Descansa en paz, algo más que una historia de zombies

Hvistendahl hace un viaje a las tinieblas del corazón, allí donde anidan las heridas que no tienen vocación de cicatrizar, y nos plantea uno de los dilemas más humanos, ¿qué no haríamos por estar un poco más de tiempo con nuestros seres más queridos?

Por Angelo Nero | 21/10/2024

El sueco John Ajvide Lindqvist publicó en 2004, una de las más bellas y terribles historias de vampiros, Låt den rätte komma in (Déjame entrar), su primera novela, que cuatro años más tarde se convertiría en un guión, también de su autoría, para la adaptación cinematográfica, que dirigiría Tomas Alfredson, y que se revelaría ese año como uno de los revulsivos del cine de terror, con la hipnótica interpretación de Lina Leandersson, como Eli, la niña vampira que llega a Blackeberg, un suburbio de Estocolmo, para cambiar la vida de Oskar, un niño que sufre el acoso de sus compañeros. La película entonces, me hechizó, tanto como para bucear en las fuentes originales, y sumergirme en la prosa inquietante de John Ajvide.

En 2005 publicó su segunda novela Hanteringen av odöda (Descansa en paz) 2005, publicada cinco años más tarde en España, e hice el camino inverso, primero me adentré en las páginas de otra desazonadora historia del novelista sueco, al que la crítica considera el sucesor de Stephen King. En medio de una excepcional ola de calor que azota Estocolmo, un extraño suceso se produce, con la resurreción de varios muertos en la morgue, que regresan a casa, con sus seres queridos, que intentan, de varias formas, gestionar la situación.

La noruega Thea Hvistendahl dirigió la adaptación -en cuyo guión también participó Ajvide Lindqvist- de este libro para el cine, en 2024, situando la acción en Oslo, y retorciendo como si fuera un alambre el sentimiento de pérdida, a través de tres historias, la de Mahler (Bjørn Sundquist) y su hija Anna (Renate Reinsve), una joven que trabaja en una empresa de catering, destrozados por la perdida del niño de esta; la de David (Anders Danielsen Lie), un humorista inseguro, padre de dos hijos, que pierde a su esposa Eva (Bahar Pers) el mismo día que comienza la acción, en un accidente de tráfico; y la de Elisabet (Olga Damani), una anciana que arrastra el duelo de su hermana Tora (Bente Børsum).

Pero la resurrección de sus seres queridos no los ha vuelto a la vida del todo, apenas emiten unos sonidos guturales, acusan la putrefacción y su mirada glauca está perdida son, en efecto, una suerte de zombies, aunque no se revelen tan agresivos como los que nos tienen acostumbrados las grandes producciones americanas. Pero, especialmente Mahler y Anna, que huyen de Oslo para escapar de las autoridades, para refugiarse en una cabaña, en una isla, y Elisabet, que se lleva a su casa a su hermana renacida, se empeñar en crear una normalidad imposible, que está condenada por la propia naturaleza de aquellos que han regresado de la muerte.

Hvistendahl hace un viaje a las tinieblas del corazón, allí donde anidan las heridas que no tienen vocación de cicatrizar, y nos plantea uno de los dilemas más humanos, ¿que no haríamos por estar un poco más de tiempo con nuestros seres más queridos? ¿y a costa de que lo haríamos?, y nos lleva por devastadores silencios, por atmósferas melancólicas en las que se respira el apocalipsis, con la ayuda de la inquietante banda sonora de Peter Raeburn. En la película de la directora noruega no hay explicaciones, no se recrea en dibujar hipótesis, no añade nada que no sea emociones, hasta los minutos finales, con los que cierra una de las historias más originales sobre el género que he visto en los últimos tiempos.

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