosas en el imaginario de una acusación.

Y esto lo sé porque hasta yo, que todavía estoy muy dormida, pienso que en mi feed quizá haya fotos demasiado sugerentes. Yo misma me juzgo y me hipersexualizo repasando mentalmente todas mis publicaciones.

Después bloqueo el móvil, lo dejo sobre la mesilla, me resguardo bajo el nórdico. Y lloro.

Pero lloro con muchísima normalidad.

Es un llanto acostumbrado, es una rabia trabajada a lo largo de los años.

Ya no me siento sexy ni bonita. Siento que soy la niña de seis años que pasea de la mano de su madre y ve a aquel exhibicionista masturbarse en medio de dos coches, traumatizada. Porque eso también ha pasado.

Hay tantísimo dolor bajo la cicatriz que se forma en el pecho de todas las mujeres que convivimos con violencia machista a diario. Y hay tantísimo silencio.

En los últimos años se ha abierto una caja que a muchos les gustaba tener bien guardada al fondo del garaje, con todos los trastos inservibles que se acumulan con el paso del tiempo.

Es una caja enorme, que contiene los gérmenes de un virus que causa cientos de miles de muertes. Son las voces de las que callaron por convención social, por vergüenza impuesta.

Los que no quieren ver lo que hay en el interior de esta caja, dicen: “Ahora ya no se puede decir nada”, “Hay mujeres que tienen la piel muy fina”, “No hay que ser tan radical”, “Yo ya tengo miedo a estar asolas con una mujer por si me malinterpreta”.

Son ellos los que reafirman que el sistema patriarcal está tan afianzado que se ven totalmente incapaces de hacer las cosas de otro modo. Son los que dan por hecho que las mujeres mienten y manipulan, ya que si dicen o hacen algo poco adecuado, ellas lo convertirán automáticamente en un delito.

Son un lastre que nos pesa.

Y que estamos cansadas de cargar.

He imaginado mi muerte un millón de veces. Me he imaginado violada, torturada y abandonada todas las semanas de mi vida desde que soy adolescente.

Caminando sola a casa, a solas con un desconocido en un ascensor, yendo a por el coche en un parking desierto o incluso en una cita a ciegas.

Me he imaginado descuartizada con toda la naturalidad del mundo después de una cena con amigas. Convivo con el miedo porque el miedo es nuestra cultura y si no lo abrazamos y lo aceptamos, podemos acabar muy mal.

Hace poco leí en algún sitio de internet los resultados de una breve encuesta que se hacía a hombres y mujeres. En ella se preguntaba qué harían si durante un día el sexo contrario desapareciera de la faz dela Tierra. La mayoría de las respuestas de las mujeres versaban sobre la libertad de escoger la ropa que se pondrían, sobre caminar de madrugada por las calles de su barrio, sobre bailar desenfrenadamente en una discoteca sin temor a las miradas. Hablaban ilusionadas de una libertad tan sencilla como utópica que ofende de una manera sobrehumana.

Una libertad tan ansiada como silenciada.

Me encuentro leyendo el nuevo libro de Ana Requena, Feminismo vibrante, donde se dice:

“Cuando callamos se completa el círculo virtuoso del patriarcado. Cuando hablamos, lo rompemos y perturbamos al sistema.”

Por eso creo que poner la caja del fondo del garaje en la puerta de entrada de todas nuestras casas ha sido un paso importante y decisivo.

Y creo, también, que estamos, poco a poco, vaciándola de mierda inservible.

Para llenarla de lo que de verdad importa.

En la encuesta antes mencionada, también se preguntó a los hombres qué harían si durante un día dejasen de existir las mujeres. La gran mayoría contestó:

Haría exactamente lo mismo.

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