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La dictadura chilena detuvo y encarceló a cientos de miles de personas, muchas de ellas fueron salvajemente torturadas, más de tres mil perdieron la vida a manos de los uniformados, pero se desconoce cuantos indígenas fueron mutilados, violados, o asesinados.
Por Angelo Nero | 19/01/2026
Patricio Guzmán es uno de los grandes documentalistas de la historia del cine. Su trilogía documental “La Batalla de Chile, la lucha de un pueblo sin armas”, una monumental obra en la que registra, durante cuatro horas y media, los momentos más importantes de la historia contemporánea de su país -”La insurrección de la burguesía” (1975), “El golpe de Estado” (1976), “El poder popular” (1979)-, le costaron a Guzmán el paso por el Estadio Nacional, convertido en centro de detención y tortura tras el golpe de estado del general Pinochet, del que pudo salir de milagro, para partir al exilio. No fue hasta 1997 -siete años de recuperada la democracia- que su documental, que ya había sido aclamado y premiado en todo el mundo, pudo verse en su país.
Su filmografía alberga películas imprescindibles como “Chile, la memoria obstinada” (1997), “Salvador Allende” (2004) o “Nostalgia de la luz” (2010). En 2015 dirigió una de sus proyectos cinematográficos más luminosos: “El botón de nácar”, donde a través del agua, como conductor entre los hombres y las estrellas, con una desbordante sucesión de bellísimas imágenes, hace un viaje al pasado y al futuro, para mostrar la maestría de un cineasta que rompe las costuras del género documental y es capaz de llevarnos desde la belleza de la naturaleza, hasta el horror de la naturaleza humana, hasta ese corazón en las tinieblas del que nos hablaba Conrad, hacia las páginas más oscuras de la humanidad, escritas en su país natal.
Sobre la película reflexionaba Patricio Guzmán, en 2016, en la revista cinematográfica Caimán: “Cuando comencé la película, pensé: Vamos a tomar el mar como punto central para no perdernos, porque en el cine documental uno se pierde con facilidad. En el sur se produce la fusión, ahí está el mar que crea esa contradicción, porque prácticamente toda esa parte de América es mitad tierra y mitad mar. La tierra no alcanzó a conformarse en un territorio estable, como Argentina, sino que es un archipiélago inmenso, el más grande del planeta. Hay tal cantidad de islas y canales que no han sido explorados aún que es sorprendente. A partir de esta comunión entre el océano y la tierra, vivieron allí cinco tribus indígenas. Eran apenas 5.000 personas, pero viajaron mucho por todo el archipiélago, unos 1.000 kilómetros, remando, para buscar alimentos en el mar. No tenían ciudades, sino que recalaban en un lugar que era bueno para pescar hasta agotar los alimentos. Después viajaban a otra isla, y así sucesivamente. Tenían una vida nómada en el océano. Y esa me pareció una gran atracción para hacer una película, Luego, en la segunda parte, también en el mar están los cuerpos de unas 1.400 personas que los militares arrojaron al océano.”
Los pueblos originarios de la Patagonia -Tehuelche, Selk’nam, Yaghan y Kaweskar-, no habitaban la tierra, sino el agua, eran nómadas del Pacífico, y ni siquiera tenían el sentido de poseer sus canoas: cuando se deterioraba mucho la que les transportaban, construían otra. Durante miles de años vivieron como navegando los infinitos hilos de agua de un extenso territorio al que no pusieron nombre, hasta que a mediados del siglo XIX, comenzaron a llegar los colonos británicos, argentinos y chilenos, ganaderos de ovejas y mineros, que exterminaron a los indígenas hasta la primera década del siglo XX, cuando se consumó el genocido Selk’nam, denominado así por ser el grupo más numeroso. Patricio Guzmán cuenta la historia de estos pueblos, que caminaban sobre el agua y hablaban con las estrellas, y a los que hizo desaparecer la cara más oscura del capitalismo, con una sensibilidad abrumadora, a la vez que recoge el testimonio de los últimos supervivientes -apenas quedan una veintena- de una comunidad humana que se ha perdido en la noche de los tiempos.
Especialmente ilustrativa es la historia de Jimmy Button, un indigena yaghan, al que Robert FitzRoy -comandante del HMS Beagle durante el viaje de Charles Darwin alrededor del mundo- convenció para viajar a Inglaterra a cambio de un botón de nácar, un viaje que le llevaría, metafóricamente, de la Edad de Piedra a la Revolución Industrial. Button regresó tres años después, hablando inglés, y aunque intentó adaptarse otra vez a su cultura, ya llevaba dentro el virus del modo de vida occidental. Murió víctima de una de las muchas epidemias que trajeron los colonizadores.
Navegando por las procelosas aguas de la historia de Chile, después de contarnos el triste destino de los pueblos originarios, Patricio Guzmán, con una habilidad increíble para hilar pasados remotos y recientes, nos lleva a ese horizonte de esperanza que fue la experiencia del gobierno de Unidad Popular liderado por Salvador Allende, el primer presidente chileno que reconoció el exterminio de los pueblos originarios e intentó restituir las tierras usurpadas a los habitantes de la Patagonia, un sueño que se esfumó, como muchos otros, con el golpe de estado del general Pinochet, que quiso completar la tarea de los colonos, convirtiendo todo Chile en un inmenso territorio de exterminio. Los más destacados dirigentes del gobierno de la Unidad Popular, fueron confinados en una de las islas del archipiélago protagónico, la isla Dawson, el canciller Clodomiro Almeyda, el ministro de minería, Sergio Bitar, el de economía, José Cademartori, el ministro de defensa, Orlando Letelier, así como el secretario general del Partido Comunista, Luis Corvalán, o el alcalde de Santiago, Ignacio Lagno. Muchos detenidos acabaron en los siniestros vuelos de la muerte, y arrojados al mar, a la verdadera patria de los Selk’nam.
La dictadura chilena detuvo y encarceló a cientos de miles de personas, muchas de ellas fueron salvajemente torturadas, más de tres mil perdieron la vida a manos de los uniformados, pero se desconoce cuantos indígenas fueron mutilados, violados, o asesinados, hasta casi su completo exterminio, por los colonos y soldados chilenos. En las gélidas aguas del Pacífico descansan los cuerpos de las víctimas de tehuelches y comunistas, yaghanes y miristas, kaweskares y socialistas. A través del botón de nácar rescatamos la voz de los indígenas, de poetas e historiadores, la voz de ese Chile que no tiene miedo de mirar hacia su pasado para construir su futuro, rescatamos la memoria del agua, que conserva la huella del genocidio y de la dictadura, para que el olvido -ese que ha llevado al pinochetista José Antonio Kast recientemente a la presidencia del Chile- no se imponga.
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