Dibujando el infierno de los republicanos (reseña de “Josep”)

Por Angelo Nero

Josep Bartolí (Barcelona, 1910 – Nueva York, 1995) fue uno de esos personajes en los que se resume el drama de la derrota republicana, el éxodo del medio millón de refugiados escapando de las garras del fascismo, y que, como le pasó a él, no encontraron la libertad al otro lado de la frontera, sino otro infierno, el de los campos de concentración franceses, que las autoridades galas instalaron en Gurs, Argèles-sur-Mer, Saint Cyprien, Le Barcarès… muchos de ellos en playas rodeadas de alambras, sin agua potable, ni un lugar donde resguardarse, en condiciones higiénicas y sanitarias ínfimas, un auténtico infierno donde murieron más de dosmil hombres, mujeres y niños. Bartolí, que había sido comisario político del POUM, y fundador del Sindicato de Dibujantes, había luchado en el frente de Aragón –dicen que junto a Ramón Mercader- y, después de cruzar la frontera el 14 de febrero de 1939, pasó, a lo largo de dos años, por siete de estos campos de la muerte, donde retrató con toda su crudeza aquel paisaje apocalíptico, ocultando su cuaderno de dibujo en la arena, y llevándolo consigo en su fuga del campo de Bram, y todavía más allá, pues después de esta evasión fue capturado por la Gestapo y enviado al campo de exterminio de Dachau, a donde no llegó, por suerte, al saltar del tren en el que iba detenido con otros republicanos españoles, y judíos de toda Europa. “Josep” cuenta con  trazos que abren grietas en el corazón, la historia de Bartolí en uno de estos campos, el de Rivesaltes, en los que fue sometido a los rigores del clima, al hambre y al maltrato de los gendarmes franceses, junto a millares de compatriotas, unidos en la derrota.

Josep Bartolí sobrevivió al infierno para contarlo, a través de un documento gráfico único, el de sus dibujos, que recogió en un libro de referencia sobre los campos de concentración de republicanos, “un documento vivo, doloroso y brutal” como lo calificó su propio autor. Y del que su sobrino, el fotógrafo Georges Bartolí, continuador de su legado dijo: “Su serie de dibujos de los gendarmes que vigilan los campos tiene una fuerza increíble, a medio camino entre la caricatura, la fotografía y el arte”. Las fotografías de Georges acompañan a los dibujos de Josep, y los textos de Laurent García, en “La retirada: Exode et exil des républicains”, que fue el punto de partida para la película de animación del director francés Aurel, que ahora llega a nuestras pantallas. Un libro que, curiosamente, fue publicado en Francia en 2009 y no llegó a editarse en España hasta el año pasado.

En inicio de ejercicio de memoria nos lleva hasta Valentín, un adolescente parisino que se ve obligado a quedarse con su abuelo convaleciente, quien rememora, en sus momentos de lucidez, la historia de la amistad forjada en una de esas réplicas del infierno, entre un republicano español y un gendarme francés. Esa transmisión de la memoria que nos llega fragmentada, intercalando los dibujos originales de Bartolí y la animación expresionista de Aurel, con pinceladas dramáticas y grises, a los que le seguirán las viñetas coloristas de la etapa mexicana de Josep –a donde escapó con la ayuda de Tarradellas-, donde entró en el círculo de Diego Rivera y se hizo amante de su mujer, Frida Kahlo.

Con un atinadísimo guión de Jean-Louis Milegi, y una espectacular banda sonora de Silvia Pérez Cruz –desgarradora su canción “Todas las madres del mundo”-, que también da voz a Frida, descubrimos una de esas historias en las que, en medio de la derrota de la humanidad, surge la esperanza a través de individuos que deciden mirar de frente a la maldad y enfrentarla, y de otros que buscan una ventana por la que escapar del infierno a través del arte. Por cierto, otro de los grandes aciertos de la película es Sergi López, que da voz al personaje central de la historia, Josep.

Galardonada en los Premios de Cine Europeo y en los César franceses, como mejor film de animación, este relato incómodo para la memoria gala, que durante décadas ha llenado las pantallas con relatos heroicos de su Résistance –nutrida, por cierto, por muchos de esos combatientes españoles que habían humillado-, mientras ignoraban las atrocidades del régimen de Vichy, “Josep” es una excelente muestra de cómo se pueden airear los propios fantasmas a través del arte, reflejando a la vez la brutalidad y la ternura, la derrota y la esperanza, como en esos dibujos, instantáneas de la barbarie, del dibujante catalán.

Aurelién Froment, ilustrador habitual del periódico Le Monde, nos sumerge en una realidad no tan lejana, como un corresponsal de guerra, dibujando un episodio de nuestra historia que no parece diferir mucho de las estampas que podrimos ver ahora mismo en los campos de refugiados de los derrotados de nuestra historia contemporánea: kurdos, rohinyas, tigriños, hutíes… realidades incómodas que esperan ser contadas por dibujantes que no tengan miedo a trazar las líneas del mal, tantas veces ignorado.

Bartolí sobrevivió a varias estancias en eses escenarios dantescos, tuvo una nueva vida en México, y todavía otra más en Nueva York, donde se convirtió en uno de los artistas más cotizados de la época, trabajando en la prestigiosa revista Holiday Magazine (donde publicaban, entre otros, Truman Capote o John Steinbeck), realizando decorados para películas históricas en Hollywood (hasta entrar en las listas negras junto a Dalton Trumbo y Alvah Bessie, veterano de la Brigada Lincoln, por su militancia comunista), y formando el grupo artístico 10th Street, junto a pintores de vanguardia como Pollock, Rothko o De Kooning.

Su historia es un excelente retrato de una época de héroes anónimos, de verdugos miserables, de víctimas sin rostro, de colaboradores necesarios para que el mal triunfara, y de otros que hicieron lo que pudieron para derrotarlo. No deja de ser curioso que descubramos a Bartolí a través de Francia, en este país que sigue negando su historia, donde todavía no hay un reconocimiento oficial a los que defendieron la República, ni una condena explícita al régimen franquista, que sigue legitimado en la continuidad de una monarquía designada por el dictador. El sobrino de Bartolí, Georges, francés de nacimiento, en una entrevista realizada por Sebastián Faber,  contestaba así a la pregunta sobre si pediría la nacionalidad española: “No, porque antes de ser francés, catalán o español, soy republicano. Y la nacionalidad española no la pediré mientras España siga siendo una monarquía heredera del franquismo. Me niego a ser sujeto de un rey puesto por Franco.”

La sangre de Bartolí sigue, como su legado, a través de su sobrino, reivindicando los valores republicanos, y la memoria de ese infierno que dibujó en los campos de concentración franceses, y que ahora nos llega a las pantallas en forma de animación.

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