
Tras el derrumbe del Imperio Otomano, los nacionalistas turcos deciden que para crear un nuevo estado nación, deben eliminar a los pueblos que consideran ajenos a esta tierra.
Por Angelo Nero | 24/12/2024
Ocho siglos antes de Cristo los griegos ya habitaban Asia Menor, y el geógrafo Estrabón, nombraba a Esmirna -actual İzmir, la tercera ciudad más grande de Turquía- como la primera ciudad griega en esa inmensa península que entre el Mar Negro, el río Éufrates, y el Mar Egeo, y que cierra por el sur los Montes Tauros, en los confines de la frontera turca con Irán, Irak y Siria. Los griegos llamaron al Mar Nego, el Euxinus Pontos, el mar hospitalario, por lo que, con el tiempo serían conocidos como griegos ponticos, a los descendientes de aquellos helenos que en las costas de Asia Menor fundaron las ciudades de Trebisonda, Ámiso, Sínope y Heraclea.
La helenización que siguió a la conquista de estas tierras por Alejandro Magno, continuó durante los imperios romano y bizantino, floreciendo especialmente durante este último periodo, e incluso tras el avance de los pueblos turcos, durante doscientos años, hasta poco después de la caída de Constantinopla, se mantuvo un estado griego en Asia Menor, el Imperio de Trebisonda, hasta su conquista, en 1461, por los otomanos.
En 1910 todavía existía una gran presencia de griegos anatolios en toda la costa de la península, que hablaban tres variedades su lengua original, el griego demótico -la base más importante del griego moderno-, el póntico y el capadoccio. También, en los albores de la segunda guerra mundial, Asia Menor era un crisol de pueblos y de culturas, ya que junto a los griegos pónticos y a los turcos, estaba habitada por armenios, kurdos, asirios, circasianos y otras etnias.
Tras el derrumbe del Imperio Otomano, los nacionalistas turcos deciden que para crear un nuevo estado nación, deben eliminar a los pueblos que consideran ajenos a esta tierra -aunque llevaran siglos viviendo en ella-, así, entre 1915 y 1923, exterminan a dos millones de armenios -el primer genocidio del siglo XX-, y la misma suerte es la que corren otros pueblos, como los asirios y los griegos ponticos. El ministro de guerra otomano, Enver Pasha, firme defensor del panturquismo y bajo cuyo mando fue implementado el genocidio, señaló que “quería resolver el problema griego, de la misma manera que resolvería el problema armenio.” Se calcula que 360.000 hombres, mujeres y niños pertenecientes a la comunidad griega de Anatolia fueron masacrados, y la cultura helénica en la península, así como ocurrió como la armenia, fue prácticamente borrada.
Cien años después del genocidio póntico, apenas quedan unos dosmil rum -como les llaman los turcos- en la moderna República de Turquía, donde también se refieren a ellos como los últimos bizantinos. Para sobrevivir han tenido que adaptarse a una narrativa nacional que les excluye, pero algunos persisten en mantener su idioma y su cultura, encontrándose con todo tipo de obstáculos y de recelos por parte de sus vecinos, para los que son “demasiado griegos para ser turcos”.
La realizadora francesa Mayalen de Castelbajac, buscó las huellas de los griegos pónticos en un documental para la cadena Arte TV, en las orillas del Bósforo y en la isla de Gokceada, a la que los griegos llamaban Imroz, a través de músicos o activistas culturales, de profesores y artesanos, que luchan por mantener viva la herencia helénica en Asia Menor a través de escuelas, de grupos musicales o de asociaciones culturales.
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