Desconectar también es resistencia: la importancia del activismo feminista

Desconectar no es un lujo ni un acto egoísta: es una forma de resistencia. Es decir ‘no’ al ritmo que el sistema impone y ‘sí’ a la posibilidad de seguir luchando con claridad, fuerza y esperanza.

Por Isabel Durán Báez | 4/11/2025

Ser feminista en este mundo no es tarea ligera. Implica mirar la realidad con ojos despiertos, denunciar lo que otras personas prefieren callar y sostener una conciencia que, muchas veces, duele. Es cargar con la rabia, la impotencia y la tristeza de ver cómo la violencia patriarcal sigue presente en cada rincón de la sociedad: en las instituciones, en los medios, en las calles, en los hogares y hasta en los discursos que se disfrazan de progresismo mientras perpetúan la cosificación de las mujeres.

Pero también implica no rendirse. Y para no rendirse, hay que descansar.

El cansancio como herramienta del sistema

El patriarcado alimenta y se alimenta del agotamiento. De las mujeres que no pueden más, que sienten que su voz no sirve, que viven la frustración permanente de ver cómo se repiten los mismos abusos una y otra vez. Cuando las feministas se agotan, el sistema respira tranquilo: la crítica se apaga, la acción se diluye, y el cambio se retrasa.

Por eso desconectar no es un lujo ni un acto egoísta: es una forma de resistencia. Es decir “no” al ritmo que el sistema impone y “sí” a la posibilidad de seguir luchando con claridad, fuerza y esperanza.

El autocuidado no es individualismo

El feminismo nos enseñó que lo personal es político. Y eso incluye el descanso. Cuidarse no es aislarse del mundo, sino preservar la energía para seguir transformándolo. El autocuidado feminista no tiene nada que ver con el narcisismo de los discursos neoliberales de bienestar, que promueven la desconexión como un producto. No se trata de comprarse velas aromáticas o hacer yoga para olvidar la realidad, sino de elegir conscientemente cuándo y cómo sostener la lucha sin perder la alegría ni la salud mental.

Desconectar puede ser apagar el móvil, dejar de leer las noticias por un día, salir a pasear, abrazar a nuestras amigas, compartir un café sin hablar de política, o simplemente dormir sin culpa.

Cuidarnos entre nosotras

El descanso también es colectivo. Crear redes de apoyo, sostenernos emocionalmente y reconocer cuándo una compañera necesita parar es esencial. No se puede estar al frente todo el tiempo. En el movimiento feminista, la fuerza está en la comunidad, no en el esfuerzo individual.

Aprender a parar también es un acto de apoyo entre compañeras: implica confiar en que otras continuarán la lucha mientras una respira, sabiendo que más adelante será una misma quien recoja el relevo.

Ser feminista es enfrentarse a un mundo que constantemente nos quiere pequeñas, cansadas y divididas. Desconectar es recordarle que seguimos aquí, enteras, fuertes y vivas.

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