El atentado de bar Aldama, otras cuatro víctimas de la impunidad de la Transición

Enseguida se señaló a las bandas parapoliciales, que actuaban entonces con distintas siglas, y al amparo de las cloacas del estado, como responsable del atentado del bar Aldana, cometido solo seis semanas antes de las primeras elecciones autonómicas en el País Vasco

Por Angelo Nero

El 19 de enero de 1980, en el barrio de Alonsotegi , en la localidad bizkaino de Barakaldo , una fuerte explosión sacudió los corazones de sus vecinos, minutos antes de la una de la mañana del domingo, cuando muchos de ellos se encontraban socializando en los bares, después de una semana de trabajo, compartiendo vinos y sueños, quizás comentando la fuerte subida de las tarifas eléctricas, las declaraciones de Alfonso Guerra: “las bases de EEUU en España deben ser desmanteladas”, o la incorporación de Navarra al País Vasco, que había abierto un importante cisma en el PNV. Precisamente la explosión de Alonsotegi, se había producido a las puertas de un bar frecuentado por simpatizantes del PNV, el Aldama, aunque también por afines a la izquierda abertzale. La detonación de la bomba segó la vida de cuatro personas: Liborio Arana Gómez, Manuel Santacoloma Velasco, María Paz Armiño y Pacífico Fika Zuloaga, dejand, además diez personas más heridas, dos de ellas muy graves. Un testigo vio, minutos después de la explosión, a un coche de la Policía Nacional detenido frente al bar, a una distancia prudencial, que arrancó sin hacer ademán de auxiliar a los clientes del Aldama.

A la mañana siguiente los Grupos Armados Españoles (GAE) reivindicaron el atentado: «Por cada miembro de las Fuerzas de Orden Público o Guardia Civil caerán cuatro componentes de la izquierda abertzale. Mientras en el País Vasco haya un solo foco de violencia, pagaremos con la misma moneda cuatro veces. Luchamos por la unidad de España». Los GAE, habían reivindicado anteriormente el asesinato del concejal de Herri Batasuna, Tomas Alba Irazusta, en septiembre de 1979, y tan solo cuatro días antes del atentado de Alonsategi, el de Carlos Saldise Korta, miembro de las Gestoras Pro Amnistía.

El martes, 22 de enero, el diario El País recogía en su portada los siguiente titulares: “Un destructor español, ametrallado en aguas del Sahara por un avión marroquí”, “Suárez desmiente que existan pactos sobre Navarra con el PNV”, y “Un grupo de extrema derecha reivindica el atentado de Baracaldo”. Esta última noticia se ampliaba en el interior en una amplia crónica:

Para encargarse de las investigaciones oficiales llegó el domingo a Bilbao el director general de Policía, José Sainz. Mientras los partidos minoritarios de izquierda llaman hoy a una huelga general en Euskadi. PSOE y PCE se muestran partidarios de realizar una manifestación. Por su parte, el PNV pide a afiliados y simpatizantes no obedezcan convocatorias de huelga y dediquen el importe de un día de trabajo para atender a huérfanos de las víctimas y damnificados.

El hecho se produjo minutos antes de la una de la madrugada. A esa hora, unas quince personas llenaban casi por completo el reducido espacio del bar Aldama, situado en el piso bajo de un caserón de tres plantas, situado bajo la iglesia del barrio, al borde mismo de la carretera Bilbao-Valmaseda. El local era propiedad de José Angel González y Garbine Zárate, ambos afiliados al PNV de Alonsótegui. Mientras esta última atendía la barra del bar, su marido, junto con una hija, su novio y un grupo de amigos, se habían trasladado a un restaurante de la localidad para celebrar con una cena el éxito en la organización de la cabalgata de Reyes en el pueblo. El grupo sería de unas diez personas. Al concluir la cena se dirigieron todos al bar Aldama.

Hacia la una menos diez de la madrugada aparqué el coche de mi padre, un Chrysler 150, en un pequeño rellano que hay ante la puerta del bar”, recuerda uno de los testigos, Jesús María López. “Iban conmigo mi novia, Garbine González, su padre, José Angel González -propietario del Aldama- y un amigo, José Ignacio Atexebarría. El resto del grupo, compuesto por unas seis u ocho personas quedó rezagado. Mi novia pasó a la barra para ayudar a su madre con las consumiciones y yo me senté al fondo del local. Diez minutos más tarde -serían las once- escuché una tremenda explosión, que me tiró al suelo, al tiempo que se fue la luz y sentí que el techo se me venía encima. Luego escuché una segunda explosión, más floja, como de una bombona de butano”.

27 años después, Iñaki Arana, hijo de una de las víctimas, decía en una entrevista a eldiario.es: “Lo que querían era castigar al barrio de Alonsotegi y a Barakaldo. Era el pueblo más grande que había en España por el número de habitantes, con una pila de gente venida de todos los sitios, más de un 70%. Sin embargo, Barakaldo sacó alcalde nacionalista porque en sitios como Alonsotegi se votó al PNV. Vamos a darles un escarmiento, a ver qué se han pensado, dirían. Fueron a acribillar, pero no tuvieron más fortuna que matar a cuatro. Yo estoy seguro de que fue la Policía. Lo tengo clarísimo. Sin ninguna duda.”

Aquella bomba, con un dispositivo de relojería, se colocó con una intención muy perversa. Sus autores sabían que iba a haber una matanza porque la colocaron un domingo de madrugada, cuando el bar solía estar lleno. Era un bar al que acudía mucha gente del pueblo, muchos de ellos nacionalistas. Los autores fueron grupos parapoliciales.” Declaró también el hijo de Liborio Arana Gómez, de 54 años, que, según la información de El País: “La explosión fue de tal calibre que su cuerpo resultó totalmente destrozado. Sus restos se extendieron en un radio de veinticinco metros, yendo a parar contra una casa situada a un lado y un montículo que se abre enfrente del edificio donde está situado el bar afectado.”

El panorama que dibujaba la crónica del diario madrileño era realmente la de una zona arrasada, se estimó que se habían empleado seis kilos de goma 2 en el artefacto explosivo: “Los equipos de rescate tardaron casi un día en dar con algunos de sus miembros. “Las escenas son inenarrables. Aquello era un espectáculo dantesco”, recuerda la hija del propietario del bar, Garbine González, que presenta un rostro cosido por un centenar de puntos de sutura. “Yo me salvé de milagro. Había entrado minutos antes, adelantándome al grupo, para ayudar a mi madre. Cuando fregaba platos tras la barra, noté que se iba la luz e instantáneamente se produjo una tremenda explosión. La casa se me cayó encima. Llena de heridas y casi tapada por los escombros, oía gritar a mi madre, que estaba herida en el interior del bar. Como pude, llegué a socorrerla y le ayudé a salir del local. Fuera, el panorama era horrible. Había varios cuerpos destrozados por la explosión y sus miembros se esparcían por los alrededores. Trozos de la casa y un balcón habían caído sobre las víctimas. Los coches también estaban hechos añicos. Concretamente, el coche de mi novio estaba partido en dos. La parte delantera ha aparecido a cien metros, en el monte que está enfrente del bar.” Junto a la puerta del Aldama, los primeros vecinos que al escuchar la explosión corrieron al lugar recogieron muy mutilados y sin vida los cuerpos del matrimonio formado por Pacífico Fica Zuloaga, de 39 años, trabajador de Explosivos Riotinto, y María Paz Armiño, de 38 años, con dos hijos de catorce y doce años, afincados en la cercana localidad de Sodupe. La explosión les cogió de lleno, al Igual que a Liborio Arana, cuando se disponían a entrar en el local La propia explosión y la posterior onda expansiva destrozó la fachada exterior del edificio -de ochenta centímetros de grosor, que quedó totalmente resquebrajada-, arrasó la primera planta, sobre la que se derrumbó el techo y gran parte del segundo piso. En el techo de la tercera planta se abrieron grandes boquetes. Ayer mismo se procedió a la demolición del caserón. Tras varias horas de trabajo se extrajo de entre los cascotes y restos del edificio el cuerpo destrozado sin vida de Manuel Santacoloma Velasco, de 57 años de edad, viudo, natural y vecino de Alonsotegui, trabajador de la empresa Forjas y Alambres del Cadagua. Urgentemente se le trasladó al hospital de Cruces, donde ya habían sido evacuados Pacífico Fica Zuloaga y María Paz Armiño.”

Enseguida se señaló a las bandas parapoliciales, que actuaban entonces con distintas siglas, y al amparo de las cloacas del estado, como responsable del atentado del bar Aldana, cometido solo seis semanas antes de las primeras elecciones autonómicas en el País Vasco, de las que, pese a todo, saldría una amplia mayoría nacionalista: el PNV sería la primera fuerza política del parlamento vasco, con 25 escaños, liderada por Carlos Garaicoetxea, y Herri Batasuna la segunda, con 11 diputados, al frente de cuyo grupo estaría el histórico dirigente Telesforo Monzón, que había sido consejero de Gobernación en el gobierno vasco en la Segunda República. Euskadiko Ezkerra, el partido de Juan María Bandrés, lograría 6 escaños, y el PSOE de Txiki Benegas, la formación estatalista más votada, apenas tendría 9 diputados.

Nadie dudaba ayer en Alonsotegui que el atentado era obra de la ultraderecha. El bar Aldama solía ser frecuentado por simpatizantes y afiliados del PNV. Sus propietarios pertenecían también a este partido, que tiene una gran implantación en la zona. No obstante, eran también clientes habituales personas de la localidad a las que se considera ligadas a Euskadiko Ezkerra o Herri Batasuna. Al parecer, José María López, el novio de la hija del matrimonio González-Zárate, es militante de esta última coalición. Algunos vecinos de la localidad aseguran que en el sótano del citado local, donde existía una sociedad gastronómica, solían celebrarse reuniones de miembros de Herri Batasuna de la zona.” Ratificaba la información del 22 de enero, publicada por el diario dirigido por Juan Luís Cebrián.

El diario también se hizo eco de la nota emitida por el Gobierno Civil de Bizkaia en la que afirmaba que “asume la responsabilidad de adoptar cuantas medidas policiales y de actuación antiterrorista sean necesarias para apoyar las instituciones democráticas y aislar a los asesinos, que no dudan en emplear su violencia deliberada contra personas inocentes”. Al frente de las investigaciones estuvo la Brigada Regional de la Policía Judicial de la Policía de Bilbao, en la que destaca un nombre, el de José Amedo Fouce, que sería condenado a más de cien años de prisión, en 1991, por su participación destacada en los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL). Los GAE y los GAL ¿Algo más que una coincidencia?. El mismo Amedo declaró que el jefe superior de Policía, Carlos Santos Anechina -que también sería procesado por torturas y amnistiado-, el que le dio la orden para que paralizase las investigaciones.

No hubo ninguna detención referente al atentado del bar Aldana, y el caso fue sobreseído en mayo de 1981.

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