El jugador

Por Daniel Seijo

Hay personas que no pueden contar con nada, ni siquiera con el azar, pues hay existencias sin azar.

Honoré de Balzac 

Para un corazón no familiarizado con el vicio éste es mucho más peligroso cuando se agazapa detrás de una máscara de virtud.

Matthew Gregory Lewis

En raras ocasiones uno podrá contemplar como la industria del juego pierde la partida, el azar, al igual que el lujo, son dos conceptos carentes de empatía alguna hacia la clase trabajadora, territorios teóricos y prácticos en los que con asiduidad al obrero se le permite hacer su parición entre embelesantes cantos de sirena y una falsa sensación de oportunidad al alcance de la mano, que en la mayor parte de las ocasiones rematará en un camino directo a la perdición.

No creo que a estas alturas sea necesario señalarle a nadie el creciente número de casas de apuestas en nuestros barrios, la omnipresencia de anuncios de casinos online o las ya típicas máquinas de apuestas, presentes en nuestros bares en substitución de las arcaicas y poco rentables máquinas tragaperras. Al compás de la crisis económica, el número de adictos al juego ha crecido exponencialmente hasta alcanzar cifras realmente preocupantes, desde la aprobación de la Ley de Regulación del Juego en 2011, y pese al por ahora frenazo legal a las ciudades del juego en nuestro país, el número de casinos y casas de apuestas se ha multiplicado arrastrando con ello a cerca de medio millón de personas al abismo de la ludopatía. Pero nuestro gobierno no desconoce que el juego es un amante caprichoso, en sus inicios quizás un mero entretenimiento, puede que incluso una fuente de ingresos extra que nos permita alcanzar pequeños lujos o simplemente remontar esa mala racha por el trabajo o nuestra adicción a la cocaína. A nuestros dirigentes simplemente no les importa nada de esto mientras la casa siga ganando. Pronto el orden de los factores se invierte, la cocaína o los problemas en el trabajo se confunden con un incipiente problema con el juego, nuestros amigos sobran por momentos en la ecuación, incluso nuestra pareja. Las mentiras se convierten en norma, el dinero en un objetivo secundario para una nueva apuesta, las estadísticas y los números en una condena, una pena impuesta sobre aquel que quiso escapar de su barrio obrero, las letras del coche, la monotonía, ¿Quién podía pensar que el juego fuese tan caprichoso y cruel cuando se aleja del puntual éxtasis colectivo de la navidad?

Cristiano Ronaldo, Usain Bolt, nuestros equipos de fútbol favoritos o incluso medios que se dicen de izquierda, todo el mundo participa con su imagen de la industria del juego, todo el mundo acepta el dinero de Pokerstars, Bwin o Betfair, dinero procedente del sudor y la desgracia de la clase obrera, porque pese a los neones o las caras conocidas en anuncios televisivos a altas horas de la madrugada, el juego no deja de ser la más cruel de las trampas del capitalismo. No amigo, esa noche en el casino, ese partido de liga en el que posas todas tus esperanzas o incluso la jodida y delirante carrera de galgos en la que acabas de invertir tu dinero, no son la puerta al paraíso del lujo y la comodidad. Ninguna jugada mágica va a salvarte de madrugar cada lunes por la mañana, mientras que lo más probable es que de esta nueva afición tuya salgas con los bolsillos vacíos. Sé que puede parecerte una tontería, que lo hacen todos tus compañeros y quizás tengas razón al asegurar que sabes cuando tienes que jugar tus cartas con responsabilidad, pero no todos somos buenos apostadores, no todos sabemos cuando hay que decir basta, y si esas casas de apuesta de la ciudad se levantan en donde antes estaba la frutería, el taller o las pequeñas tiendas del barrio, puedes estar seguro de que no es para dejar su dinero en tus calles. Al igual que la heroína en los 80, el juego ha llegado a la ciudad para aprovecharse de nuestra crisis de identidad colectiva, para ofertarnos un atajo al consumo rápido conocedor de que nuestros partidos políticos y nuestros colectivos sociales carecen en gran medida de alternativas a un modelo en el que solo importa el dinero, en el que nadie va a preguntar el método para alcanzar un mayor status como consumidor si uno no desfalca a la banca.

Como he dicho en el inicio de este pequeño artículo, son pocas las veces en las que la banca pierde, pero cuentan en una pequeña isla caribeña que todavía hoy los magnates del juego recuerdan la mano de un viejo comandante, aquel apostador revolucionario que decidió poner fin al juego y dar la vuelta a las cartas, para hacer desaparecer las residencias privadas con grandes acres de terreno rodeados de jardines tropicales, las arañas de cristal y aquellas majestuosas escalinatas que conectaban al capitalismo de casino con el calor sofocante y la miseria del pueblo de Cuba. En 1959, Fidel Castro entró triunfalmente en La Habana y puso definitivamente fin a la lotería nacional y a la industria del juego por aquel entonces en manos de conocidos miembros del hampa como Meyer Lansky, Frank Costello o Charles Lucky Luciano. Pero supongo que eran otros tiempos, otras voluntades y esencialmente otro sistema. Hoy en definitiva, lo que importa no es que ganemos todos.

2 thoughts on “El jugador

  • 21/07/2018 at 2:34 am
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    Por desgracia es un mal que se extiende ya entre las familias de la clase obrera, el estado debería poner fin a semejante problemática social atajando las leyes que protegen y fomentan dicha industria. Muchas gracias por tu comentario Carmen.

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  • 21/07/2018 at 1:28 am
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    Fantástico el comentario sobre el juego y de qué manera se está imponiendo,a nivel de la juventud,los anuncios en la TV se ponen en cualquier hora.No hay respeto a los menores.
    Además es un vicio difícil de quitar donde no sólo caes tu sino toda la familia.

    Reply

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