Divulgadores, ciencia y política: cómo pensamos la economía

«Es llamativo que la mayor parte de la población considere más político el conflicto entre una patronal y el Gobierno que la decisión de construir o no una central nuclear».

Arturo Guilarte

Este jueves 16 de septiembre hemos vuelto a alcanzar precios récord en el mercado energético europeo, con unos impresionantes 188,88 €/kWh en el precio medio en el caso español. Como todos los días desde el comienzo en esta inflación incontrolada, hace ya demasiadas semanas, podemos encontrar tanto en redes como en prensa a diversos opinadores que ofrecen diversas explicaciones para diversos mercados de información: hemos podido ver a varios miembros del Gobierno eufóricos por las políticas que nos devolverían a una normalidad que en primer lugar tampoco era tan buena, a varios medios de comunicación ocultar información para negar esa euforia y a la derecha atacar a algún grupo de riesgo como deporte: esencialmente, no se ha visto nada diferente a lo que hemos vivido durante los dos últimos años.

Sin embargo, gracias a esta subida de precios sí hemos podido ver un fenómeno que se da de forma más puntual -como lluvia de estrellas fugaces- una vez cada ciertos meses: la puesta en evidencia de una estrella que cae, envuelta en el fuego de las redes, dejando un rastro de comentarios burlones en Twitter. Ni pretendo censurar estos comportamientos (yo mismo he participado), ni quiero hacer leña del astro caído, así que no daré nombres (aunque sea una precaución inútil, por reconocible que es): un divulgador pronuclear que se ha dedicado durante las últimas semanas a repetir una y otra vez, continuamente y sin pausa, que la solución a esta crisis energética y a otras posibles en el futuro es una política económica que eleve la producción de energía nuclear en España, se ha negado a comentar el mayor conflicto del que han tomado parte estas centrales en los últimos años: la amenaza por parte del Foro Nuclear de cierre patronal en caso de que se limiten sus beneficios “caídos del cielo.”

Sorprende esa postura ambigua por parte de quien ha sido tan agresivo a la hora de defender sus posiciones pronucleares y atacar a contrincantes -no porque no sea costumbre habitual entre gran cantidad de divulgadores científicos, quienes piensan que manejan verdades innegables frente a los ignorantes y los de mala fe, sino por la inhibición arbitraria del que considera “un asunto entre las empresas y el Gobierno fuera del ámbito de mi divulgación científica.” A muchos nos ha recordado a las burlas, también en Twitter, contra esa cuenta de divulgación alimentaria centrada en el azúcar, la que se puso de perfil respecto a la decisión de Isabel Díaz Ayuso de someter a miles de menores en situación de vulnerabilidad a las dietas del Telepizza: posiciones blandas sobre temas de los que generalmente no tienen miedo a opinar en general, pero sí en este caso, probablemente debido a un cálculo del efecto que tendría tomar una posición explícita de cara a su audiencia.

De un tiempo a esta parte da la impresión de que la política se ha convertido en algo parecido a un culo: cada uno tiene el suyo y está mal visto enseñarlo en público, pero no hace menos llamativo que la mayor parte de la población considere más político el conflicto entre una patronal y el Gobierno que la decisión de construir o no una central nuclear, una cuestión que se presenta como de optimización económica, técnica e indebatible, pero cuyos efectos, tanto económicos en torno a creación y destrucción de empleos o efecto demográfico en la zona afectado, como los relacionados con las críticas que suelen presentar los detractores, son mayoritariamente de índole social, colectiva.

Lo deseable o no que sea la energía nuclear, sus efectos tanto positivos como negativos y el hecho de que las palabras del divulgador sean falsas, ya que los precios en la mayor parte de los países europeos se están manteniendo en el mismo nivel independientemente de la proporción nuclear en su producción son temas interesantes pero irrelevantes para la discusión que quiero mantener. Pero la escisión que se quiere marcar entre dos decisiones, ambas políticas, entre las que arrastran emociones partidistas porque el Gobierno está involucrado y las que se camuflan como un “problema logístico” me inquieta: revela algo sobre una afirmación que todos hemos escuchado: existe dos mundos: el descriptivo (el de la razón, objetivo, “material”, aséptico) y el normativo (de la opinión, subjetivo, “cultural”, sentido).

Uno es el terreno de la ciencia y la técnica, el otro el de las artes y la política. Los hechos y las emociones pertenecen a reinos diferentes (facts don’t care about your feelings, decía el polémico Ben Shapiro), lo que es y ocurre puede ser verificado independientemente por fact-checkers y debemos impedir absurdos como legislar las emociones. No negaré lo bienintencionado de quien defienda esto, pero nuestro divulgador nos revela con su intento de no mojarse el problema: ¿a cuál de los mundos pertenece la economía? El precio de la energía sería una cuestión técnica cuando tenga que ver con la construcción de centrales nucleares, pero ¿pasaría a ser política si nace por el conflicto entre un gobierno y una patronal? ¿Podemos dividir el precio de la electricidad en un precio técnico y un precio político? Creo que a todos nos parecería una división artificial porque entendemos que el mundo no funciona de esa manera: podemos tratar de establecer una división teórica en nuestras cabezas y puede ser a veces útil, a la hora de hacer ciertos estudios particulares, pero en el mundo real no existe tal dualidad, no son opuestos absolutos.

Solo si entendemos los problemas económicos como problemas de economía política, de economía que se da en un entorno particular, podemos entender la realidad. Que la fluctuación generada por las variaciones del precio de un recurso no explica un fenómeno común a países con diferentes proporciones de energía nuclear: si el aumento de precios se produce de manera simultánea en diferentes estados de la UE, entonces su entorno solo se puede entender estudiando las políticas de mercado único impulsadas por la UE, que incluían la necesaria desregulación y privatización, ya que era la única opción políticamente viable de formar una zona económica común, al no haber capacidad o deseo para proponer una empresa energética común europea. De este estudio puede nacer una reflexión que proponga soluciones reales y no quimeras de un lobbista, ya que la solución a este problema no es ”técnica”, imponer una política económica pronuclear, sino cuestionar las decisiones políticas de una Unión Económica que se han ignorado durante mucho tiempo al revestirlas, igualmente, de “técnicas”.

Esta escisión entre dos mundos es una herida profunda, una que ha permitido vender a la población que no deben pensar en su participación a la hora de controlar la economía, al ser técnica: es la base de las políticas de austeridad y recortes, de “propuestas de economistas expertos” situadas como incuestionables, y no cuestionadas por ningún partido en el Gobierno o en la oposición: en la lista actual del Consejo Asesor en Asuntos Económicos del Gobierno se encuentra Conde Ruiz, que sigue tratando de impulsar el contrato único y la mochila austriaca a pesar de que el partido que lo tomó de bandera está desaparecido; el máximo responsable económico de dicho cadáver, Luis Garicano, y el ministro Escrivá encargado de la reforma de las pensiones (anteriormente agente de la Troika en España) se han reunido para hablar sobre el Plan de Recuperación y, mientras tanto, el Ministro de Universidades pretende impulsar una reforma en la gobernanza universitaria que trata de limitar cualquier control democrático, especialmente el de los estudiantes, bajo la excusa de una gestión despolitizada, de hecho favoreciendo una mayor presencia de la empresa privada.

Esta herida tardará mucho en sanar, y es una herida abierta en muchos entornos además de los más afectados por la economía, pero creo que ese camino es el que debemos recorrer. Tenemos que superar esta aparente contradicción de técnica y política, razón y emoción. Es más interesante estudiar las relaciones entre estas que intentar ignorarlas; al final, una de las partes principales de la actividad científica es aprender a contemplar la realidad sin ocultarnos lo que no queremos ver, sino revelándolo. Yo al menos intentaré hacer lo propio en mi disciplina, la economía política.

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