El gris que nos habita (reseña de “Infamia”, de LEDICIA COSTAS)

Por Angelo Nero

Reivindicaba el escritor vigués Manuel Esteban, en una entrevista que le hacía Iria Bouzas, en Nueva Revolución, la belleza del gris y de todos sus matices, tanto en los personajes como en los escenarios de su último libro, “O meu nome é ninguén”, de tal suerte que más que considerarse escritor de novela negra piensa que convenía acuñar el término de novela gris, algo que puede extenderse a un puñado de títulos de nuestra literatura más reciente.

Pienso que es una buena definición –ella misma lo reconoció en un diálogo con Manuel Esteban en la feria del libro de Vigo- para la nueva novela de Ledicia Costas, “Infamia”, publicado originalmente en gallego, y traducido a numerosas lenguas como catalán, inglés, coreano, búlgaro, rumano, italiano, portugués y persa, y que la editorial Destino ha publicado en castellano. El gris impregna todas sus páginas, como una niebla espesa que envuelve a cada uno de los habitantes de Merlo, el lugar donde se desarrolla la trama, que los lectores vigueses bien pueden identificar con una de las parroquias de su rural, Beade, donde se crió la escritora.

Grises son la mayor parte de los personajes de esta desazonadora novela, teñidos por el color de sus fantasmas, de sus culpas, de sus derrotas, de sus silencios, en los que Ledicia Costas ahonda en una suerte de viaje al corazón de las tinieblas, del que el lector tampoco saldrá indemne. Lo cierto es que este no es un libro para combatir el insomnio, más bien para alimentarlo o, si cuadra, para engendrar no pocas pesadillas. Este es un viaje a las miserias de la condición humana, en la que la autora no duda en mancharse las manos para mostrarnos que el mal anida en nosotros, en muchas formas distintas: como autores materiales de los crímenes, pero también como cómplices, colaboradores o encubridores, a través de la mentira, de la amenaza o del silencio.

Parece que el Merlo que descubre la profesora de derecho penal Emma Cruz –los dos personajes centrales de la trama- está infectado de esa semilla del mal que comprende adolescentes y padres, policías y curas, enredados en una tela de araña tejida en torno a la misteriosa desaparición de las hermanas Giraud.

Con una estructura narrativa frenética y aditiva, que nos hace navegar por sus páginas como por una galerna, con ganas de que acabe y dejándonos con el estómago revuelto, tiene también mucho de thriller sicológico e incluso de denuncia social, puesto que pone el foco en alguna de las peores lacras de esta sociedad, en las que no ahondare para no desvelar el desarrollo de la historia.

El interés de la profesora Cruz en la desaparición de las hermanas –ella misma arrastra el trauma de una pérdida- veinticinco años antes de su llegada a lugar, desencadena un puñado de cuchilladas en la niebla, que removerán los frágiles cimientos de la sociedad de Merlo, a la par que, quizás para añadirle algún dulce a tan amarga trama, Ledicia Costas nos ofrezca un hatillo de lugares comunes de la cultura contemporánea como David Lynch, The Smiths, Nick Cave, Alfred Hitchcock o Joy Division, o el descubrimiento de Félix Francisco Casanova, el poeta canario muerto cuando solo contaba con 19 años, al que recurre con frecuencia otro de los protagonistas para calmar sus demonios interiores.

Señalaré, para terminar, que aquellos que dicen que la verdadera patria de los hombres es la infancia, es que no sufrieron el infierno de los abusadores en los patios de los colegios, en las casas o en las iglesias, y por eso tienen nostalgia de esa época que te marca (o que te hiere) para siempre. Pero para los habitantes de Merlo, la infancia es un tiempo fallido, y su verdadera patria es la Infamia, que llevan a la espalda como una capa de niebla.

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