La historia nos enseña que los períodos de transformación tecnológica, como la Revolución Industrial, estuvieron marcados por intensas luchas de clases.
En lugar de confrontar el capitalismo, amplios sectores de la izquierda se han refugiado en un idealismo abstracto, priorizando debates morales y estéticos por encima de las necesidades materiales de la clase trabajadora.
El suelo quema, literalmente. Y si estás en avenidas largas sin sombra, aquello es una sartén. También hay calles estrechas sin ventilación donde el aire no corre, y ahí el calor se te pega al cuerpo. Cuando llegas a casa tienes la sensación de haber salido de un horno.
Para muchos empresarios, detener la actividad por el calor es “perder dinero”. ¿Y perder vidas? Eso no entra en su cálculo. La precariedad obliga a aceptar condiciones que matan.
La CGT también presentó una batería de reformas sociales. Se pretendía que se luchara contra la especulación, y se reestableciese el librecambio. Había que suprimir la fiscalidad sobre los artículos de consumo, y la generalización del impuesto directo, y sobre el capital.
En la misma posguerra mundial después de la Gran Guerra y con el empuje de la OIT se consiguió, pero también el empresariado luchó para que la jornada no se redujese con el pretexto de la fuerte crisis económica de ese momento.