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Cheney fue un burócrata implacable que justificó invasiones, prisiones secretas y técnicas de interrogatorio mediante torturas.
Por Fernando Ariza | 5/11/2025
Richard Bruce «Dick» Cheney, el vicepresidente más poderoso y siniestro en la historia de Estados Unidos, falleció la noche del 3 de noviembre a los 84 años por complicaciones de neumonía y enfermedades cardíacas y vasculares. Rodeado de su esposa Lynne y sus hijas Liz y Mary, Cheney se llevó a la tumba un legado de sangre, torturas y saqueos imperiales que marcó décadas de crímenes cometidos por Washington en nombre de la «democracia» y la «seguridad nacional».
Su familia lo describió como un «gran y buen hombre» que enseñó a sus descendientes «coraje, honor, amor, bondad y pesca con mosca». Pero para millones en Irak, Panamá, Afganistán y Guantánamo, Cheney fue el Darth Vader del imperio: un burócrata implacable que justificó invasiones, prisiones secretas y técnicas de interrogatorio mediante torturas.
De Halliburton al Pentágono: el negocio de la guerra
Cheney no era un político común; era un empresario de la muerte. Entre 1995 y 2000, como CEO de Halliburton –el coloso petrolero que devoraba contratos militares–, multiplicó su fortuna personal mientras preparaba el terreno para las guerras que beneficiaron a su exempresa. Halliburton ganó miles de millones en Irak con contratos sin licitación, reconstruyendo lo que las bombas estadounidenses destruían.
Antes, como Secretario de Defensa (1989-1993) bajo George H.W. Bush, Cheney «supervisó» dos operaciones que sentaron las bases del intervencionismo yanqui del siglo XXI:
Operación Causa Justa (1989): La invasión de Panamá que dejó barrios enteros en ruinas, miles de civiles muertos y al general Noriega –exaliado de la CIA– en una cárcel estadounidense. Todo por «combatir el narcotráfico», mientras Washington protegía sus intereses en el Canal.
Tormenta del Desierto (1991): La masacre en el Golfo Pérsico tras la invasión iraquí a Kuwait. Cien mil iraquíes murieron; sanciones posteriores mataron a medio millón de niños, según UNICEF. Cheney aprendió la lección: el petróleo vale más que vidas humanas.
Vicepresidente en la sombra: Irak, tortura y el 11-S
Bajo el mandato de George W. Bush (2001-2009), Cheney transformó la vicepresidencia en un superministerio de guerra. Tras los atentados del 11-S –que él explotó como pretexto–, empujó la invasión de Afganistán y, sobre todo, de Irak en 2003.
En la ONU mintió alertando sobre armas de destrucción masiva que nunca existieron, y sobre unos vínculos con Al Qaeda que eran un invento. El resultado: más de un millón de iraquíes muertos, 4.500 soldados estadounidenses sacrificados, un país destrozado y el nacimiento del ISIS en el caos dejado por la ocupación. Escritores iraquíes como Sinan Antoon lo resumieron hoy: «El legado de Cheney en Irak es caos y terrorismo. En un mundo justo estaría juzgado como criminal de guerra».
Cheney defendió la tortura con frialdad burocrática. Waterboarding, estrés posicional, privación sensorial: técnicas aprobadas en memorandos secretos que él impulsó. «Lo volvería a hacer», dijo en 2013. Prisiones como Guantánamo y Abu Ghraib se convirtieron en símbolos de la hipocresía estadounidense: «lucha contra el terrorismo» mientras violaban la Convención de Ginebra.
Un final sin justicia
En sus últimos años, Cheney se reinventó como crítico de Trump –apoyó a Kamala Harris en 2024–, pero nunca pidió perdón por Irak ni por las torturas. Murió rico, libre y elogiado por la élite washingtoniana. George W. Bush lo llamó «presencia calmada y constante»; la Casa Blanca bajó banderas a media asta.
Para el resto del mundo, su muerte cierra un capítulo sin epílogo de justicia. Los tribunales internacionales nunca lo tocaron; los medios corporativos lo blanquean como «controvertido pero patriota». Pero la historia recordará a Dick Cheney como el hombre que, desde las sombras, orquestó crímenes que aún sangran en Oriente Medio y América Latina.
La lucha contra el imperialismo estadounidense continúa.
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