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Entre la izquierda predomina el cortoplacismo: pactos de urgencia cuando se acerca una cita electoral, oportunismo para salvar los muebles y decisiones puramente coyunturales.
Por Marta Vital | 6/04/2026
El pacto de última hora entre Izquierda Unida (IU) y Podemos para las elecciones autonómicas de Andalucía del 17 de mayo, que permite su integración en la coalición Por Andalucía junto a Sumar y otras fuerzas, es un ejemplo más de cómo opera la izquierda española en los últimos años. Se trata de un acuerdo alcanzado in extremis, contra el reloj y a escasas horas del cierre del plazo de inscripción de candidaturas, marcado por reproches mutuos, recelos y concesiones a regañadientes.
Este tipo de “unidad” no fortalece a la izquierda. Al contrario, la expone como un ejercicio puramente electoralista, sin raíces profundas ni visión estratégica.
Unidad de siglas, no de proyecto
El acuerdo permite evitar la dispersión de votos a la izquierda del PSOE en Andalucía, con Antonio Maíllo (IU) como candidato principal y un reparto de cabezas de lista que deja a Podemos en posiciones secundarias (número uno por Jaén y dos por Sevilla y Málaga, entre otras). Sin embargo, el propio Podemos ha criticado públicamente que el pacto “no refleja su peso político”, mientras que IU celebra la “generosidad” ajena. Todo se resuelve en negociaciones de despacho, cesiones de puestos y marcas electorales. No hay debate programático serio, ni definición compartida de prioridades, ni mucho menos un análisis colectivo de por qué la izquierda lleva años perdiendo terreno entre la clase trabajadora.
Por mucho que lo repitan como loros, esto nada tiene que ver con la unidad de la izquierda, sino que responde más bien a una suma de nombres y listas para minimizar daños en unas elecciones concretas. La auténtica unidad requeriría algo previo y más exigente: un proyecto común construido desde la base, con militancia formada y organizada, capaz de disputar hegemonía cultural y social más allá de los ciclos electorales.
Ausencia de plan a largo plazo
En el panorama actual de la izquierda española apenas se vislumbra un esfuerzo sostenido que plantee la formación de cuadros y militancia con una comprensión profunda de la realidad material (precarización laboral, vivienda, sanidad pública…). Tampoco se pone sobre la mesa la necesidad de reconectar con sectores de la clase trabajadora que se han alejado, especialmente en entornos rurales y periféricos.
Se hace más necesario que nunca construir una organización política sólida, con disciplina orgánica y capacidad de intervención más allá de las instituciones. En su lugar, predomina el cortoplacismo: pactos de urgencia cuando se acerca una cita electoral, oportunismo para salvar los muebles y decisiones puramente coyunturales que responden más a la supervivencia de las siglas que a una estrategia de transformación social.
Política como modo de vida
La izquierda debería concebir la política como una herramienta para lograr mejoras materiales concretas para la clase trabajadora: salarios dignos, protección social, acceso universal a derechos básicos y avances hacia un modelo económico más justo y sostenible. Debería ser el instrumento para disputar poder real y avanzar hacia un cambio estructural de la sociedad.
Sin embargo, desde hace demasiado tiempo, amplios sectores de la izquierda institucional en España parecen haber convertido la política en un modo de vida. Un espacio de parasitismo donde se vive de cargos, asesores, subvenciones y visibilidad mediática, más preocupados por mantener cuotas de poder interno o por la narrativa pública que por generar organización y conciencia entre quienes realmente sostienen la sociedad con su trabajo.
Este enfoque produce coaliciones frágiles, que se rompen o se recomponen según el viento electoral, pero que rara vez logran movilizar entusiasmo popular duradero. La gente percibe, con razón, que se trata más de repartirse sillones que de transformar sus condiciones de vida.
El camino alternativo
Si la izquierda quiere recuperar fuerza y legitimidad, debe abandonar el tacticismo permanente y apostar por un trabajo paciente y profundo: reconstruir tejido organizativo en barrios, centros de trabajo y pueblos; priorizar la formación política y la educación popular: definir objetivos claros de transformación material, sin miedo a señalar las contradicciones del sistema actual; entender la unidad no como foto de familia preelectoral, sino como convergencia real en torno a un programa y una forma de hacer política coherente con los principios de igualdad y emancipación.
El pacto andaluz de última hora evita un mal mayor en términos electorales puntuales, pero no resuelve el problema de fondo. Mientras la izquierda siga reduciendo su horizonte a listas y porcentajes, seguirá debilitándose. La verdadera fortaleza vendrá de la capacidad para construir, día a día, una alternativa creíble y arraigada que ponga las necesidades de la mayoría trabajadora por delante de las siglas y las carreras individuales. Solo así la política dejará de ser un modo de vida para unos pocos y volverá a ser una herramienta de cambio para la clase trabajadora.
Los parásitos políticos se organizan para preservar sus sillones.
Mientras muchxs de lxs niñxs no comen 3 veces al día, la abuela agoniza en casa, lxs chavalxs como mucho aspiran a tener una habitación de miseria alquilada por una fortuna, mientras desahucian los barrios obreros, etc …
Muchxs nos quedaremos en casa una año más a la hora de votar.
Se oye un runrun que la izquierda va apoyar a Adelante Andaluciaz, más de lo mismo.
Salud y anarquia