El final de Israel

‘El final de Israel’ no es un libro para quienes buscan neutralidad. Es un canto al derecho de los oprimidos a existir y un recordatorio al opresor de que la historia no se puede escribir solo con la tinta del poder.

Por Dani Seixo | 25/02/2026

En algún lugar del Mediterráneo la historia se repita, unos pocos deciden la vida de muchos y el mundo observa aplicando un silencio cómplice, incluso distraído. Por ello, Ilan Pappé nos invita a mirar de frente, sin espejismos ni anestesias, el país que se ha dado en llamar a sí mismo Israel, pero cuyo nombre se disfraza de promesas rotas y murallas de miedo. El final de Israel no es un libro para buscar equilibrio ni concesiones, sino un espejo que devuelve la verdad que el poder intenta esconder.

El autor nos recuerda en cada página que la seguridad de los ciudadanos israelíes, esa ilusión de bunker y ejército invencible que se ha labrado mediante propaganda a lo largo de los años, se ha convertido hoy en la misma trampa que los devora. Porque un Estado que se define por el temor a sus vecinos, por la expulsión de otros, por la acumulación de tierras ajenas, por el infanticidio, es un Estado que se tambalea sobre su propia violencia. Pappé describe cómo el sionismo se ha fracturado desde dentro entre teócratas mesiánicos y liberales que quieren iluminar la oscuridad, entre el resentimiento histórico y el aislamiento internacional. Cada bombardeo, cada asentamiento, cada muro es un clavo más en el ataúd de la esperanza.

La primera parte del presente título, El colapso, nos acompaña por ese ente que se desangra sin que la prensa internacional lo diga con claridad. La industria de la paz, que alguna vez fue un nombre rimbombante en conferencias y acuerdos de papel, se ha desvanecido. Y mientras tanto, Gaza se convierte en un paisaje de catástrofe humanitaria que ningún cálculo militar puede justificar. Hamás no es el enemigo de la seguridad de quienes viven en la Palestina ocupada, el enemigo se parece demasiado a uno mismo: un Estado que se construyó sobre la negación del otro y que ahora paga el precio de sus propias contradicciones.

Pero Pappé no se queda en la denuncia, su mirada es de justicia, no de venganza. En la segunda parte, El camino hacia delante, abrodamos un sendero que muchos temen pronunciar en voz alta, la descolonización, el retorno de los refugiados, el fin de los asentamientos…. Recodamos que Palestina no es un paisaje vacío que espera ser rellenado con muros y banderas, sino una tierra que palpita con la memoria de quienes fueron despojados e su hogar, su cultura, su patria. La justicia restaurativa es la única brújula posible, aunque moleste a los poderosos y a quienes creen que la paz se compra con bombas y fronteras de concreto.

Entre páginas que son mapas y diarios, Pappé se atreve también a llevarnos hasta 2048, logrando imaginar un mundo donde Israel ya no gobierna la vida de los demás y Palestina reconstruye su futuro. La imaginación del historiador se mezcla con la urgencia de lo real, la necesidad de reconciliar pueblos que fueron forzados a odiarse, cómo rehacer la colectividad judía fuera del marco de exclusión, cómo tender puentes con el mundo árabe y, sobre todo, cómo recuperar la dignidad perdida de un pueblo que no debería ser condenado a la eternidad de la guerra.

Leer este libro es escuchar los lamentos y las esperanzas de una historia robada, es sentir que la memoria no se puede silenciar, que la justicia no admite excusas ni medias verdades. La pluma de Pappé escribe con la claridad de quien ha visto demasiado y la paciencia de quien sabe que cada palabra cuenta, que cada relato puede abrir grietas en los muros del olvido.

El final de Israel no es un libro para quienes buscan neutralidad. Es un canto al derecho de los oprimidos a existir y un recordatorio al opresor de que la historia no se puede escribir solo con la tinta del poder. Nos recuerda que los Estados que nacen del miedo y de la exclusión nunca son eternos, y que la única fortaleza duradera se encuentra en la justicia, en la memoria y en la capacidad de reconocer al otro como humano. Y quizás, solo quizás, al final de Israel no habrá más dolor, sino pueblos que aprendieron que la verdadera seguridad no está en los muros, sino en la justicia compartida y en el respeto que nace del encuentro. El fin de Israel resulta indispensable para parar el genocidio.

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