Desafios de la izquierda en la UE

Por Ana Barradas

Con la pandemia del Covid tomando su curso inevitable, el año terrible de 2020 terminó con Europa menguada y paralizada por el miedo al contagio, por las restricciones a las libertades individuales y por los constantes confinamientos sanitarios. Además de esto, y dada la anunciada profundización de la crisis económica iniciada en 2007, ensanchando aún más la brecha entre ricos y pobres, los trabajadores temen ser arrojados a una crisis mucho más grave de privaciones, hambre y miseria.

De hecho, se hace ya evidente para los ciudadanos en general la expansión del desempleo, la precariedad y la pobreza en todo el continente. Bombardeados en todo momento por la propaganda oficial, esta oportunamente secundada por los medios de comunicación, los ciudadanos han sido intimidados, neutralizados y amaestrados por las medidas de excepción cada vez más arbitrarias, y ahora están atónitos con los prometidos éxitos de la vacunación, también en materia de autoengrandecimiento de los poderes centrales de la Unión Europea y de sus respectivos gobiernitos nacionales. Estos surgen como salvadores de la salud pública, al mismo tiempo que, prometiendo resolver todo, anuncian la distribución de fondos comunitarios para enfrentar la profundización de la crisis económica.

Sin embargo, una gran parte de los desempleados corre el riesgo de agravar la pobreza y la exclusión, condición social cada vez menos silenciosa, como se puede comprobar en las largas colas de suministro de alimentos, incluso en los países más afortunados. Antes de la pandemia, se esperaba que la tasa de pobreza extrema cayera al 7,9%. Ahora debería llegar del 9,1% al 9,4%.

Al mismo tiempo, se acumulan nuevas fortunas, logradas a costa de la crisis y de las estafas financieras, juegos bursátiles, rebajas en el cobro salarial por cierres y despidos, incumplimientos de contratos laborales, todo esto ayudado por prestaciones de fondos gubernamentales, beneficios bancarios, indultos fiscales y regímenes fiscales excepcionales. Más de 800 mil millones de dólares fueron recaudados por los 500 más ricos del mundo como resultado del Covid, que los hizo un 30% más ricos.

A pesar de la intoxicación a la que está sometida la opinión pública, cabría esperar que al menos la izquierda no se dejara neutralizar por la situación y reaccionara como debería. Y, sin embargo, eso no es lo que sucede. Después para comenzar y comprender el fenómeno, tenemos que hacernos la pregunta: pero ¿qué es la izquierda después de todo?

Hay que decir claramente que en toda Europa dejó de existir una verdadera izquierda anti-sistema. Desde los años 80, se ha producido un giro a la derecha en todo el mundo, con los partidos revolucionarios y anticapitalistas adheridos a la socialdemocracia, y los partidos socialdemócratas y la aplastante mayoría de los “comunistas” ortodoxos, adheridos a los liberalismos, en particular en los países del Este, donde ese liberalismo económico se funde con el nuevo fascismo político. Esta deriva que la atrae a la socialdemocracia comenzó a acentuarse en las últimas dos décadas y hoy se acelera con el deslizamiento más o menos acentuado de las fuerzas organizadas en partidos de izquierda en la dirección de sumergirse totalmente en el pantano del juego institucional, parlamentario y electoral. Saliéndose fuera del campo proletario y semiproletario, esto es, de los intereses de los trabajadores productivos y semiproductivos, eses partidos conquistas para si las simpatías de las camadas inferiores de las clases intermedias pequeñoburguesas –personal de servicios públicos, pequeños empresarios, agricultores arruinados, profesorado, estudiantado, una parte del lumpen-proletariado y profesiones liberales-.

Esta aproximación de la izquierda institucional a las camadas intermedias se hace a costa de ocupar en primera línea de las causas que más tocan a esas camadas: critican los gobiernos anunciándose como más competentes que ellos y capaces de sustituirlos, pero en su propio terreno institucional y cediendo a sus chantajes; apelan al saneamientos político y al refuerzo de la democratización de las fuerzas del orden; reclaman contra la corrupción sin combatirla realmente; silencian la verdadera causa de los estados de emergencia en curso, acerca de los cuales sería más serio decir que son de facto impuestos a la ciudanía debido a la incapacidad del gobierno de combatir la epidemia, en razón de la persistente desinversión estatal en recursos financieros y humanos en los servicios de salud pública, en los transportes públicos y en la educación, desviados a los fondos más robustos para otros gastos como inyecciones en el sistema bancario y en las grandes compañías, y condonación de deudas a los grandes deudores); pronuncian inconsecuentes profesiones de fe contra la extrema derecha, sin dar un combate serio; se esfuerzan por indicar soluciones, dar consejos sobre cómo actuar, llegando a tomar partido por una parte de la burguesía contra la otra (las ventajas de la salud pública sobre la privada y viceversa, por ejemplo); callan por la falta de medidas que protejan a los trabajadores del empobrecimiento y del desempleo, sustituidas por el tráfico humillante de la caridad y de la sopa de los pobres, cada vez más visto como una alternativa a los sistemas de protección social; abrazan las causas identitarias sin relacionarlas mínimamente con la podredumbre del capitalismo, etc. Y todo esto se procesa sin un gesto o una palabra de incentivo a las dispersas luchas laborales que todavía se van organizando por presión de las bases sobre los burócratas sindicales o los estallidos de revueltas inorgánicas que se encienden momentáneamente y de extinguen deprisa por falta de marco.

Competería a una izquierda digna de ese nombre denunciar que los gobiernos y sus alianzas regionales e internacionales, en particular la Unión Europea, hacen una gestión política de la pandemia en la que nos quieren hacer creer que es aceptable y justificado la suspensión de libertades políticas, limitar derechos, reducir salarios y regalías laborales, etc., en nombre de la salvaguarda de la salud pública; además de eso, habría que denunciar que esa gestión no protege a todos por igual, ya que los trabajadores del sector productivo y otros que no pueden resguardarse con el teletrabajo, no tienen manera de defenderse del contagio porque solo les queda la alternativa de utilizar transportes públicos masificados y someterse a trabajar en las condiciones sanitarias que quieren los empresarios.

Una izquierda fiel a los trabajadores se debía sentir en la obligación de señalar que la intervención selectiva y dominante del Estado en esta crisis constata una vez más su inmensa fidelidad al capital y a sus intereses y que, hasta cuando en apariencia está auxiliando a las masas, en realidad está defendiendo la reproducción del capital, por lo que la situación bárbara que estamos viviendo hoy se debe a la crisis del capital y de la pandemia sobre el capitalismo.

Era preciso también fustigar y combatir enérgicamente la normalización del teletrabajo y de la uberización, nuevas formas cada vez más exquisitas de explotación de la mano de obra asalariada y de liberar a los empresarios de las cargas con la seguridad social, indemnizaciones, gastos de producción y obligaciones contractuales, que imposibilitan o hacen muy difícil cualquier acción organizada de resistencia y revuelta de los trabajadores. Una izquierda decente debería hacer la demostración de que esta nueva liberación de los lazos podridos entre el capital y el trabajo, si continúa siendo ampliamente aceptada, se convertirá, bajo el pretexto de la pandemia, en el estado normal de la explotación capitalista, muchos grados por debajo de las conquistas logradas anteriormente por el mundo laboral, enviándolo casi maniatado para patrones de existencia virtualmente insoportables.

Queda así por poner desnudo el uso oportunista que los gobiernos, países, bandos y grandes empresas hacen para promoverse a sí mismos y a sus negocios, reformas y reestructuraciones amparados por la pandemia –en la aviación, en el turismo, en la circulación internacional de las personas, bienes y mercancías (usadas como chantajes de unos contra otros). Por encima de todo esto, circula sin freno el grande cambalache de las vacunas, el gran negocio del siglo, que impone que en la Unión Europea solo se comercialicen las vacunas producidas por las farmacéuticas europeas y norteamericanas, ignorando y desacreditando las de China, Rusia, India, Cuba, etc.

Cabe aquí una mención a aquella izquierda que se alinea más con la izquierda de los partidos institucionalizada, esa que se va social-democratizando, y encima describimos: aquella que se apellida de extrema-izquierda marxista. Es impresionante la flaqueza numérica, ideológica e intervencionistas de estes grupos dispersos, que no consiguen congregarse en partidos con un mínimo de base social de apoyo y se reducen a tertulias desgarradoras y amiguistas, sin ninguna perspectiva de acción táctica, y mucho menos de un programa de conquista del poder apuntado a abolir la propiedad privada y a socializar los medios de producción.

Es una izquierda que se niega a si misma porque subsiste actuando al miedo a los propios principios que pregona. Desligados de las masas explotadas, eses “marxistas” están más interesados en discutir críticamente, a su manera particular, la política burguesa y sus giros escabrosos. No estarán nunca a la altura de las tareas que de ellos serían de esperar, a menos que un inesperado y decisivo brote de luchas populares los arrastre en su senda. Y mientras, hace mucho tiempo que no representaba a aquellos que ansían derrumbar el sistema capitalista, una tempestad tan perfecta de circunstancias objetivas favorables a hacer abalar los cimientos corroídos del edificio de la explotación. Véase: las grandes multinacionales financieras van a recaudar fondos con las ventas mundiales de las vacunas; las empresas petrolíferas continuaran a explorar y a producir libremente, sin preocupaciones ambientales. El empresariado va a reducir puestos de trabajo y derechos laborales. Se acentúan las desigualdades, el calentamiento global continúa a agravarse. La pobreza del hemisferio sur va a alcanzar niveles absurdos, mientras los lucros en las bolsas seguirán su curso ascendente. Por otro lado, los gobiernos se preparan para hacer apretar el cinto con más austeridad e impuestos, para resarcirse de los gastos en subsidios del año 2020, al mismo tiempo que distribuirán los fondos de la UE a los lobis y clientes de su entorno y darán prioridad a las obras de prestigio, en lugar de favorecer a los sectores públicos cada vez más degradados como la educación, la salud y la vivienda.

En el caso de que haya reacciones consistentes y solidas en las masas explotadas y un activismo vigoroso en su seno por parte de la izquierda no reformista, queda el terreno abierto a la extrema-derecha, actualmente empeñada en reforzar su base de apoyo entre los sectores más populares para apropiarse mejor de los mecanismos de gobierno. La vieja máxima de “revolución o caos” nunca fue tan verdadera.

Una izquierda que quiera ser auténtica tiene que auto-regular y ganar pie en el terreno de la lucha de clases, optando sin ambigüedades por ponerse sin transigir del lado correcto de la barricada, si quiera contribuir alguna vez a derrumbar el capitalismo. Tendrá que asumir plenamente la lucha por la defensa de los intereses de los productores de la riqueza, los proletarios hoy abandonados a su suerte, comenzando por formular y diseminar entre ellos un programa anticapitalista y anti-reformista que de cuerpo a una estrategia revolucionaria, separando aguas en relación a los intereses de las restantes clases y distinguiendo a sus aliados, los compañeros de camino y los enemigos. ¿Será esto posible en los próximos tiempos? Es que si no fuera así, solo nos esperan más desgracias. Pero si no fuera… un mundo mejor estará a nuestro alcance.

Artículo original en portugués:

Desafios da esquerda na UE

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