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La izquierda posmoderna representada por Podemos, con Montero a la cabeza, compra acríticamente el marco liberal de la inmigración abierta.
Por Joaquín Castro | 3/02/2026
En un mitin realizado en Zaragoza el pasado 31 de enero, Irene Montero, eurodiputada y figura clave de Podemos, celebró la regularización extraordinaria de más de 500.000 inmigrantes aprobada por el Gobierno español. En sus palabras, no solo defendió esta medida como un avance en derechos, sino que fue más allá, invocando de manera provocadora la «teoría del reemplazo» para argumentar que los inmigrantes podrían «barrer de fachas y racistas» el país. Montero proclamó: «Ojalá teoría del reemplazo, ojalá podamos barrer de fachas y de racistas este país con gente migrante, con gente trabajadora. Claro que yo quiero que haya reemplazo: reemplazo de fachas, reemplazo de racistas, reemplazo de vividores». Estas declaraciones, aunque pretendan ser irónicas o reivindicativas, representan un grave error estratégico y conceptual que no solo idealiza ingenuamente a la población inmigrante, sino que valida involuntariamente las narrativas conspiranoicas de la derecha radical.
Montero presenta a los inmigrantes como un sector clave para frenar el avance de la extrema derecha, sugiriendo que su integración electoral –a través de la nacionalidad acelerada o cambios en la ley de voto– podría desplazar ideológicamente a los «fachas». Esta visión no solo es simplista, sino absurdamente optimista. Asumir que una mayoría de inmigrantes votarían a formaciones de izquierdas ignora la diversidad de opiniones políticas dentro de estos grupos. Esta idealización genera vergüenza ajena, teniendo en cuenta que la realidad es mucho más compleja y dentro de este sector de población suele darse también mucho desafecto hacia la política o corrientes de pensamiento muy conservadoras.
Peor aún, al apropiarse del término «gran reemplazo» –una teoría conspirativa popularizada por la extrema derecha que alega un plan deliberado para sustituir a la población nativa por inmigrantes– Montero le da legitimidad. Aunque lo usa de forma sarcástica para promover un «reemplazo ideológico», termina validando el marco narrativo de sus adversarios. La derecha radical, como Vox, ha capitalizado esto inmediatamente, interpretándolo como una confesión de intenciones genocidas o culturales. Incluso Elon Musk, dueño de X, arremetió contra ella acusándola de «abogar por el genocidio», lo que amplificó la polémica a nivel global. En lugar de desmontar la teoría, Montero la alimenta, convirtiéndola en un arma retórica para sus oponentes.
La teoría del «gran reemplazo» no tiene ni pies ni cabeza como un complot orquestado. No existe un plan premeditado por elites progresistas para sustituir a la población nativa. En realidad, los flujos migratorios responden a la dinámica inherente del capitalismo global. La patronal española, especialmente en sectores como la agricultura, los cuidados y la construcción, demanda mano de obra barata y flexible para mantener bajos los costos laborales. La regularización masiva, como la aprobada recientemente, no es una medida progresista, sino una respuesta a las necesidades económicas de las empresas.
Sin embargo, la izquierda posmoderna representada por Podemos, con Montero a la cabeza, compra acríticamente el marco liberal de la inmigración abierta. Bajo un discurso supuestamente progresista de «papeles para todos» y derechos humanos, terminan alineándose con las demandas de la patronal, que ve en la inmigración una fuente inagotable de mano de obra explotable. Esto ignora los riesgos: sin una planificación adecuada, se generan guetos, tensiones sociales y problemas de integración que alimentan el resentimiento nativo. Países como Francia o Suecia han visto cómo la falta de políticas migratorias estructuradas ha impulsado el auge de partidos abiertamente antiinmigrantes. En España, Vox se nutre precisamente de estos vacíos, presentándose como defensores de la «población autóctona» ante el caos percibido.
La militancia de Podemos, cegada por su ideología identitaria y posmoderna, no percibe que su apuesta por un modelo migratorio desregulado solo fortalece a la derecha radical. Al no abogar por una política migratoria planificada –que incluya controles fronterizos, programas de integración cultural y lingüística, y límites basados en la capacidad de absorción del país– crean el caldo de cultivo para el populismo xenófobo.
En lugar de confrontar estos desafíos con realismo, optan por una retórica divisiva que etiqueta a cualquier crítico como «facha». Esto no solo aliena a potenciales aliados en la izquierda tradicional, sino que regala votos a Vox.
Irene Montero comete un error garrafal al idealizar la inmigración como panacea contra la derecha radical. Sus declaraciones no solo son absurdas y vergonzosas, sino que validan teorías conspiranoicas y dan oxígeno a sus enemigos. La izquierda debe recuperar el sentido común: defender una inmigración planificada, que priorice la integración exitosa. Solo así se podrá frenar de verdad el auge de la extrema derecha, sin caer en trampas retóricas que la fortalecen.
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