“Dos días, una noche”, no todos los obreros pueden luchar.

Salvar Al Garito IOSIF

Por Antonio Mautor

La lucha obrera. La frase ya lo dice, si eres de los que dobla el lomo para trabajar, posiblemente deberás, en algún momento de tu vida laboral,  reivindicar derechos que se te están cercenando, quitando, en definitiva, negando. Porque este juego va de eso, el patrón, con honrosas excepciones, busca siempre amortizar su inversión, su empresa va por delante. Ese mantra inamovible del liberalismo capitalista hace que seas tú el que tenga que moverse para que no te aplasten.

La reivindicación de derechos laborales siempre ha tirado del grupo, de la masa. Romper techos de cristal, que alejan al obrero de sus derechos, es una tarea ardua y complicada. Sin el grupo, sin la unión, se torna una misión imposible, casi suicida, conseguir que se te reconozca algo, o, lo que es más difícil aún, conquistar un nuevo derecho inexistente pero necesario.

Dicho todo esto, la regla de tres no es tan sencilla, y menos en los tiempos que corren. Sería lógico pensar que todos los trabajadores tienen adquirida, per se, una conciencia social y de clase, para arremeter contra los obstáculos que la patronal ejerza sobre ellos, y así orillar el camino para conseguir sus reclamaciones; pero no todo el mundo puede permitírselo. ¿Se le puede exigir, en los tiempos que corren, la lucha obrera a un/a trabajador/a? Difícil pregunta.

El capitalismo feroz en el que nos encontramos ha encontrado la fórmula magistral para debilitar la lucha obrera: el miedo. Un miedo cerval a perder el trabajo, quedarte en la calle, no poder dar de comer a tus hijos, quedarte en paro, tener una jubilación de mierda; y, además, siempre habrá alguno que querrá tu puesto en las mismas condiciones en las que tú estás, y de las que te quejas tanto. A todo esto hay que sumar la tierra prometida. Ese lugar que el capitalismo muestra al obrero, comiéndole el coco y metiéndole a fuego y sangre, que quién sabe, a lo mejor, dejándose el hígado en su trabajo, con un golpe de suerte, podrá hacer dinero, progresar y salir de ese pozo infecto en el que malvive.

¿Por qué un obrero vota a la derecha y no a la izquierda? Arriba lo hemos explicado, la derecha ha conseguido hacer calar un discurso perverso en muchos obreros. “Nosotros te decimos la verdad, no te engañamos, no te prometemos castillos en el aire como la izquierda, esto es lo que hay…” La derecha no te exige hacer un plus, realizar un esfuerzo mayor para poder “vivir”. Lo tomas o lo dejas, sin más pretensiones. Quién sabe, a lo mejor eres el próximo Amancio Ortega… La izquierda, en cambio, es molesta, te invita a quejarte, a rebelarte, a tener conciencia de clase, a no dejar que pisoteen tu dignidad. En el demérito de la izquierda, el haberse alejado de estar al pie de calle, de arropar a los suyos, estar vociferando por Twitter en vez de hacerlo al lado del que lo pasa mal, de manera presencial. En esta sociedad se ha perdido la conciencia social y de clase, en favor de un sentimiento de “sálvese quien pueda”, muy humano por otra parte.

Hay un film belga llamado “Dos días, una noche” (2014) protagonizado por la gran Marion Cotillard, y dirigido por los hermanos Dardenne, que explica de manera meridiana, los tiempos que estamos viviendo a nivel laboral, e ilustra  a la perfección lo comentado anteriormente en este artículo.
Sin ánimo de destripar la historia, Sandra (Marion Cotillard) es despertada en mitad de una siesta por una compañera para comunicarle que está despedida por un reajuste de la empresa. La premisa es sencilla, sus compañeros tienen que elegir entre ganar una prima o no, con una pequeña salvedad: si eligen prima, para compensar presupuestos, eliminan el puesto de trabajo de Sandra. Solo 2 de los 16 compañeros de Sandra están a favor de que siga… A la protagonista, ante tan dantesco panorama, solo le queda intentar convencer al resto de trabajadores de lo injusto de la situación. Para ello cuenta con unos días…

Terrible, ¿verdad? No os tengo que decir lo que viene después, excusas por un lado, necesidades reales y duras por otro …, son algunos de los motivos por los sus compañeros miran hacia otro lado.

El film refleja claramente cómo el ser obrero no implica que quieras o puedas luchar por un derecho colectivo. La clase trabajadora se encuentra sojuzgada por un sistema que te da poco margen de actuación, y que además se ha encargado con el paso de los años de hacerte olvidar que para poder trabajar con dignidad, antes tienes que combatir en guerras, con un resultado incierto. En estos tiempos que corren, trabajos precarios, sueldos de mierda, sinceramente es difícil exigir ese compromiso y lucha.

¿Qué podemos hacer? No soy un demiurgo con recetas mágicas. Pero creo que habría que intentar parar, desacelerar el ritmo diabólico del sistema capitalista, y volver a empezar a creer en la dignidad del trabajador. Algo que debería se esencial en la sociedad, tendría que enseñarse y  aprender en la escuela. Los más pequeños deben saber que tienen derechos, que su trabajo tiene que desarrollarse con parámetros adecuados entre lo que trabajan y lo que cobran. Que no tienen que aguantar trabajos que degraden su persona. Solo así podremos de nuevo encender la llama de colectividad, de la fuerza del grupo para no transigir, no tragar con la humillación que supone tener que elegir  entre dinero o tu compañero. —


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