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En cada convocatoria de la selección, la bandera reaparece sin conflicto en calles y pantallas, el himno se normaliza en la repetición televisiva, y una comunidad imaginada se cohesiona en torno a once jugadores investidos de representación nacional.
Por Lucio Martínez Pereda | 22/07/2026
Hay formas de nacionalismo que no necesitan desfiles, ni palabras. Se infiltran en la vida cotidiana con la eficacia de lo invisible. Michael Billig lo llamó “nacionalismo banal”: esa presencia constante de la nación en gestos aparentemente neutros, en símbolos que no se perciben como tales. En la España del siglo XXI -y en buena parte del mundo occidental- el fútbol se ha convertido en su expresión más acabada, en el dispositivo emocional que reactiva, sin fricción, una identidad nacional.
En cada convocatoria de la selección, la bandera reaparece sin conflicto en calles y pantallas, el himno se normaliza en la repetición televisiva, y una comunidad imaginada se cohesiona en torno a once jugadores investidos de representación nacional. No es casualidad: el fútbol ofrece una narrativa simple de nosotros contra ellos.
A diferencia de las formas clásicas de nacionalismo, cargadas de retórica explícita, el fútbol funciona en el espacio de lo emocional y lo cotidiano. No se percibe como ideología, sino como entretenimiento. Y ahí reside su eficacia: en su capacidad para reproducir identidades nacionales sin resistencia crítica, integrándolas en la rutina mediática. El fútbol no sustituye a la política, la complementa en un registro distinto: el de la afectividad colectiva.
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