Eclosión, apogeo y declive del imperialismo estadounidense

EE.UU no nació como una república, sino con un imperio, conceptualizado de dicha manera tiempo antes de su independencia.

Por Christian Nader | 13/02/2026

Primera fase: fundamentalismo puritano, supremacismo angloparlante y el «Embrión de un gran imperio» A. Hamilton

A través de su historia, desde su surgimiento como nación independiente, el imperialismo estadounidense ha vivido diversas transformaciones y replanteamientos en sus apologías y estrategias para cometer atrocidades. Los ideales supremacistas, capitalistas/imperialistas, racistas y coloniales no fueron paulatinas consecuencias de su proceso expansionista primigenio, ya que desde antes de su separación de la matriz colonial inglesa/británica, los próceres independentistas configuraron al futuro estado nacional como un ente excepcional predestinado a la expansión perpetua y al dominio absoluto de todo el planeta. George Washington consideraba a EE. UU. como un imperio naciente, que pronto se codearía con potencias como Francia y Gran Bretaña. John Adams, su segundo presidente, aseguraba que el nuevo país sería un faro para iluminar a los ignorantes. Su sucesor extendió la idea llamándolo el Imperio de la Libertad, augurando que el nuevo país se extendería más allá de los límites occidentales de las trece colonias inglesas, adentrándose en las «salvajes» profundidades norteamericanas pobladas por bárbaros. El mismo pitoniso Thomas Jefferson sentenció que si los nativos rechazaban el progreso, el nuevo país se vería obligado a expulsarlos. Ese es el primer mito que debemos aplastar. EE. UU. no nació como una república, sino con un imperio, conceptualizado de dicha manera tiempo antes de su independencia. Se estructuró bajo dos pilares centrales (dos corrientes distintas pero complementarias), el cientificista, civilizatorio e imperialista, enmascarado como republicano, y el teológico, escatológico —milenarista. El primero argumentaba que EE. UU. era el resultado de la gloria, ingenio y cualidades excepcionales de las razas/culturas blancas/europeas que les conferían la misión de civilizar o esclavizar a las razas/pueblos inferiores y de imponer ideas como la libertad, democracia, justicia y libre mercado a los cuatro puntos cardinales. El segundo, configurado desde una óptica protestante puritana sostenía que una deidad a través de la divina providencia guiaría a los estadounidenses en su lucha inminente contra el paganismo y la idolatría de los pueblos nativos y a subordinar al sur novohispano/mexicano católico de mayoría mestiza.

Estas dos expresiones se sinterizaron en el dogma o doctrina del Destino Manifiesto, narrativa que llevó a la Nueva Jerusalén y al Segundo Pueblo Elegido a fijar sus objetivos expansionistas primigenios hacia el oeste, partiendo de la costa Atlántica rumbo al Pacífico. Aunque el proceso genocida contra los pueblos nativos inició mucho antes de la independencia estadounidense, fue hasta el siglo XIX cuando gracias al capital amasado por el potencial industrial norteño y el esclavismo sureño que la aventura de la rapiña territorial pudo patrocinarse, comenzando en 1803 con la compra de la Luisiana francesa, colosal territorio que casi duplicó la geografía estadounidense y que llevo a los invasores angloparlantes a iniciar un proceso de limpieza étnica contra las 500 naciones desde el oeste del Misisipi hasta las laderas orientales de las Montañas Rocosas.

Aunque las teorías etnocéntricas y racistas se arraigaron en suelo norteamericano desde la llegada de los primeros invasores ingleses y escoceses en el siglo XVII, fue hasta el inicio del período decimonónico cuando se convirtieron en la política oficial del gobierno estadounidense durante la administración de Andrew Jackson, cuando la expulsión y exterminio de los pueblos originarios se exacerbaron, convirtiéndose en prioridad del régimen colonial por medio de la Indian Removal Act de 1830, la cual sirvió para expulsar a millones de personas al otro lado Misisipi. Entre 1817 y 1825, la presidencia estadounidense fue ocupada por James Monroe, en cuyo período se orquestó otra de las piedras fundacionales del imperialismo estadounidense. Aunque la doctrina es homónima al presidente de aquel período, el verdadero cerebro detrás de esta fue John Quincy Adams, su secretario de estado y futuro presidente quien planteó que EE. UU. estaba destinado por Dios y por la naturaleza a ser el pueblo más poblado y poderoso jamás unido bajo un mismo pacto social. A grandes rasgos, la tesis del monroísmo catalogaba al territorio americano en su totalidad como el espacio vital y órbita exclusiva para Estados Unidos, un continente donde las potencias imperialistas europeas no tendrían cabida, ya que el extractivismo colonial e injerencia serían monopolizados por Washington quien se convirtió, como bien lo pronosticó Simón Bolívar, en el azote hemisférico de las futuras repúblicas independientes.

En 1845 llegó a la Casa Blanca James Polk, admirador y discípulo de Andrew Jackson. Fue en este momento cuando la quinta esencia del imperialismo estadounidense se manifestó. En 1846, tras el robo de Tejas, EE. UU. inició la agresión contra México, un país con apenas 25 años de vida y que, tras un proceso independentista que costó la vida de casi un millón de personas y los sucesivos conflictos internos, estaba en bancarrota y prácticamente en ruinas. En 1847, México sufrió el robo de casi 2,300,000 km² de su territorio. Los angloparlantes habían alcanzado su añorada meta de acceder al Pacífico. A partir de este momento, el imperialismo estadounidense puso los ojos más allá del territorio continental americano. Cabe señalar que EE. UU. no logró «pacificar» (limpiar étnicamente) Norte América hasta finales del XIX, ya que incluso a finales del siglo antepasado la resistencia de los pueblos originarios continuaba, como también la furia genocida estadounidense expresada en masacres como la de Wounded Knee de 1890, cuando más de 300 Lakota (Siux) fueron asesinados por el ejército estadounidense en Dakota del Norte durante la administración de Benjamín Harrison. Incluso en 1911 el exterminio estadounidense proseguía con masacres como las de Kelley Creek en el estado de Nevada, cuando varias familias Newe (Shoshón) fueron asesinadas.

La última fase en el control de la costa oeste norteamericana ocurrió en 1867, cuando Washington aceptó la oferta del Zar Alejandro II, comprando la totalidad de la Rusia americana (cuya presencia llegaba a zonas tan sureñas como el norte de California). Gracias a esto, los estadounidenses pudieron acceder al Pacífico más septentrional y al Ártico, lo cual les facilitaba su acceso al norte asiático, incluyendo el archipiélago japonés y el extremo oriente y Ártico ruso, como las islas Diómedes/Gvózdev (frontera Chukotka/Alaska).

Segunda fase: La talasocracia y el imperialismo ultramarino

«El secretario de Estado William Seward predijo que, si Estados Unidos pudiera alcanzar «el océano Pacífico y dominar el gran comercio de Oriente», surgiría como «el más grande de los estados existentes, más grande que cualquiera que haya existido jamás».

El «acto de clausura» del período de Harrison fue el derrocamiento por medio un golpe militar/paramilitar contra la Reina Lili’Uokalani, última monarca de un Hawái independiente, archipiélago que partir de ese momento se convirtió en un «portaviones» estadounidense y en parte de su entramado colonial azucarero. Antes del fin de su mandato, Harrison de la mano de la plutocracia industrial, en especial el magnate acerero Andrew Carnegie modernizó la flota estadounidense. En Washington se decidió que EE. UU. competiría con las rapaces potencias coloniales europeas y buscaría territorios para explotar y saquear. En 1898, un decrépito imperio colonial español aún controlaba territorios en América, Oceanía y Asia. El gobierno de Madrid se negaba a vender sus posesiones caribeñas a EE. UU., por lo que, aprovechando la fragilidad ibérica, los estadounidenses, a través de un ataque de bandera falsa (hundiendo el USS Maine en la Bahía de la Habana) declararon la guerra. Menos de cuatro meses después, EE. UU. ya controlaba Puerto Rico y Cuba, convertidas en protectorado. El Mar Caribe a la usanza romana mediterránea se convirtió en el Mare Nostrum estadounidense y desde este punto iniciaron el proceso extractivista de la América insular y Centroamérica por medio de invasiones y regímenes títere bautizados como Repúblicas Bananeras (hortalizas, frutas, azúcar, cacao, café o henequén).

Tras derrotar a España, EE. UU. también obtuvo territorios al otro lado del Pacífico. Filipinas se convirtió en su puerta de entrada a Asia, mientras que Guam se acopló a la ruta de abastecimiento de su flota de guerra, fundamental en las décadas venideras. Este no había sido el primer acercamiento de los yankees a tierras asiáticas. En 1854, la expedición comandada por Matthew Perry a punta de cañonazos obligó al Shogunato Tokugawa a abrir los puertos japoneses al comercio estadounidense. Dos años más tarde, EE. UU. apoyó a los invasores y narcotraficantes británicos en su segunda agresión contra la China manchú, participando en la destrucción y saqueo de Pekín, hecho que se repitió en 1900 cuando formaron parte de la invasión multinacional a China para acabar con el movimiento soberanista antioccidental de los Puños Armoniosos. Mientras EE. UU. y las otras potencias agredían a China, una enorme corriente migratoria llevó a cientos de miles de chinos a las tierras al oeste de Norteamérica recientemente robadas por EE. UU., donde trabajaron prácticamente como mano de obra esclava en las minas californianas durante la fiebre del oro y una década después construyendo el Ferrocarril Central del Pacífico que llevaría a los invasores angloparlantes a radicar permanentemente en el salvaje oeste. Aquí surgió otro de los pilares supremacistas/fascistas del imperialismo estadounidense, la sinofobia, basada en el peligro amarillo decimonónico, que se tradujo en la Ley de Exclusión China de 1882, que impidió hasta 1943 la llegada de población china al epicentro del imperio.

En 1899, al mando de McKinley, los estadounidenses se repartieron con Alemania el territorio samoano, ubicado a 3,500 km de Hawái. Con ello, Washington ya mantenía un control escalonado de la Polinesia y del Pacífico. Dos años después, McKinley fue asesinado y su cargo ocupado por el vicepresidente Theodore Roosevelt, quien a través de su política injerencista del Big Stick y su Corolario le dio nuevos y terroríficos bríos al monroísmo. Para mantener su hegemonía continental, además de evitar la llegada de potencias europeas a América, EE. UU. también debía prevenir que sus intereses comerciales y «democráticos» se vieran amenazados por el surgimiento de gobiernos antagónicos o revoluciones populares, por lo que el injerencismo estadounidense se multiplicó. Teddy ordenó en 1903 la intervención en Colombia para lograr la secesión panameña y así materializar lo que Francia jamás logró, la construcción de un canal interoceánico, que además de acelerar el flujo de mercancías desde y hacia EE. UU., también permitió la aceleración en el traslado de tropas, en extremo necesario durante las primeras décadas del siglo XX caracterizadas por las constantes invasiones estadounidenses de naciones centroamericanas y caribeñas, agresiones bautizadas por la vulgaridad imperial como guerras bananeras como ocurrió en República Dominicana (1904 y 1914), Nicaragua (ocupada entre 1912 y 1933), México (la ocupación del Puerto de Veracruz en 1914), Haití (ocupada entre 1914 y 1934) y Honduras (de 1903 a 1925). Estas invasiones buscaban asegurar los intereses extractivistas agrícolas de las multinacionales estadounidenses United Fruit Company y Standard Fruit. El caso mexicano se enfocaba en evitar que surgiera un gobierno antagónico al estadounidense que pusiera en riesgo los hidrocarburos en manos angloparlantes o peor aún, que, en un futuro, México hiciera tratos con otras potencias, desafiando lo estipulado por la Doctrina Monroe, como se sospechaba del Reich Alemán en plena Primera Guerra Mundial empatada con la Revolución Mexicana.

«Enseñaré a las repúblicas sudamericanas a elegir hombres de bien».
— W. Wilson

En 1917, a pesar de la Gran Guerra, el triunfo bolchevique provocó el pánico entre las clases dominantes de Europa y EE. UU., temiendo que lo ocurrido en los otrora dominios zaristas pudiera extenderse a otras latitudes. Esto generó que el gobierno de Woodrow Wilson durante su segundo período participara en la invasión multinacional de la futura Unión Soviética, intentando revertir infructuosamente lo ocurrido tras la Revolución de Octubre. Este episodio acabó determinando la historia del siglo XX y la cruzada estadounidense de ocho décadas contra el comunismo.

Tercera fase: superpotencia depredadora y genocida planetaria

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial y con la economía industrial estadounidense casi intacta, Washington sustituyó a la moribunda hegemonía de sus progenitores británicos como el poder dominante en el planeta. Lo mismo ocurrió con los seniles imperios coloniales europeos, domesticados por la nueva superpotencia. En Alemania, pese a lo acontecido en juicios como los de Núremberg muchos nazis jamás pagaron por sus crímenes, peor aún, una enorme cantidad fue parte de la RFA y la OTAN, como ocurrió con Aldolf Heusinger, ex general en jefe de la Wehrmacht y futuro presidente del Comité Militar de la Alianza Atlántica o Albert Schnez coronel de Wehrmacht convertido en jefe del Estado Mayor de la RFA en el período de Willy Brandt, por solo mencionar a unos cuantos. Más de 1500 nazis acabaron siendo parte de las filas de la estructura militar de investigación científica y tecnológica estadounidense, evacuados de Europa durante operaciones como Paperclip, Bloodstone o Surgeon (británica), siendo los más célebres Wernher Von Braun y Kurt Debus. Japón no fue la excepción, tan pronto firmaron su rendición a bordo de USS Missouri el 2 de septiembre del 45, inició la ocupación de su territorio que continúa hasta la fecha, con más de 50,000 militares estadounidenses desplegadas en el archipiélago en 120 bases, con tropas constantemente denunciadas por robos, violaciones y asesinatos. Al igual que ocurrió con Alemania, muchos criminales de guerra japoneses fueron aprovechados por los servicios de inteligencia y el ejército estadounidenses. Entre ellos se encontraba Shiro Ishii, quien había estado al mando de la Unidad 731, responsable de cometer experimentos humanos en civiles chinos y coreanos que involucraban el uso de armas químicas y biológicas y quien fue «rehabilitado» por insistencia de Douglas MacArthur (ex comandante supremo del Pacífico) quien también es recordado por sus asesinatos en masa.

Al Sur de Japón, atravesando el Mar de China Oriental se halla la isla de Taiwan, la cual fue ocupada o ambicionada en los últimos 500 años por invasores neerlandeses, españoles y japoneses, todo ellos repelidos. En 1949 tras la victoria y fundación de la República Popular de China, los restos del Kuomintang junto con el pandillero fascista Chiang Kai-shek huyeron a suelo isleño, que desde años antes era controlada por dichas fuerzas y que desde un principio habían cometido masacres contra la población taiwanesa, comenzando con los hechos del 28 de febrero de 1947 cuando más de 30,000 personas fueron asesinadas por orden de Shek. Entre las víctimas había familias enteras sospechosas de ser comunistas, además de población nativa hablante de lenguas austronesias. La Ley Marcial se extendió hasta 1987, período en el que cientos de miles fueron asesinados. Todo esto fue y ha sido tolerado por EE. UU., que ha convertido a la provincia renegada en un portaviones o acorazado en la espera de su futura y añorada agresión en contra de China, pese a que cada vez hay más voces que reniegan de los planes independentistas (alentados por EE. UU.) y desean unificarse con Pekín.

La agresión contra el pueblo coreano entre 1950 y 1953 fue una extensión de la Segunda Guerra Mundial con la que Estados Unidos buscaba impedir que la totalidad de la costa continental del Pacífico en el noreste asiático cayera en manos comunistas. Resultaba primordial que pudieran tener un enclave en la zona fronteriza entre la Unión Soviética y la República Popular de China, que además podría servir de «puente» con Japón en caso de un conflicto con China o la URSS. Douglas MacArthur volvió a ser el comandante en jefe de la agresión, la cual se caracterizó por un enorme número de atrocidades por parte de tropas invasoras y sudcoreanas contra población tanto del norte como del sur (por sospechosos de ser comunistas). En sus bombardeos contra el territorio norteño, EE. UU. utilizó más de 650,000 toneladas de bombas que sirvieron para destruir todos los poblados norcoreanos, desde ciudades hasta aldeas, además de la infraestructura pública como presas, hospitales o escuelas. Se estima que directa o indirectamente la agresión estadounidense asesinó entre tres y cuatro millones de coreanos. Aunque hasta la fecha el imperio continúa negándolo, se ha demostrado el uso estadounidense de armas químicas contra la población coreana, que incluyó viruela, meningitis, peste bubónica y cólera. También se denunció que el ya mencionado Shiro Ishii junto con otros criminales de guerra japoneses como Masaji Kitano y Jiro Wakamatsu colaboraron con los carniceros estadounidenses durante la agresión contra Corea. MacArthur, antes de ser relevado por Truman, estuvo a punto de lanzar bombas nucleares contra China y Corea del Norte para evitar su triunfo. MacArthur estimaba que serían suficientes 34 explosiones para alcanzar la victoria. En ese momento también contempló la posibilidad de «sellar» el territorio norcoreano con desechos nucleares. Al igual que ocurrió con Japón, tras el armisticio del 53, EE. UU. inició la ocupación del Sur, tolerada por una serie de cleptocracias, comenzando con la de Syngman Rhee, un alto burgués educado en EE. UU. quien gobernó desde el 1948 a 1960 reprimiendo brutalmente a diversos sectores como el estudiantil y campesino. Tras su «renuncia» fue el turno de Park Chung Hee, un corrupto militar anticomunista (a niveles enfermizos) quien gobernó del 63 al 79 con puño de hierro, recibiendo los aplausos de la Casa Blanca. Hasta la fecha, la ocupación estadounidense continúa con cerca de 30,000 militares. Paralelamente, la República de Corea se convirtió en un dominio de las Chaebol, conglomerados industriales —financieros que abarcan todos los sectores, siendo las más importantes Samsung, Hyundai y LG.

La Doctrina Truman elaborada por George Kennan en 1947 fue la ampliación planetaria y anticomunista del corolario de Roosevelt. Su estrategia de contención consistió en el intervencionismo directo o indirecto por parte del imperialismo estadounidense en cualquier rincón del planeta en caso de una inminente «amenaza soviética», aunque realmente se buscaba aplastar movimientos de liberación, sin importar si eran de corte socialista o de otra índole y con ello mantener en el poder a las élites y clientes de Washington. Paralelamente, EE. UU. lanzó el Plan Marshall para reconstruir a una Europa Occidental en ruinas, pero que en esencia fungió como un mecanismo de domesticación, endeudamiento, y liberalización de las economías nacionales, que además se vieron imposibilitadas en imponer restricciones a los productos estadounidenses que inundaron los mercados europeos del mismo modo que las industrias nacionales, las cuales acabaron en manos de multinacionales estadounidenses. El golpe de gracia a la soberanía europea llegó en 1949 con la creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, que oficializó el entreguismo de las burguesías nacionales y la pérdida de la soberanía de once naciones europeas convertidas en satélites y carne de cañón del imperialismo estadounidense. En respuesta a la creación de la alianza atlantista, en 1955 las naciones socialistas de Europa (exceptuando la Yugoslavia comandada por Josip Broz) firmaron el Pacto de Varsovia.

Con la llegada al poder de Dwight Eisenhower, el imperialismo diversificó sus objetivos. Al Pánico Rojo anticomunista macartista se lo sumó la ancestral arabo-islamofobia. El panarabismo y el nacionalismo árabe eran intolerables tanto para Washington como para el ente sionista israelí, que desde su fundación en 1948 se había convertido en el prefecto colonial del imperio en el oeste asiático. Tras haber apoyado en su creación e incluso haber armado al proyecto sionista, Moscú se enfocó resarcir su error apoyando tímidamente al gobierno de Gamal Abdel Nasser quien a su vez había recibido apoyo de occidente para alcanzar el poder y quien, en 1956, frente a la pesadumbre occidental, decidió nacionalizar el canal de Suez, provocando la ira de Londres, París y la junta sionista de Tel Aviv, quienes atacaron a Egipto pese a las protestas tanto de la Casa Blanca como del Kremlin. Aunque los imperios coloniales lograron una victoria militar, estratégicamente fue una monumental derrota, ya que el gobierno cairota prosiguió con la nacionalización del canal.

En 1944, Franklin D. Roosevelt escribió estas palabras a sus aliados británicos:

«El petróleo persa… es suyo. Compartiremos el petróleo de Irak y Kuwait. En cuanto al petróleo de Arabia Saudí, es nuestro».

La presencia estadounidense en el Magreb y el Mashrek se oficializó en 1945, poco antes del fin de la guerra y días después de la conferencia de Yalta, cuando en aguas del canal de Suez, a bordo del USS Quincy se encontraron Abdulaziz ibn Saúd y Roosevelt, donde en pocas palabras se acordó que a cambio de un flujo inaudito y barato de hidrocarburos de la petromonarquía wahabí saudí, EE. UU. armaría al reino, pero sobre todo socorrería al régimen y lo absolverían a nivel global por sus atrocidades contra sus súbditos y rivales. En 1938 la Standard Oil de California había hallado un enorme yacimiento de petróleo en la provincia oriental pérsica saudí, aquella empresa cambiaría de nombre a Arabian American Oil Company o Aramco. Si los británicos habían apoyado a los Saud en su conquista peninsular fueron los estadounidenses quienes los perpetuaron. Desde ese momento, Washington consideró al oeste de Asia como una región de extrema importancia estratégica (casi civilizatoria) lo cual se manifestó al heredar de los británicos el proyecto colonial sionista israelí. En 1946 ocurrió el primer golpe de Estado operado por los yankess, el de Husni al-Za’im, quien, a cambio de miles de dólares, permitió el robo de la provincia siria de Hatay (con capital en Antioquía) por Turquía.

Al otro lado del Golfo Pérsico, ocurriría la primera gran intromisión de la era de Eisehhower, la Operación Ajax contra el gobierno del primer ministro de Irán, Mohammad Mosaddegh, quien en 1953 estuvo a punto de nacionalizar los hidrocarburos persas en manos de la Anglo Iranian Oil Company (actual British Petroleum). Tras varios intentos, los londinenses pidieron la asistencia de Washington para realizar el golpe. En aquel momento la política imperialista era dictada por los Hermanos Dulles, con Allen como director de la Agencia Central de Inteligencia y John Foster en el Departamento de Estado. El enlace entre la CIA y el MI6 fue Kermit Roosevelt Jr., nieto de Theodore. La caída de Mosaddegh se realizó por medio de las estrategias usuales: banderas falsas, sobornos, paramilitarismo y demonización mediática. Posteriormente, los angloparlantes permitieron que su marioneta Mohammad Reza Pahleví continuara jugando al reyezuelo con el título de Shah, mientras los iraníes eran reprimidos, torturados y asesinados en las mazmorras de la SAVAK, la guarda pretoriana del régimen, creada y operada con asistencia de la CIA y el Mossad sionista. Tras el triunfo de la Revolución Islámica inició una nueva fase en la agresión estadounidense, a través del Irak del traidor al panarabismo, Sadam Huseín, quien en 1980, armado hasta los dientes por EE. UU., atacó a la naciente República Islámica en una guerra culminada en 1988 que costó la vida a más de medio millón de personas. Desde aquel entonces Irán ha sido uno de los principales objetivos de la furia imperialista estadounidense por medio de estrangulamiento económico, ataques terroristas, asesinatos selectivos, intentos de balcanización y magnicidios, lo cual se agudizó en 2020 con el asesinato de Qasem Soleimani y posiblemente implicados en la muerte de Ebrahim Raisi en 2024. A finales de ese año, el imperio, a través de su enclave sionista, prosigue con su embestida contra Teherán.

En el sudeste de Asia, el imperio colonial francés en Indochina había sido derrotado y expulsado por el Việt Minh. El gobierno estadounidense comenzó a patrocinar al gobierno vietnamita sureño tras la división de 1954. El control del sudeste se traducía en una puerta de entrada a las entrañas de Asia, principalmente rumbo a la China continental, que en 1950 se había convertido en una república popular. Occidente temía que el virus comunista se extendiera hacia el oeste, lo que hubiese desencadenado un efecto domino planetario, comenzando con la península malaya e Indonesia y el estratégico Estrecho de Malaca. Malasia y Singapur aún se encontraban bajo control colonial británico, no así Jakarta, que había logrado su independencia del imperio colonial neerlandés en 1945.

Los años sesenta (períodos de Kennedy y Johnson) estuvieron marcados por la agudización intervencionista de Washington en todo el planeta. Los imperios coloniales de Francia, Gran Bretaña, Países Bajos y Bélgica se habían desmoronado y sus gobiernos transformados en un séquito de marionetas de EE. UU. aglomeradas en organismos como la OTAN. Por ello, la tarea propuesta por los imperialistas estadounidenses fue tratar de recuperar las excolonias y evitar que se alienaran a Moscú o Pekín. La década de los sesenta estuvo marcada por el empantanamiento imperialista en suelo vietnamita, lo que llevó a EE. UU. a cometer un número de atrocidades no vistas desde la Segunda Guerra Mundial. El número de víctimas vietnamitas consecuencia de la embestida genocida realizado por los invasores angloparlantes oscila entre tres y cuatro millones de personas. El imperio utilizó toda la tecnología de la época y contra la resistencia y pueblo vietnamita (como también el laosiano y camboyano) como tierra arrasada por jets de combate, bombardeos con Napalm, armas químicas (véase el uso del agente naranja), secuestro, tortura, asesinatos selectivos y por supuesto, masacres generalizadas. Se calcula que EE. UU. bombardeó Vietnam con más de 7.5 millones de toneladas de explosivos, lo equivalente a 725 bombas nucleares con una potencia similar a las utilizadas contra Japón en 1945. Pese a que las tropas invasoras desplegadas llegaron a superar el medio millón (y más de un millón del ejército de Vietnam del Sur), la asimetría acabó jugando a favor de la resistencia nativa por medio de la inteligencia, experiencia y coraje de grupos como el Viet Cong. Los vietnamitas ya se habían enfrentado y derrotado a otros dos imperios coloniales como el francés y japonés, y Washington jamás había librado un conflicto de guerrillas de aquella índole. Más de 60,000 militares estadounidenses murieron y hasta la fecha se desconoce el paradero de más de 5,000.

El escenario vietnamita no podía repetirse en otras latitudes, en especial en los países limítrofes. El mayor foco rojo para EE. UU. era Indonesia, gobierno nacionalista y popular encabezado por Sukarno quien tenía una excelente relación con el Partido Comunista, uno de los más populares del orbe, además de haber sido uno de los fundadores de los Países No Alineados. Los errores aprendidos hasta ese momento en Vietnam llevaron a la administración Johnson a utilizar otras estrategias. En 1965 la CIA entró en acción, comprando a varios altos mandos que infructuosamente intentaron derrocar a Sukarno. La maquinaria mediática vinculada a los sectores conservadores de la milicia entró en escena, acusando al Partido Comunista de organizar masacres de islamistas, lo que provocó que la población llevara a cabo cacerías humanas en las que fueron asesinadas más de un millón de personas sospechosas de pertenecer o simpatizar con el PC. Una de las mentes tras este genocidio fue el padrastro de Barack Obama, Lolo Soetoro, quien junto a su madre Ann Dunham, colaboraban con la CIA en Jakarta. El gobierno de Bung Karno (Camarada Karno) llegó a su fin, pasando el resto de sus días en arresto domiciliario. Washington colocó como presidente al general Suharto, el jefe del ejército. Inmediatamente después, EE. UU. creó un organismo que alineó (domesticó) a los países del sudeste de Asia bajo su órbita: la ASEAN.

Filipinas vivió un proceso de ocupación estadounidense, solo interrumpido por la invasión japonesa, que responsable de múltiples atrocidades. Posteriormente, en 1946, Filipinas logró su independencia, pero dominado por una oligarquía cercana al capitalismo nipón y estadounidense, que inició una represión y exterminio contra los grupos comunistas en las islas, principalmente el Hukbalahap. Como de costumbre, los estadounidenses planearon y armaron al régimen para realizar esta tarea. En 1965 llegó al poder Ferdinand Marcos, cuyo padre había sido un colaboracionista de los invasores japoneses, dando inicio a un estado de terror y corrupción solo comparable con otros proyectos fomentados por EE. UU. al otro lado del Pacífico. A petición de Marcos, Filipinas desplegó tropas en Vietnam para apoyar la causa imperialista genocida a cambio de recibir dádivas por parte de Washington, como las armas para aplastar a grupos marxistas e islamistas (en Mindanao, por ejemplo) e incluso de partidos liberales. Para perpetuarse en el poder, el dictador argumentó que, de no hacerlo, los comunistas tomarían el poder, por lo que en agosto de 1972 se decretó la Ley Marcial. Así inició la Bagong Lipunan, la Nueva Era, que además incluyó políticas sinófobas para filipinizar la sociedad. Marcos y su círculo cercano de militares conocido como los Rolex 12 (por los relojes de lujo suizos que el dictador les regalaba) guarían a la cleptocracia, mientras decenas de miles de tropas estadounidenses se movían libremente dentro del país. Marcos abandonó el cargo en 1986, muriendo en un exilio hawaiano en 1989. Tras su huida, el pueblo filipino invadió el Palacio de Malacañang, donde los obscenos excesos del dictador y su familia se hallaban, como los 2,700 pares de zapatos de Imelda Marcos. Con el fin de la nueva era filipina, la subordinación hacia el imperio no finalizó. Con la llegada de Corazón Cojuangco de Aquina al poder, exesposa de Benigno Aquino, máximo opositor a Marcos (asesinado por el dictador), la situación del país se tornó medianamente favorable, pero la oligarquía filoestadounidense continuó «administrando» el país, el cual se volcó al proyecto sinófobo estadounidense desde 2011 durante el período de Benigno Aquino III lo cual se revirtió temporalmente con Rodrigo Duterte. En 2022 el pueblo filipino cometió la grotesca decisión de elegir como presidente a Ferdinand «Bongbong» Marcos Jr. Quien ha invitado al ejército estadounidense de vuelta a Filipinas.

En el caso nuestramericano, el pánico rojo y la furia macartista alcanzó niveles insospechados cuando una revolución como la cubana triunfó a tan solo 145 kilómetros del territorio continental estadounidense. La injerencia inaugural de la administración Kennedy fue organizar una invasión contra Cuba en abril del 61, tan solo tres meses después de haber ocupado el cargo. La derrota de los invasores por las Fuerzas Armadas Revolucionarias que tenían poco tiempo de haberse formado y que teóricamente no estaban preparadas, apabulló al gobierno, medios y pueblo estadounidense. La histeria fue insostenible cuando el gobierno de La Habana se acercó aún más a Moscú, lo cual desembocó en octubre de 1962 con la movilización de misiles nucleares a suelo cubano como respuesta a la misma acción realizada por la OTAN en Turquía e Italia. Posteriormente, ante la imposibilidad de destruir la revolución extendida a todas las capas de la sociedad cubana, Washington le apostó al terrorismo, intentos de magnicidio, sabotaje, propaganda y especialmente el estrangulamiento económico, medida aún en práctica luego replicada contra otras naciones en resistencia.

Desde los primeros años del siglo pasado, los estadounidenses ya habían colaborado u orquestado golpes en nuestro continente, siendo el magnicidio de 1910 contra del presidente mexicano Francisco I. Madero el prototipo que EE. UU. siguió durante todo el siglo XX, tanto en América Latina como en otras latitudes. La llamada Decena Trágica (como los futuros golpes militares), fue planeada en la embajada estadounidense por Henry Layne Wilson, embajador en México durante el mandato de William Howard Taft, presidente con un amplio pasado colonial al haber sido gobernador tanto de Cuba como de Filipinas. Este mecanismo, además de encubrir la naturaleza injerencista del imperio y de no afectar la «reputación» del discurso apantallaidiotas de faro de la democracia, resultaba mucho más económico que la movilización de tropas de invasión u ocupación. Ya que lo único indispensable solía ser una buena cantidad de dólares para sobornar a sectores insurrectos de la milicia, policía, paramilitares o mercenarios, sin mencionar el apoyo a veces gratuito otorgado por las clases dominantes profundamente filogringas y temerosas por las revueltas populares. Si la primera mitad del siglo XX se caracterizó por invasiones, la segunda lo haría por los golpes militares maquinados por Washington o bien por su patrocinio de brutales dictaduras. En 1954, el guatemalteco Jacobo Árbenz fue derrocado (por petición de la United Fruit Company). En ese mismo año comenzó la dictadura golpista de Alfredo Stroessner en Paraguay, la cual duraría 35 años con el beneplácito estadounidense. En el 61, el dominicano Rafael Trujillo, antiguo amigo de los yankees, fue asesinado por orden de la CIA, que en su lugar colocó a Juan Bosch, también derrocado por orden de Langley en 1963. Un año más tarde, el brasileño João «Jango» Goulart sufrió un golpe militar, dando inicio al régimen militar que se extendió durante los siguientes 21 años. En 1971 el boliviano Juan José «JJ» Torres sufrió un golpe militar que llevó a Hugo Banzer a la presidencia. Cinco años después, tras haberse exiliado en Buenos Aires, Torres fue secuestrado y asesinado. El plan fue orquestado en conjunto por Banzer y Jorge Rafel Videla, quien comandaba a la junta militar golpista argentina. En junio del 73, con tal de exterminar a la resistencia de los Tupamaros, una dictadura cívico-militar tomó el control de Uruguay. Menos de tres meses después, el 11 de septiembre de 1973, ocurrió el golpe militar encabezado por Augusto Pinochet en contra del presidente chileno Salvador Allende quien fue asesinado durante el bombardeo y asalto al Palacio de la Moneda. Con Nixon y Kissinger en la Casa Blanca, dio inició el llamado Plan Cóndor, que consistió en la coordinación de los regímenes golpistas y fascistas de toda Sudamérica para acabar con cualquier foco de crítica o insurgencia, lo cual se tradujo en la tortura, asesinato y desaparición de decenas y miles de personas en toda la región. Tras lo ocurrido en Chile, procesos similares se vivieron en países andinos vecinos como el golpe de Francisco Morales Bermúdez en Perú y el de la junta militar ecuatoriana que derrocó a Guillermo Rodríguez. Finalmente, el 24 de marzo de 1976, el gobierno de Argentina de Isabel Martínez de Perón sufrió un golpe a manos de la junta militar.

En 1981, el exactor hollywoodense y gobernador de California asumió el poder. La estrategia de injerencia anticomunista de Ronald Reagan se enfocó en armar hasta los dientes a la más diversa pléyade de la peor ralea en contra de gobiernos y movimientos populares. Escuadrones de la muerte y «contras» en Centroamérica, narcoparamilitares en Colombia o yihadistas en Afganistán, todo con tal de acabar con El Imperio del Mal, refiriéndose obviamente al bloque socialista. Dentro de su gigantesco historial de agresiones y crímenes, uno de los más cobardes fue sin duda la Invasión de Granada, ocurrida en 1983, ya que Reagan y su séquito temían que la totalidad del Caribe pudiera «cubanizarse». Su sucesor, el ex director de la CIA, exvicepresidente y miembro de una estirpe que se enriqueció patrocinando a nazis, George H. W. Bush también realizó una invasión tan pronto llegó a la presidencia, la de Panamá, en contra de su marioneta y narcotraficante de cabecera, Manuel Noriega, quien además había sido uno de los militares entrenados en la Escuela de las Américas con sede en territorio panameño ocupado, donde el imperio entrenaba a militares y policías de todo el continente en contrainsurgencia, espionaje y tortura. Se sospecha que previamente la administración Reagan/Bush había asesinado al presidente panameño Omar Torrijos, tanto por sus intentos de nacionalizar el canal como por su acercamiento a Cuba y Nicaragua.

Aunque se considera que el Plan Cóndor llegó a su fin a comienzos de los ochenta, ocurrió todo lo contrario, este se extendió a suelo centroamericano, donde la barbarie amparada por el Imperio prosiguió. En 1982 Guatemala vivió un golpe de Estado que empoderó a Efraín Ríos Montt (otro egresado de la Escuela de las Américas) quien estableció un régimen fascista y cristiano fundamentalista que, con apoyo de Washington y de Israel, cometió uno de los mayores genocidios en la historia moderna de nuestro continente, cometido por un criminal considerado por Ronald Reagan como un hombre de gran integridad y compromiso personal. Los escuadrones de la muerte del régimen fueron armados y entrenados por los servicios de inteligencia y asesores del ente colonial sionista y genocida israelí. Se estima que, durante las décadas de resistencia popular, los sucesivos regímenes guatemaltecos y en especial Ríos Montt quien también era pastor evangélico, asesinaron a más de 200,000 personas, en su mayoría campesinos mayas.

La administración Reagan también inició su cruzada anticomunista contra Nicaragua, cuyo gobierno revolucionario había acabado con la dinastía de los Somoza, quienes durante 43 años desangraron y saquearon al pueblo nicaragüense. EE. UU. armó y patrocinó durante años a los contras, quienes utilizaron las tácticas terroristas más brutales. Gran parte de sus estratagemas fueron desarrolladas a partir de manuales creados por la CIA, que los instruían en las «artes» del acoso, el sabotaje, el secuestro, la tortura y los asesinatos. Con el pasar de las décadas, dichos «instructivos» continuarían siendo entregados a los grupos en la nómina de Washington.

Otra nación que vivió el terror constante por parte del imperio fue Haití. De hecho, desde hace medio milenio, aquel país ha tenido que resistir el embate salvaje de tres imperios coloniales, comenzando con los españoles, quienes exterminaron a toda la población originaria taína. Desde el amanecer del siglo XVII, los franceses tomaron el control de la mitad de La Española. Saint-Domingue se convirtió en campo de trabajo de casi un millón de africanos esclavizados, quienes producían más de la mitad de la azúcar que se consumía en Europa. Fue en 1804 cuando la población logró su emancipación e independencia, convirtiéndose en la segunda nación soberana de todo el continente, bautizada con un nombre taíno por los afrodescendientes en honor a la población originaria exterminada por los europeos siglos antes: Tierra de Montañas (Haití). La maldición de aquel pueblo no terminó, ya que tras los intentos fallidos de reconquista francesa a mediados del siglo XIX Washington puso sus ojos en la isla. Al ser una de las tierras más fértiles de las Antillas y para evitar la influencia de la liberación entre los esclavos en EE. UU. Además, por más de un siglo fue bloqueado por Francia y otras potencias europeas que exigían «reparaciones» por los «daños económicos» generados tras su liberación.

Desde 1915 hasta 1934, Haití estuvo ocupado por tropas estadounidenses y posteriormente vivió una serie de golpes de Estado que la mantuvieron bajo un caos que beneficiaba a los angloparlantes. En 1957 un exministro de saludo llegó a la presidencia. Su nombre era François Duvalier, apodado Papa Doc, quien subvencionado por los estadounidenses estableció un régimen digno de cinta de horror, cuya secuela inició con su vástago Baby Doc (Jean Claude Duvalier), quien al igual que su padre controlaba el país por medio de sus pandillas de criminales conocidos como Tonton Macoutes.

En 1978 surgió la República Democrática de Afganistán comandada por Nur Muhammad Taraki tras una revolución que acabó con el gobierno de Mohammed Daud Khan. Un años después, Taraki fue derrocado por su ex aliado Hafizullah Amín, quien había sido cooptado por la CIA pese a los lazos de su gobierno con el Kremlin. Amín ignoraba que los servicios de inteligencia occidentales junto con el ISI pakistaní también patrocinan a los muyahidines anticomunistas. El objetivo del gobierno de Jimmy Carter y de su asesor en seguridad nacional Zbigniew Brzezinski era «obligar» a la URSS a intervenir para evitar la caída de la república socialista y empantanarlos en un conflicto inmediato a sus fronteras, justo como lo intentaron hacer con las guerras de Chechenia, en Georgia en 2008 y en Ucrania hasta nuestros días. Incluso suponían que lo ocurrido en Afganistán podría extenderse al territorio soviético en las repúblicas centroasiáticas de mayoría túrquica e irania islámicas.

Esencialmente, era una repetición del Gran Juego decimonónico, el enfrentamiento en Asia Central, Persia y el subcontinente indio entre el Imperio Británico y el Zarismo Ruso. El surgimiento de la República Islámica de Irán en 1979 y la imposibilidad de EE. UU. por controlar al gobierno de Ruhollah Jomeini agudizó la urgencia de Washington por controlar la región que ya poseía dos polos antagónicos. Aunque la Operación Cyclone inició con Carter, fue con la Doctrina Reagan que el flujo de armas estadounidenses aumentó, como el uso de los FIM-92 Stinger, que fueron fundamentales para que los soviéticos vivieran su propio Vietnam. Además de las armas estadounidenses, los rebeldes recibieron apoyo armamentista y logístico por parte del MI6 e incluso del Mossad sionista, que cooperó directamente con el ISI, mientras públicamente el gobierno de Islamabad se negaba a reconocer al ente sionista y genocida israelí.

Era también la época del cisma sinosoviético, por lo que el gobierno de Pekín también proporcionó apoyo a diversas facciones afganas anticomunistas. Gran parte del apoyo económico era cubierto por la petromonarquía wahabí saudí, la cual se ofreció a entregarles a los paramilitares la misma cantidad de dólares que la CIA les proporcionara. Incluso tras la retirada del Ejército Rojo, tanto Washington como Riad continuaron inyectando cientos de millones de dólares a los grupos afganos, entre ellos estaban los estudiantes (talibanes), quienes en la guerra civil posterior entre señores de la guerra acabaron triunfando.

El reino saudí también subvencionó la llegada de cerca de 40,000 voluntarios y mercenarios procedentes de todo el mundo islámico a suelo afgano. Uno de los líderes de estos batallones fue el playboy saudí Osama Bin Laden, mientras que el promotor y encargado de reclutar y repartir fondos fue el propagandista saudí de origen turco Jamal Khashoggi. Los estadounidenses continuarían utilizando las fuerzas de lo que hoy llaman Al Qaeda en contextos como el balcánico y el caucásico, contra Yugoslavia y Serbia, respectivamente, y siempre con un bin Laden en su nómina.

Por más de siglo y medio, el territorio del Sahel y el África subsahariana estuvo negado para el imperialismo estadounidense debido a la repartición colonial que los europeos habían realizado en todo el continente, del mismo modo que los estadounidenses se habían apropiado de América con la doctrina Monroe. Pocos saben que las primeras intervenciones extranjeras estadounidenses fuera de Norteamérica ocurrieron al norte de África, en las costas magrebíes a finales del siglo XVIII e inicios del XIX, primero contra la Regencia de Argel y posteriormente durante las guerras berberiscas.

Un caso atípico tuvo lugar en la costa atlántica africana. En la década de 1810, esclavistas estadounidenses temían que los esclavos liberados y negros libres extranjeros pudieran alentar revueltas o incluso la creación de repúblicas negras (a la usanza haitiana) dentro de EE. UU., por ende, se plantearon su «reubicación» a través de la Sociedad de Colonización Americana, que comenzó a enviarlos al otro lado del Atlántico, en concreto a la Costa de la Pimienta, donde también se había fundado una colonia británica de esclavos liberados que sería conocida como Sierra Leona. Liberia tendría la función de ser un enclave colonial estadounidense en el Golfo de Guinea que serviría para introducirse al territorio africano y extraer recursos sin irrumpir en las colonias de las potencias europeas que abarrotaban aquellas costas. El problema es que estas personas arribaron a una tierra poblada por distintos grupos étnico —lingüísticos y culturales— religiosos que nada tenían que ver con las tradiciones de una población conversa (a la fuerza en ocasiones) al cristianismo evangélico, angloparlantes y con ideales y tradiciones muy distintas. Liberia, en honor a la libertad obtenida, declaró su independencia en 1847, reconocida por Washington quince años después. Paulatinamente, los «recién llegados» se convirtieron en la clase y casta que dominó al país hasta finales del siglo XX, cuando Samuel Doe de origen Krahn llegó al poder en 1980. Sin embargo, su gobierno no se caracterizó por favorecer los intereses de toda la población, sin importar etnia o clase, todo lo contrario. Ondeando la bandera anticomunista y la supremacía Krahn y con el apoyo del gobierno de Reagan, Doe realizó un proceso de limpieza étnica y brutal represión. En 1989, Charles Taylor y su Frente Unido Revolucionario se alzaron contra Doe, armado y tolerado por el imperio.

Durante la segunda mitad del siglo pasado, los procesos armados de descolonización y la salida o distanciamiento público de los imperios coloniales europeos permitieron que los yankees se entrometieran cada vez más en el desarrollo de las naciones africanas recién independizadas o en vías de alcanzarlo, como ocurrió en Congo, que desde el último cuarto del siglo XIX había sido controlado por Bélgica, comenzando con el régimen genocida y esclavista de Leopoldo II que asesinó entre 10 y 15 millones de personas en menos de 25 años. Los belgas establecieron un proyecto extractivista esclavista, primero en torno a la producción de caucho y posteriormente de minerales, siendo la riqueza en el subsuelo congoleño de carácter geoestratégico. En 1960, la República Democrática del Congo logró su independencia de la mano de Patrice Lumumba, quien se convirtió en primer ministro. Extraoficialmente, el saqueo prosiguió, ya que Bélgica jamás renunció a la riqueza congoleña, en especial en la región de Katanga con una vasta abundancia de diamantes, uranio y cobalto. Fue precisamente en esa provincia sureña, al sureste del país, donde inició la injerencia occidental contra un gobierno que buscaba que la riqueza mineral congoleña sirviera para elevar el bienestar popular. La Unión Minera del Alto Katanga, una multinacional europea que contaba con mercenarios extranjeros (como del régimen racista de Rodesia del Norte) y militares belgas, declaró la independencia. Cuando Washington y Bruselas notaron que no podrían doblegar a Lumumba, la CIA dio luz verde para el golpe de estado y magnicidio de 196, realizado por Joseph Mobutu, agente occidental, quien había sido nombrado jefe del Estado Mayor por el mismo Lumumba. El régimen represivo, cleptocrático y anticomunista de Mobutu quien incluso renombró a al país (Zaire) se extendió hasta 1997, siempre vitoreado por Estados Unidos, en especial cuando de la mano de militares estadounidenses y belgas aplastó a los revolucionarios Simba comunistas.

Durante la efímera administración del advenedizo Gerald Ford quien llegó al poder tras la destitución de Nixon, las injerencias prosiguieron. En Angola ocurrió un caso similar al congoleño. En 1975, tras el fin del colonialismo portugués que ocupó el territorio desde el siglo XV, el vacío de poder buscó ser ocupado por Washington, añorando el acceso a los inmensos yacimientos de hidrocarburos. A diferencia de lo ocurrido en Congo, los estadounidenses no lograron su cometido, ya que sus grupos de choque fueron derrotados por el Movimiento Popular para la Liberación de Angola encabezado por Agostinho Neto, primer presidente de Angola quien, con asistencia de tropas cubanas y armas soviéticas, derrotaron a los paramilitares a sueldo de EE. UU., además de mercenarios del régimen racista del apartheid sudafricano. Resultado similar se vivió al noreste de África, en Etiopía donde la dinastía pseudosalomónica que había controlado al país por más de 700 años fue derrocada en 1974 por el DERG, un grupo de militares de jóvenes de bajo rango en descontento con el imperio por la profunda miseria y desigualdad social de un pueblo que aborrecía a una monarquía repleta de lujos y excesos. Del mismo modo que en Angola, el apoyo armado y logístico soviético y el despliegue de tropas y asesores cubanos sirvió para que el gobierno pudiera evitar el triunfo de los grupos patrocinados por EE. UU. Curiosamente, pese al discurso anticomunista del gobierno de Reagan, muchas de estas milicias eran escisiones del DERG o bien otros grupos de tradición marxista.

Cuando hablemos de la injerencia estadounidense en el continente africano, no podemos omitir su rol y patrocinio del régimen colonial afrikáner racista sudafricano, siendo EE. UU. (junto con Gran Bretaña y el ente sionista israelí) su principal socio estratégico. Washington consideraba al Congreso Nacional Africano como un grupo terrorista. En 1962 fue la CIA la que informó a la cúpula racista de Pretoria la ubicación de Nelson Mandela, quien fue detenido y encarcelado durante 27 años.

En 1989, mientras la Unión Soviética vivía políticas económicas y culturales contrarrevolucionarias conocidas como Perestroika y Glásnost que a la postre condujeron a la desaparición de la URSS, China que ya había aplicado un nuevo modelo «mixto» conocido como socialismo con características chinas, vivía un boom industrial que, aunque aún no se perfilaba como imparable, si comenzaba a preocupar a Occidente. Las relaciones moscovitas —pekinesas se habían desgastado a tal grado en las últimas dos décadas, que múltiples enfrentamientos directos e indirectos habían ocurrido, como fue el caso afgano durante los ochenta o el grave incidente de 1969 en Zhenbao/Damansky en la frontera sinosoviética en Manchuria, donde decenas de tropas de ambas potencias tuvieron bajas, un hecho que casi condujo a un enfrentamiento nuclear entre ambas naciones.

Una década después, la guerra sino-vietnamita volvió a avivar las llamas. Mientras China consideraba a los gobiernos postestalinistas como revisionistas y advenedizos, Moscú hacía lo propio criticando el modelo chino del socialismo de mercado (que más tarde intentaron replicar). Desde Washington observaban con beneplácito cómo la relación entre los estados socialistas se fracturaba, resultando en divisiones y rompimientos entre las corrientes y partidos comunistas de todo el mundo. 1972 se caracterizó por la visita de Nixon a China y su reunión con Mao Tse-Tung, lo cual visibilizó aún más el rompimiento. Finalmente, con la cumbre sinosoviética realizada entre el 15 y 18 de mayo de 1989 las relaciones se normalizaron, lo cual provocó que la administración Bush replanteara su estrategia contra el bloque socialista. Mientras las reuniones entre ambos gobiernos socialistas ocurrían, EE. UU. dio la orden para el inicio de la revuelta de laboratorio contra China, la cual forjó el modelo que dos décadas después se aplicaría en todo el mundo. En esta ofensiva se utilizaron desde paramilitares expatriados chinos infiltrados en las protestas como el poder mediático para pulirlas, santificarlas y maximizarlas. La perversa fantasía sobre Tiananmén ha sido mitificada por occidente hasta el hastío, incluso contradiciendo a sus propios informantes y medios afines que reportaron eventos diametralmente opuestos que sin mucho problema pueden hallarse en archivos e incluso en la misma red.

El interludio de la caduca unipolaridad estadounidense y el refrito contra el eje del mal

El inminente nuevo horizonte de fraternidad sinosoviética se esfumó dos años después, cuando en una dacha bielorrusa una conspiración a espaldas de los pueblos de quince repúblicas llevó a disolver la Unión Soviética. Los acuerdos de Belavezha firmados por los golpistas Borís Yeltsin, Leonid Kravchuk y Stanislav Shushkévich dieron inicio no solo a una crisis sin precedente de tintes económicos, políticos y sociales en el contexto postsoviético, ya que a nivel planetario generó efectos tectónicos que provocaron que por más de una década no existieran contrapesos ideológicos ni militares, para ponerle un alto a un imperialismo desenfrenado sin parangón. Tras la desaparición de la URSS y del Pacto de Varsovia y el supuesto desenlace de la Guerra Fría, los años noventa estuvieron marcados por el dominio geopolítico global estadounidense que con los delirios triunfalistas que lo caracterizan, anunció que la historia había llegado a su fin y que el mundo entraría a una última y definitiva fase de sometimiento a la cual denominaron globalización, que no es más que la occidentalización más agresiva y la subordinación al sistema mundo capitalista regido por el epicentro washingtoniano. El preámbulo de lo que se avecinaba, la «presentación en sociedad» de la «nueva era» inició con la primera arremetida contra Irak en 1990, un ataque que incluso fue televisado en tiempo real (lo mismo harían con su ataque contra Belgrado) mientras los F-117 bombardeaban Bagdad y sus alrededores. Más que castigar al antiguo títere de EE. UU., Sadam Huseín, su objetivo fue similar al uso de bombas nucleares contra población civil japonesa en 1945. En aquel momento un «golpe de gracia» al imperio colonial japonés era absurdo, su verdadera meta era mostrarle al mundo y en especial a la Unión Soviética que poseían un arma con la que nadie más contaba, una con la cual podrían destruir a la humanidad en su conjunto. La Guerra del Golfo fue una advertencia similar, amenazar al mundo sobre las consecuencias que podrían enfrentar si osaban negarse a «recibir los beneficios» de la Pax Americana.

Poco después iniciaron una serie de injerencias que buscaban evitar cualquier foco de resistencia o antagonismo, como ocurrió con la agresión atlantista contra Yugoslavia/Serbia, el intento de balcanización del territorio caucásico ruso (las Guerras de Chechenia), además de la célebre derrota estadounidense en Somalia, nación que también intentaban fraccionar. Como era de esperarse, el panfleto escatológico fukuyamista de la supuesta perpetuidad unipolar del orden capitalista imperialista angloparlante pronto acabó en el basurero. El motor de la historia continuó siendo la lucha de clases, la dialéctica antiimperialista jamás había perdido su trascendencia y la batalla contra los horrores washingtonianos estaba más vigente que nunca, pero no desde un conflicto simétrico desde otro polo ideológico, ya que a finales del siglo XX e inicios del XXI la resistencia se forjaría primero desde los arrabales del mundo, en aquellos países que catalogan como en vías de desarrollo (eternamente), en las periferias hoy bautizadas como Sur o Sudeste Global.

En 1996 un nuevo manifiesto fue publicado, obra de otro de los próceres del «progreso», no solo estadounidense, sino de la totalidad del supremacismo pseudocivilizatorio de la mitológica civilización occidental. En una actitud reduccionista, neopositivista, racista y eurocéntrica, Samuel Huntington dividió al planeta en diversos bloques irreconciliables, todos ellos excepto el occidental, antitéticos a lo auténticamente civilizado, o sea, la plutocracia liberal burguesa europea/eurodescendiente capitalista—imperialista. Para lograr perpetuar su añorado sueño de hegemonía planetaria absoluta, EE. UU. tendría que enfrentarse a distintas caras del salvajismo y el subdesarrollo. Occidente, antes regido por el pánico rojo, ahora se encontraba a merced de nuevos y viejos peligros, comenzando con el Islam, cuya animadversión surgió muchos siglos antes del mismo concepto de occidente. También se le sumaba una nueva y temible Rusia, pero ya no la soviética, sino una mezcla de autocracia, despotismo y polvosa ortodoxia cristiana. El fantasma anticomunista tampoco había desaparecido del todo, ya que únicamente los moscovitas habían sido derrotados. En Pekín (o en Pionyang), el terrorífico marxismo totalitario perduraba. Más tarde, otro enemigo se sumaría, la amenaza populista, latente en ese nefasto concepto de tercer mundo compuesto por repúblicas bananeras, otrora controladas por caciques y señores de la guerra filogringos, principalmente en Abya Yala y África. En el mundo venidero presentado por Huntington los choques de aquellas civilizaciones eran inminentes y lógicos, y la Casa Blanca estaría ahí para alentarlos y beneficiarse, porque al final, el reino de la democracia, la libertad y el libre mercado triunfarían. Aquella fantasía también se derrumbó menos de dos décadas después, cuando alianzas entre supuestos enemigos eternos y culturas incompatibles comenzaron a gestarse.

Al inicio del siglo XXI Rusia vivía un proceso de reconstrucción tras la trágica década yeltsinista, mientras China estaba en vías de convertirse en la mayor superpotencia económica del planeta. Washington desenfundó las armas para el escenario que se avecinaba, en donde la pesadilla de Zbigniew Brzezinski comenzaba a materializarse. El cisma sinosoviético se había quedado atrás. El alineamiento entre Pekín y Moscú era una realidad y peor aún, potencias regionales y prácticamente todo el sur global se unirían paulatinamente a un nuevo modelo cuya premisa fundamental es resistir a la devastación y a la violencia promovida por Occidente. ¿Qué podían tener en común naciones con modos de producción, lenguas, corrientes religiosas, procesos históricos y tradiciones tan distintas? Que todas ellas, en distintos momentos, en los últimos cinco siglos, habían sido víctimas de la depredación, el genocidio y la humillación por parte de los imperios coloniales europeos y sus legatarios estadounidenses. Entre pueblos y culturas en las antípodas del orbe, encontraremos coincidencias y paralelismos. Lo realizado por los neerlandeses en Indonesia o por los belgas en el Congo fue similar a lo hecho por portugueses en Angola o Mozambique, del mismo modo que los crímenes franceses en Argelia o Polinesia se asemejan a la criminalidad inglesa/británica en India, Australia o Kenia.

En 2001, los think tanks yankees auguraban que la efímera unipolaridad imperialista colapsaría en la siguiente década. La estrategia que siguieron es bien conocida; debían construir una amenaza ficticia con la cual pudieran legitimar una agresión continua sin precedentes en cualquier rincón del planeta y con ello posponer lo inminente. Debido a su imposibilidad para declarar una guerra preventiva contra el mundo entero, optaron por utilizar la excusa del paramilitarismo pseudoyihadista, el mismo que habían creado y utilizado en sus guerras proxy en las dos décadas previas contra la URSS en Afganistán, contra Yugoslavia en los Balcanes y contra la Federación Rusa en el Cáucaso. Para ello recurrieron a una estratagema que había sido en extremo efectiva seis décadas antes, cuando Japón atacó el territorio hawaiano ocupado por EE. UU., casus belli que derivó en la inmediata declaración de guerra de Washington contra Tokio. Hasta la fecha no hay certeza sobre qué nivel de conocimiento poseía la inteligencia y la milicia estadounidenses sobre un ataque japonés; su única certeza era su inminencia y su gran envergadura. Sabían que ocurriría y también lo deseaban, del mismo modo que sesenta años después también esperaban con ansia, por más perverso que pueda parecer, un ataque contra suelo continental estadounidense. La gran diferencia es que tenía que ser de un nivel de espectacularidad jamás vista, no contra objetivos militares o diplomáticos, en una lejana base embajada estadounidense en el oriente africano, sino en el mismísimo corazón de la plutocracia económica y financiera.

Horas después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, la administración de Bush Jr. aseguró que la responsabilidad recaía en Al-Qaeda, un enemigo fantasmagórico creado en las entrañas de la inteligencia estadounidense en los años ochenta para combatir a la URSS en suelo afgano, y justamente fue Afganistán la primera víctima, un país al norte del subcontinente indio, al sur de Asia Central, al oriente de Irán y con un Corredor como el Wakhan que lo comunica directamente con China. Entonces, la nueva fase de la agresión estadounidense contra el mundo inició en el centro de Asia, cerca de tres naciones como Irán, Rusia y China que, con base en las fatídicas experiencias de los dos últimos siglos, se niegan a someterse. Además de metas secundarias como el monopolio de la producción y tráfico de opio, la explotación de minerales o el freno contra el comercio terrestre de hidrocarburos persas, el objetivo primordial del imperio fue crear un punto de avanzada que pudiera extender el caos en las naciones vecinas. Paralelamente, Washington, mediante sus mecanismos de propaganda acostumbrados, desarrolló melodramas como el genocidio uigur, todo con tal de provocar un levantamiento en Sinkiang, región autónoma de mayoría túrquica, pero con importantes minorías sinotibetanas, iranias y mongolas.

Con una sociedad afgana sumergida en el caos y la injerencia, tarde o temprano ese escenario se extendería (gracias a Washington) a las cinco naciones centroasiáticas vecinas inmediatas de la Federación Rusa que en ese momento también combatía sangrientos intentos de secesión étnica, lingüística y religiosa en las autonomías republicanas caucásicas de Chechenia, Cherkesia, Kabardino—Balkaria, Ingusetia y Daguestán, cuya vanguardia separatista eran los mismos yihadistas pagados por Washington que supuestamente combatían en Afganistán. Con respecto a Irán y Pakistán, los servicios de inteligencia angloparlantes iniciaron su inyección de fondos a los separatistas baluchíes en ambas naciones (también con presencia en Afganistán).

En 2003, dos años después del inicio de la devastación imperialista de Afganistán, inició otra agresión estadounidense contra Irak (la segunda en trece años), la cual culminó con más de un millón de civiles iraquíes víctimas directas e indirectas de las atrocidades invasoras y con un país prácticamente destruido. Este genocidio fue estructurado tanto por el imperialismo estadounidense como por su prefecto colonial sionista. El objetivo final era seccionar al país étnica, lingüística y confesionalmente y extender la violencia hacia el oeste, a la República Árabe Siria y finalmente al oriente de los Zagros, fuera del contexto semítico y araboparlante, contra la República Islámica de Irán que desde 1979 se ha negado a someterse a los deseos del Gran Satán y continúa desconociendo el proyecto colonial, sionista y genocida israelí, el Pequeño Satán.

Mientras Estados Unidos destruía Afganistán e Irak, en las entrañas del imperio se gestaban planes que extenderían su barbarie. Tras haber demostrado en diversos niveles la efectividad de las revueltas de laboratorio contra países como China, Polonia y Rumania (los tres casos en 1989) o la Yugoslavia de Slobodan Milošević en el 2000 (modelo OTPOR), el gobierno de Bush, Cheney y Rumsfeld aumentó los fondos para repartir los manuales y panfletos de Gene Sharp en más de una decena de naciones y con ello lograr sus objetivos golpistas e injerencistas, llevados a cabo por sus nuevas vanguardias conocidas romántica e insulsamente como sociedades civiles. Fueron apodadas como primaveras en el Norte de África y el Oeste de Asia y como revoluciones de colores en Europa del Este, Cáucaso y Asia Central.

En 2003, en las alturas caucásicas, las masas encabezadas por el esperpento Mijeíl Saakashvili acabaron con el gobierno de Eduard Shevardnadze (el último canciller soviético) colocando en el poder a un lunático (no es exageración) cleptócrata que haría todo lo posible por satisfacer la sed expansionista rusófoba de los yankees. Cinco años después, buscando agradar a la OTAN, Saakashvili invadió las repúblicas separatistas de Abjasia y Osetia del Sur atacando a los cuerpos de paz de Naciones Unidas (compuestos por tropas rusas). Horas después, el ejército ruso atravesó el túnel de Roki desde Osetia del Norte—Alania (en suelo ruso) y puso fin a las aspiraciones atlantistas del gobierno de Tiflis. A la postre, Saakashvili saldría huyendo de Georgia al ser acusado de múltiples crímenes, estableciéndose en Ucrania, donde su amigo Petró Poroshenkolo le otorgó la ciudadanía y lo convirtió en gobernador de Odesa en pleno proceso atlantista de neonazifiación.

Al igual que en Georgia, Washington estructuró procesos similares en muchas de las repúblicas ex soviéticas, buscando acabar con cualquier gobierno bien relacionado con Moscú. El plan era crear efectos dominó, provocando un levantamiento tras otro y creando gobiernos afines que acabarían siendo focos de desestabilización inmediatos a Rusia y que incluso podían contagiar al mismo pueblo soviético. En la región centroasiática, el gobierno kirguís de Askar Akáyev fue derribado en 2005. En el Cáucaso llegó el turno de Armenia en 2018. Después de que Serzh Sargsyan fue forzado a dejar el cargo, EE. UU. colocó a un gobierno sometido a los intereses del lobby armenio, el de Nikol Pashinián, quien además de dañar los lazos con Rusia, recientemente le entregó Artsaj a Bakú y Ankara. Otras revoluciones de colores no prosperaron como la de 2005 en Bielorrusia, vinculada con los sucesos en Ucrania (la revolución naranja de 2004) cuando intentaron poner fin al gobierno de Alexander Lukashenko, acción repetida quince años después y que nuevamente fue repelida. En Rusia aquellas acciones tampoco prosperaron. Durante toda la década pasada, los servicios de inteligencia occidentales buscaron acabar tanto con los gobiernos de Dmitri Medvédev como de Vladímir Putin. La mecánica fue un refrito de los procesos de injerencia ya mencionados, por lo que fue posible desarticularlas, aún más cuando los elegidos por la embajada estadounidense para ser encabezar las revueltas eran prácticamente desconocidos por los rusos, como ocurrió con el neonazi, islamófobo y restauracionista monárquico Alexei Navalny, convertido en mártir por la mass media occidental.

La salida de la administración Bush en enero de 2009 provocó que la élite neoconservadora modificara su estrategia belicista. Al colocar en la Casa Blanca a Barack Hussein Obama, la plutocracia imperialista optó por presentarlo públicamente como un transgresor de las tradiciones imperialistas de sus predecesores, pero, como era de esperarse, aquel producto era el más genérico ejemplo del gatopardismo estadounidense. Obama prosiguió al pie de la letra el vendaval de destrucción y control planetario de sus predecesores por medio de la guerra multidimensional, la cual se convirtió en la estrategia dominante. Las guerras híbridas fusionan el cobarde estrangulamiento económico («sanciones» y bloqueos), ofensivas subsidiarias (proxy) mediante paramilitares y mercenarios, el secuestro o subordinación de instituciones nacionales incluyendo los poderes de los estados (lawfare), «revueltas» maquinadas en laboratorios (primaveras o revoluciones) y por supuesto la guerra cognitiva, la cual, con el predominio de los conglomerados mediáticos y digitales en redes sociales y plataformas de video ha alcanzado un nuevo nivel de peligrosidad e incidencia.

El modelo de las revoluciones de colores también fue replicado por el imperio en el Magreb y el Levante. En este caso, los conglomerados mediáticos las bautizaron como primaveras árabes. La mecánica fue idéntica, aprovechar el descontento o desencanto de un sector de la sociedad para derribar gobiernos, los cuales no necesariamente tenían que ser antagónicos al imperio como fue el caso de Zine El Abidine Ben Ali en Túnez, quien era su cliente y títere, pero que osó acercarse poco antes al gobierno libio y buscar una alianza estrategia entre los estados amazigh norafricanos. Tras múltiples semanas de protestas, Ben Ali abandonó el poder en enero de 2011. En África el AFRICOM estadounidense buscaba desestabilizar toda la región. Ante dicho escenario brotaría el terrorismo que amenazaría la seguridad regional, por lo que EE. UU. y compañía tendrían que intervenir. Los nuevos gobiernos buscarían auxilio en el imperio y con ello legitimarían la injerencia. En Egipto el objetivo fue acabar con el gobierno de Hosni Mubarak, quien asumió el cargo tras el asesinato de Anwar el-Sadat en 1981. El caso egipcio era muy similar al tunecino. Después de haber traicionado la causa panarabista al normalizar lazos con el proyecto colonial sionista durante los acuerdos de Campo David, el gobierno cairota se convirtió en el segundo país con mayor apoyo militar por parte de EE. UU. Sin embargo, Mubarak buscaba reforzar lazos con Moscú y normalizar totalmente su relación Trípoli. Tan pronto Mubarak dejó el cargo, el Pentágono (con el apoyo de Israel y Catar) ya tenía listo un reemplazo, Mohamed Morsi, miembro de la Hermandad Musulmana egipcia (el grupo que supuestamente estuvo detrás del magnicidio de Sadat en el 81). Morsi duró poco más de un año en el cargo, siendo encarcelado y reemplazado nuevamente por un militar, Abdelfatah El- Sisi, cuyo gobierno perdura en función de su sometimiento al imperio y al sionismo.

Al oeste de Egipto, Libia se perfilaba como inexpugnable. Desde su ascenso al poder en 1969 Muamar Gadafi había sido uno de los huesos más duros de roer por un imperialismo que temía que la Yamahiriya se extendiera a otros rincones del continente africano y que pudiera fraguar un frente común frente al imperio, tanto militar como económico, ya que incluso amenazaba con el abandono del dólar a nivel regional. Pese a los intentos por orquestar protestas masivas, estas se toparon con una gran mayoría fiel a la causa panafricanista, con un líder en extremo popular. Por ende, en occidente se dio la orden de pasar a la siguiente fase, la agresión paramilitar. Desde las fronteras meridionales y occidentales del país, miles de mercenarios atravesaron el Fezán en dirección a las grandes urbes costeras de la Tripolitania y la Cirenaica, como Trípoli, Misurata y Bengasi. Pese a la invasión del paramilitarismo multinacional, el gobierno de Gadafi se mantuvo durante meses, dando así inicio al «tercer acto», la agresión militar convencional, encabezada por EE. UU. y sus imperios coloniales domesticados, Gran Bretaña y Francia, azotes históricos de África, quienes destruyeron en pocos días la infraestructura de un país que años antes se había convertido en uno de los más desarrollados del continente. Gadafi fue torturado y asesinado el 20 de octubre de 2011 en Sirte, muy cerca de su lugar de nacimiento. Antes de su asesinato auguró que, si Libia caía, el país se sumergiría en un estado fallido y en un caos generalizado que podría extenderse al norte del Mediterráneo. Dicho y hecho, la Libia postgadafi es un territorio disputado por señores de la guerra en un conflicto alentado por potencias regionales, con mercados de esclavos y con una esperanza de vida en picada. Otra historia de éxito de la democracia washingtoniana.

En marzo de 2011, la primavera yankee llegó al Máshrek. La destrucción de la República Árabe Siria es uno de los casos prototípicos y funciona perfectamente para explicar la manera en que Occidente ha estructurado agresiones híbridas para destruir naciones soberanas. Los cimientos de la injerencia tenían décadas de haberse establecido en los medios, academias y gobiernos occidentales, desde que el panarabismo se afianzó en suelo damasceno e inició su resistencia contra el invasor sionista que desde 1967 ha ocupado el Golán. La primera fase consistió en desarrollar «protestas» y disturbios callejeros, que no eran más que el «debut público» de aquellos terroristas que semanas después desenvainarían sables y dispararían M-16. Para darle veracidad a dichos acontecimientos, los medios contaban con «paneles de expertos» en sus crónicas, vulgares traidores exiliados o miembros de los grupos terroristas avecindados y cobijados por Europa y EE. UU. Junto con ellos se encontraban los académicos de raigambre orientalista y esnobista más repulsiva.

Lo ocurrido en Siria fue otro eslabón en el proceso de injerencias prefabricadas, pero que, a diferencia de otros casos, se prolongó por más de una década. En la injerencia estuvieron involucradas gran parte de las marionetas regionales del imperio, comenzando con los petroreyezuelos del Golfo: cataríes, emiratíes y saudíes, además de turcos, sionistas y estadounidenses. Sus metas eran diversas, desde lo energético a lo sectario, siendo la principal fracturar el naciente Eje de la Resistencia. Como había ocurrido en Egipto, cuando la «primavera siria» no prosperó, se pasó al siguiente nivel: la agresión paramilitar, a través de grupos como Al-Qaeda (Al-Nusra) o Daesh, el primero patrocinado por Doha y Ankara y el segundo por Riad y Abu Dabi. La invasión multinacional paramilitar de Siria fue catalogada rápidamente por Occidente como una «guerra civil», un conflicto en el que obviamente el Ejército Árabe Sirio fue retratado como una fuerza maléfica enemiga de su propio pueblo. Curiosamente, era el mismo gobierno árabe sirio el encargado de velar por la tolerancia interconfesional, étnica y lingüística de todos los sirios: cristianos de todas las denominaciones, musulmanes suníes, chiíes (incluyendo los alauitas), drusos, mandeos y yazidíes. El apoyo armado y logístico corrió a cargo del imperio, el expansionismo neo-otomano turco y el ente sionista. Ambos batallones terroristas poseían dos facetas, comenzando con la «benigna» , la del supuesto «islamismo moderado», santificada por los medios y gobiernos occidentales. Aquella fachada fue bautizada como Ejército Libre Sirio, que no era más que la máscara mediática del mismo terrorismo multinacional. Esta faceta fue promocionada hasta por Hollywood celebrando la existencia de aquella aberración apantallaidiotas conocida como Cascos Blancos.

Un rol parecido fue el desarrollado por grupos paramilitares kurdos, también beatificados por occidente, pero cuya misión, a diferencia de los anteriores, no era apoderarse de la capital, sino lograr la secesión del noreste sirio y la incorporación al proyecto de balcanización kurdo en suelo iraquí. Nuevamente, el patrocinio corría por cuenta de Washington y Tel Aviv. La labor de los medios prosiguió con su satanización del gobierno de Bashar al-Ásad. Con absoluto cinismo le otorgaban «veracidad» a los ataques de bandera falsa, o peor aún, participaban directamente en montajes, como aquel monumental ridículo de la BBC londinense al ser descubiertos in fraganti en plena puesta en escena de un supuesto ataque químico. Los grupos terroristas siempre eran escoltados a la distancia por tropas estadounidenses y turcas y cuando era imperativo, los drones y jets de combate occidentales les salvaban el pellejo, del mismo modo que los sionistas, quienes en sus hospitales médicos móviles en el Golán Sirio ocupado atendían a los decapitadores de los grupos ya mencionados.

Pese a la intervención directa de Rusia en 2015 y al constante apoyo por parte de Teherán y el Hezbolá libanés, la República Árabe Siria cayó en diciembre de 2024. La agresión contra Rusia en sus fronteras occidentales, el agotamiento del ejército sirio y la traición de altos mandos del ejército provocó la caída del último gobierno panarabista secular y un bastión del Eje de la Resistencia. Hoy en Damasco ondean las banderas de Al Qaeda y Daesh con un presidente que hace unos meses ordenaba la decapitación y niños y ancianos, de cristianos y chiíes por igual. El agente sionista y estadounidense Ahmed Hussein al-Sharaa alias Abdullah Bin Muhammad, alias Abu Mohammad al-Julani, entre otros, ha prometido que normalizará los lazos con el ente colonial sionista y genocida israelí y que incluso está dispuesto a entregar el Golán sirio, lo cual, de ocurrir, desencadenaría la balcanización confesional y étnico- lingüística del territorio sirio añorada desde hace décadas por Washington y Tel Aviv.

Al sur de la península arábiga, otra injerencia comenzó a tomar forma en 2011. Las escenas transmitidas desde Cairo envalentonaron a la población yemení para mostrar su repudio al gobierno de Alí Abdalá Salé quien desde 1978 había controlado Yemen, primero desde Yemen del Norte y posteriormente en la nación unificada. Aunque Salé se aferró al poder, en enero de 2012 salió del país, solo para retornar meses después para enfrentarse al flamante nuevo líder Mansur al-Hadi, su exvicepresidente, quien se había convertido en marioneta de Riad y Abu Dabi. Mientras tanto, la milicia zaidí chií (junto con otros grupos tanto chiíes como suníes) heredera de Hussein Badreddin al-Houthi se enfrentaba a las tropas fieles a Hadi lo que los llevó a fraguar alianzas efímeras con Salé y sus seguidores. En 2015, Hadi huyó a tierras wahabíes, dando inicio a la agresión multinacional contra Yemen, encabezada por las petromonarquías del Golfo, EE. UU., Gran Bretaña y su engendro sionista. Al mismo tiempo, los mercenarios de Daesh en la nómina de los petromonarcas fueron desplegados. Al igual que en Palestina, la agresión contra Yemen ha sido campo de pruebas del nuevo modelo de guerra dronizada de EE. UU., siendo la administración Obama el artífice de aquella faceta que inauguró una nueva carrera armamentista. A finales de 2017, traicionando su alianza con los hutíes, Salé quiso pactar con los saudíes. Tras un enfrentamiento con los hutíes, fue ejecutado. Conforme la asimétrica agresión contra Yemen proseguía, la tecnología misilística de la resistencia fue aumentando, generando respuestas directas contra saudíes principalmente la infraestructura petrolera (Aramco) y militar. Una década de agresiones multinacionales contra el pueblo yemení han costado la vida de 400,000 civiles, sin embargo, Yemen continua imbatible, apoyando incluso a la causa palestina, no con declaraciones hipócritas y demagógicas sino con hechos, asestando en el último año duros golpes a la estructura militar colonial sionista.

En Europa, la década pasada estuvo marcada por la continuidad de la guerra multidimensional washingtoniana. Lo ocurrido en Ucrania desde finales de 2013, es una calca de la agresión contra Siria, siendo la diferencia más notoria, que en lugar de huestes takfiríes y salafíes, aquí los protagonistas primigenios fueron mercenarios neonazis, tanto ucranianos como de todo occidente, aunque también participaron yihadistas caucásicos y centroasiáticos rusófobos, muchos de ellos veteranos de los intentos de balcanización del suroeste ruso a comienzos del presente siglo. De hecho, en 2004 Occidente ya había realizado un proceso parecido. Durante las elecciones presidenciales ucranianas, la OTAN, la Unión Europea y EE. UU. se volcaron en evitar que Víctor Yanukóvich llegara a la presidencia, asegurando que detrás de él se encontraba el Kremlin y que incluso las elecciones habían sido amañadas a su favor. Mediante los mecanismos usuales, Washington y Bruselas movilizaron a las masas a las calles que acabaron colocando al candidato perdedor, Víctor Yúschenko. Tras una desastrosa administración caracterizada por la privatización de sectores estratégicos, empobrecimiento de la población y una imposición de los intereses atlantistas, Yanukóvich, pese a la demonización, se convirtió en presidente en 2010. A finales de 2013 EE. UU. orquestó una nueva injerencia, esta vez mucho más agresiva y semejante a lo ocurrido en Siria. El resultado del Euromaidán fue el establecimiento de un régimen golpista elegido por Washington (el de Petró Poroshenko) y la consolidación del paramilitarismo neonazi y rusófobo que orquestó un proceso genocida contra la población rusoparlante al oriente y al suroeste como también en la península de Crimea, sin mencionar la violencia contra grupo antifascistas y las comunidades de habla magiar, rumana y romaníes en territorio ucraniano.

América Latina y el Caribe también han vivido una nueva fase de injerencia que incluso puede considerarse un segundo Plan Cóndor, procesos que por su cercanía tanto temporal como geográfica nos resultan mediana o ampliamente conocidos. En la primera década del presente siglo, ante el hartazgo popular tras dos siglos de violencia, miseria, desigualdad y humillación fomentada por el imperio angloparlante, distintos movimientos de resistencia se fueron gestando en el continente, algunos en las calles o en el campo entre los sectores más empobrecidos, vejados y perseguidos, pero también desde contextos políticos, académicos e incluso dentro de ejércitos nacionales. Las agresiones contra la República Bolivariana de Venezuela de los últimos 26 años sintetizan a la perfección el modelo de agresión híbrida estadounidense que el mundo y en especial el sur global han enfrentado. La ofensiva imperialista, esta vez de carácter híbrido, inició en Venezuela en 2002, con el golpe contra el presidente Hugo Chávez Frías, el cual, gracias a la pronta y masiva protesta del pueblo bolivariano, logró revertirse. Desde ese momento, EE. UU. no se ha detenido en su agresión contra la República Bolivariana, la cual se ha realizado desde diversos frentes en un proyecto multidimensional de desgaste. En 2014, tomando el ejemplo de Ucrania y Egipto (como lo expresaron públicamente), los grupos de choque se enfocaron en generar actos de sabotaje, destrozos e incluso linchamientos en las urbes venezolanas, siguiendo al pie de la letra los manuales de terrorismo publicados por la CIA décadas atrás. Las llamadas guarimbas se repitieron en 2017 y 2024, aunque su impacto fue menor. Esta estrategia ha ido acompañada de una guerra mediática sin precedentes desde el exterior, a través de los medios tradicionales corporativos anglo e hispanoparlantes encabezados por los opositores fascistas exiliados en el epicentro imperial o entre las élites de regímenes afines. Sin embargo, el arma predominante contra Venezuela durante el gobierno de Nicolás Maduro Moros ha sido la económica, mediante un bloqueo y estrangulamiento financiero y comercial que ha buscado generar una crisis social interna que derive en carestía, crisis sanitaria y, de ser necesario, hambruna para provocar un levantamiento social que responsabilice al gobierno. Este mecanismo de carácter genocida es tolerado y promovido por las instituciones creadas o subordinadas a EE. UU., comenzando con su «ministerio para las colonias» conocido como la Organización de Estados Americanos, organismo washingtoniano creado en 1948 con el fin de legitimar las cruzadas imperialistas contra Nuestramérica.

En 2004, el presidente haitiano Jean-Bertrand Aristide vivió un golpe militar/paramilitar orquestado por Washington y París, que incluso culminó con su secuestro por parte del ejército estadounidense. Veinte años atrás, en 1994, durante su primer mandato, Arístide también fue derrocado por otro golpe planeado por la Casa Blanca. Las causas del segundo fueron su acercamiento a Venezuela y sus intentos de unidad antillana, su condena a las atrocidades estadounidenses durante sus invasiones y el plan que estaba punto de presentar públicamente para exigir reparaciones al gobierno francés por cuatro siglos de atrocidades contra el país isleño. En Centroamérica, el gobierno hondureño de Manuel Zelaya sufrió un golpe judicial/militar ordenado por la administración Obama, ante el inminente referéndum que buscaba organizar un proceso constitucionalista. En 2010 un golpe policial intentó derrocar al presidente ecuatoriano Rafael Correa, al igual que en Venezuela, la intervención del pueblo ecuatoriano contrarrestó el golpe, salvando la vida del presidente. En 2012, un golpe legislativo terminó con el gobierno del paraguayo Fernando Lugo, alentado por la embajada estadounidense en Asunción y llevado a cabo por la élite del fascista y reaccionario Partido Colorado. El lawfare golpista también fue utilizado en Brasil en 2016 contra el gobierno de Dilma Rousseff —quien durante el primer Plan Cóndor había sido detenida y torturada— quien fue destituida. Meses después, en 2017, a pesar de que su primer mandato había terminado en 2010, una ofensiva judicial y legislativa que montó un caso repleto de mentiras y manipulaciones, condenó al expresidente Luiz Inácio Lula da Silva a prisión. En 2021, la sentencia fue anulada, demostrándose que todo había sido orquestado por la milicia y la plutocracia brasileira, los mismos que habían colocado al fascista y fanático Jair Bolsonaro en la presidencia en 2019. El 1 de enero de 2023, Lula da Silva retornó a la presidencia. En noviembre de 2019, Evo Morales sufrió un golpe militar/paramilitar que instauró un régimen supremacista de la peor ralea, apoyada y armada por el gobierno argentino de Mauricio Macri y, por supuesto, por Washington y su ministerio colonial, la OEA. Tras estos hechos, la represión del golpismo encabezado por Jeanine Áñez cobró la vida de decenas de bolivianos.

La contraofensiva imperialista con la Doctrina Monroe en esteroides también ha apostado por las élites nacionales filogringas latinoamericanas para realizar el trabajo más sucio dentro de sus «colonias», siguiendo ejemplos históricos como los regímenes dictatoriales totalitarios fascistas de los sesenta y setenta o tan cercanos como el narcoparamilitarismo uribista colombiano. La delirante narrativa recurre a los elementos comunes de su discurso anticomunista del siglo pasado, asegurando que «salvarán a sus naciones de los peligros del comunismo», agregando nuevas variaciones, clichés y estereotipos: la amenaza populista, el peligro progresista, etc. Gracias a las campañas de pánico y desinformación estructuradas por los conglomerados mediáticos de la mano de fraudes institucionales personajes tan nefastos como Jair Bolsonaro lograron entronizarse, un militar abiertamente golpista y anticomunista, homofóbico, misógino y antifeminista, supremacista cristiano, islamófobo, sionista… vaya, un popurrí que amalgama el historial de la ultraderecha más nociva y abyecta, un fascista orgulloso de serlo cobijado por Washington.

El actual caso salvadoreño es igualmente escabroso, una nación convertida en un enclave carcelario estadounidense con un régimen encabezado por un junior fanático como Nayib Bukele, que además de traicionar sus orígenes político —ideológicos (dentro del FMLN) e incluso familiares (al ser de ascendencia palestina) ha establecido un régimen persecutorio dictatorial acallando toda crítica y aplastando los derechos del pueblo salvadoreño. En Ecuador, tan pronto Rafael Correa dejó el cargo en 2017, inició un proceso funesto que ha convertido a aquella nación en un régimen oligárquico con una sucesión de caniches del imperio, comenzando con Lenín Moreno, quien traicionó el legado correísta y de unidad latinoamericana y quien llegó incluso a abrirle la puerta de la embajada ecuatoriana en suelo londinense a las fuerzas británicas que acabaron secuestrando a Julian Assange. La tragedia ecuatoriana prosiguió con Guillermo Lasso, banquero y prócer neoliberal, evasor fiscal y lavador de capitales, quien a comienzos de este siglo provocó la mayor crisis social y económica en el Ecuador cuando la banca robó los ahorros del pueblo ecuatoriano. Y así llegamos al período de Daniel Noboa, ciudadano estadounidense criado en Miami, hogar de la plutocracia latinoamericana en el exilio, miembro de una estirpe de oligarcas narcobananeros (literalmente) quien fue colocado en el poder en 2023 y quien ha sumergido al Ecuador en una crisis sin parangón, donde impera la miseria, violencia y corrupción. Fue precisamente con Noboa que se visibilizó el grado de impunidad y cinismo que el imperio está dispuesto a tolerar por parte de sus cipayos, caciques y gorilatos en nuestra América, demostrado con el asalto a la embajada mexicana en Quito la noche del 5 de abril de 2024, cuando fuerzas militares y policiales del régimen irrumpieron en —territorio mexicano— para capturar al exvicepresidente Jorge Glas, pisoteando la Convención de Viena y todos los referentes en torno al asilo diplomático. La última pieza en el plan geoestratégico hemisférico estadounidense en América Latina ocurrió en Argentina, que desde diciembre de 2023 es controlada por una junta fanático anarcocapitalista encabezada por el antisocialista, antiperonista y aporofóbico Javier Milei, abiertamente prosionista, filoyankee y probritánico.

Quinta Fase/Terminal — El proceso de contracción imperialista y el lento colapso de la hegemonía estadounidense y occidental

Durante la administración Obama, Washington intentó ganarse las mentes y corazones del gobierno chino, todo con el objetivo de alejar a Pekín de Moscú y su poderío energético. Posteriormente, durante el primer mandato de Trump intentaron hacer lo mismo a distanciar a la Federación Rusa de la órbita china, epicentro global, tecnológico y económico. No lo lograron. En este momento, el imperialismo estadounidense se encuentra en una encrucijada. Su otrora casi omnipotencia ha perdido efectos en un contexto global que ha presenciado el resurgir de antiguas potencias y el ascenso de nuevas y peor aún, estas han forjado alianzas y acuerdos de toda índole. Los últimos cinco siglos de dominio europeo/occidental/euro descendiente están llegando a su fin, siendo el imperialismo yankee su último eslabón. Ante este escenario Washington tuvo la opción de decidir si renunciaba a su salvaje excepcionalismo y coexistía pacíficamente con el mundo como cualquier nación con un gobierno racional lo haría o bien optaba por lidiar un escenario en extremo adverso, que implicaba confrontar a un bloque como el sino ruso que además ha forjado mancuernas con potencias regionales y prácticamente con todo el sur global. La decisión de EE. UU. es más que evidente, como era de esperarse, optaron por la violencia. Las lecciones aprendidas en las centurias previas les han mostrado a pekineses, moscovitas, teheraníes, africanos, latinoamericanos y a la totalidad de la humanidad que no se debe confiar en un imperio, mucho menos en una fase terminal en la que como nunca antes están dispuestos a cometer múltiples crímenes con total impunidad con tal de perpetuar su hegemonía, cual carcamal con demencia senil. En los últimos años, los estadounidenses se arrancaron su máscara de hipócrita santurronería como emisarios de la libertad, democracia y demás abstracciones, mostrándole al mundo su verdadero rostro, lo que antes cometían en las sombras o con cierto pudor hoy lo hacen abiertamente. La Casa Blanca ya no tiene problemas en aceptar que patrocinan a nazis en Ucrania o Al Qaeda y Daesh en Siria. Celebran sin ningún reparo el surgimiento de regímenes fascistas como el brasileño bolsonarista o el carcelario salvadoreño, mientras en su propio territorio, ante el terror que les produce el ya visible cambio demográfico, realizan cacerías humanas de mexicanos y centroamericanos. Lo que estamos presenciando es la síntesis de toda la historia estadounidense encapsulada en dos décadas. Lamentablemente el paulatino declive del imperio no se traduce en una paz duradera para el mundo. El colapso, aunque se ha acelerado en los últimos años, continuará siendo tortuoso para todos, en específico los pueblos alejados o antagónicos al epicentro decrépito.

El ente colonial sionista y genocida israelí ha sido desde su concepción un proyecto de control geoestratégico occidental, primero británico y desde 1948 estadounidense (sin mencionar el efímero mecenazgo francés). Esencialmente, ha fungido como una prefectura colonial, su estado 51 ultramarino, y, por supuesto, como un laboratorio bélico, cuya víctima primigenia y principal ha sido el pueblo palestino. La Nakba de 1948 cuando más 800,000 palestinos fueron expulsados y más de 500 aldeas y ciudades arrasadas u ocupadas, con masacres como Deir Yassin o Tantura y la Naksa de 1967 que provocó la expulsión de otros 300,000 palidecen en comparación con los planes tanto sionistas como de su patrocinador angloparlante para limpiar étnicamente un territorio y campo de concentración/exterminio como lo es el territorio gazatí donde habitan más de dos millones de personas carentes de cualquier servicio básico. En los últimos 19 meses hemos visto con lujo de detalles en tiempo real como cerca de 200,000 palestinos han sido asesinados de las maneras más crueles y despiadas, de como una potencia militar con armas nucleares, químicas y biológicas con un presupuesto billonario y con el apoyo económico, político—institucional, tecnológico y militar de todo occidente se ha enfrentado a un pueblo que ni siquiera cuenta con un ejército. El catálogo del necropoderío sionista para aniquilar al pueblo palestino es terroríficamente vasto: bombardeos (hoy incluso «inteligentes»), hambruna, golpizas y violaciones, secuestro y ejecuciones, etc. Mientras el mundo entero se manifiesta en las calles de los cinco continentes mostrando su apoyo a Palestina y condenando la inmundicia genocida sionista, los gobiernos occidentales y sus conglomerados mediáticos prosiguen cínicamente negando, minimizando y exculpando las atrocidades de un sicariato israelí cuya narrativa, la hasbara, se ha derrumbado. Cuando visibilizamos la historia del sionismo, de la invasión judeoeuropea de Palestina y la creación del ente, también estaremos revelando la del imperialismo occidental, porque el sionismo fue engendrado por europeos para satisfacer su sed de materias primas y de control territorial, buscando evitar la emancipación de los pueblos araboparlantes en el oeste asiático y el norte de África. Las recientes acciones del sionismo con un salvajismo genocida desenfrenado son un reflejo de lo que EE. UU. y sus vasallos están dispuestos a cometer en contra de múltiples culturas, naciones y pueblos de todo el mundo, pueblos considerados animales humanos, bestias de la jungla fuera del jardín europeo. Hablar del sionismo es hablar del imperio y diagnosticar la barbarie sionista es presagiar la occidental.

Malí, Burkina Faso y Níger, las naciones del Sahel han forjado relaciones defensivas y de cooperación económica, logrando expulsar definitivamente al imperio colonial francés, del mismo modo que en Melanesia, el pueblo kanaky busca la liberación de su tierra (llamada Nueva Caledonia por los europeos) aun bajo control de París. En Ho Chi Minh, capital vietnamita, el gobierno optó por acercarse a los BRICS, rechazando las ofertas de su victimario estadounidense. Caracas ha fortalecido su relación con Teherán, algo impensable hace unas décadas. México, bajo la sombra injerencista estadounidense desde hace 178 años, ha asistido como observador a la cumbre BRICS en Río de Janeiro. Mientras tanto, EE. UU. amenaza al Reino de Dinamarca, insistiendo que desean adquirir Groenlandia y a Canadá con absorber Alberta. Washington incluso ha llegado a amedrentar a Panamá, nación que ayudaron a crear, para no «favorecer» el comercio chino. Washington permite el rearme de Japón ante la futura agresión contra China y recomienda crear un ejército europeo para atacar a una Rusia desde el Báltico que claman por «descolonizar». Para los estadounidenses y sus progenitores europeos, el mundo civilizado o libre que se reduce a Europa Occidental, los estados coloniales angloparlantes EE. UU., Canadá, Nueva Zelanda y Australia (los célebres Cinco Ojos) y «miembros honorarios» como Japón y últimamente Corea, (la del sur por supuesto, no la «maligna» y norteña Juche), está en riesgo, por lo que la comunidad internacional tomará medidas. En pocas palabras, están preparados para incendiar al mundo con tal de prolongar su hegemonía. Pero afortunadamente la historia no llegó a su fin, todo lo contrario, está cambiando aceleradamente cada día y son los pueblos del Sur Global, ya sea en Asia, África, Oceanía y Nuestramérica, los que marcan esas profundas transformaciones. Lo que ha concluido es el dominio eurocéntrico—occidental e imperialista estadounidense de un mundo en pie de lucha.


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