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Israel bombardea puntos de distribución de alimentos, dispara contra multitudes hambrientas que corren hacia camiones de harina, asesina a niñas con botellas de agua en la mano. Convertir el hambre en un arma genocida: ese es el plan.
Por Isabel Ginés | 19/08/2025
Nos dijeron que “nunca más”. Nos educaron con documentales, museos, testimonios y películas para que aprendiéramos a reconocer los signos de un exterminio. Nos mostraron campos de concentración, números tatuados, montañas de zapatos de niños y cadáveres amontonados. Nos juraron que la humanidad había aprendido la lección. Yo misma entrevisté a familiares, hablé con supervivientes e hice documentales hablando de ello.
Pero aquí estamos otra vez, años después, viendo cómo la historia se repite en Gaza. La diferencia es que ahora ocurre en directo, frente a cámaras, con datos de la ONU y de UNICEF, y sin embargo el silencio es ensordecedor.
Hoy los campos de concentración son ciudades enteras bombardeadas y cercadas. Gaza no tiene escapatoria: más de 2,4 millones de personas, de las cuales un millón son niños, sobreviven sin agua potable, sin medicinas, sin electricidad y sin alimentos. No es un daño colateral, es un plan calculado.
La ONU cifra en 1.760 los palestinos asesinados en apenas 75 días por intentar conseguir comida. UNICEF denuncia que más de 18.000 niños han muerto en Gaza desde el inicio del asedio, víctimas tanto de las bombas como del hambre. El Programa Mundial de Alimentos advierte que medio millón de personas está ya al borde de la inanición, que sin un alto el fuego no es posible distribuir ayuda de manera suficiente, y que cada día perdido son cientos de vidas menos.
No hablamos de tragedias inevitables: hablamos de masacres organizadas. Israel bombardea puntos de distribución de alimentos, dispara contra multitudes hambrientas que corren hacia camiones de harina, asesina a niñas con botellas de agua en la mano. Convertir el hambre en un arma genocida: ese es el plan.
Las imágenes son insoportables: cuerpos de niños esqueléticos, madres que hierven hierbas para engañar el estómago de sus hijos, familias encerradas en campos vallados obligadas a esperar bajo el sol una ración que probablemente nunca llegará. Y cuando llega, se convierte en carnada: el 95% de la ayuda internacional enviada a Gaza es interceptada y destruida, y el 5% restante se usa como trampa para rematar a quienes se acercan a recogerla.
Mientras tanto, 270 periodistas han sido asesinados para que el mundo no vea, para que el horror no tenga narradores. Es el intento más grande y descarado de silenciar la verdad en la era de la información.
¿Y qué hace el resto del mundo? Gobiernos que miran hacia otro lado, que justifican lo injustificable con un lenguaje tibio y cobarde. Tribunales que deberían juzgar crímenes de guerra y prefieren dilatar informes. Líderes que hablan de “derecho a defenderse” mientras avalan el exterminio de una población entera.
Decir que no se trata de un genocidio es un insulto a la memoria histórica y a la inteligencia humana. Si exterminar sistemáticamente a un pueblo, con hambre, con bombas, con enfermedades provocadas por el bloqueo, con destrucción deliberada de hospitales, escuelas y viviendas, no es genocidio, entonces la palabra ya no significa nada.
Quieren acostumbrarnos. Quieren que pasemos las noticias por alto. Quieren que, como sociedad, aceptemos que hay vidas prescindibles, que un niño palestino muerto no vale lo mismo que un niño europeo o norteamericano. Esa es la deshumanización: convertir la masacre en ruido de fondo.
Si callamos, si relativizamos, si seguimos consumiendo la propaganda que justifica lo injustificable, entonces no solo perecerán los palestinos: también lo hará nuestra conciencia colectiva. Seremos cómplices de una barbarie que dentro de unas décadas nuestros nietos estudiarán con la misma vergüenza con la que hoy estudiamos otros genocidios.
Decimos “nunca más”, pero el “nunca” ya está aquí. Y cada día que pasa sin justicia, la promesa se vuelve una farsa.
No nos callemos. Que cada nombre, cada vida, cada niño asesinado en Gaza sea recordado. Porque si olvidamos, si normalizamos, si dejamos que este genocidio televisado se diluya entre titulares, entonces habrán ganado no solo la guerra, sino también la batalla por nuestra memoria y nuestra humanidad.
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