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Cumplir con lo que debería ser normal —responsabilidad, corresponsabilidad, respeto, empatía— se convierte en un mérito extraordinario cuando lo realiza un hombre.
Por Isabel Durán Báez | 4/02/2026
Existe una escena recurrente en la vida cotidiana: un hombre cuida de sus hijos, realiza tareas domésticas, escucha a una mujer sin interrumpirla, no ejerce violencia, respeta un “no”, o se posiciona públicamente contra una injusticia machista. Inmediatamente, aparece el aplauso. El agradecimiento. La sorpresa. El “no todos son iguales”. El “ojalá más hombres como tú”.
Este fenómeno, lejos de ser anecdótico, revela una estructura profundamente desigual: a los hombres se les agradece lo que a las mujeres se les exige.
Cumplir con lo que debería ser normal —responsabilidad, corresponsabilidad, respeto, empatía— se convierte en un mérito extraordinario cuando lo realiza un hombre. No porque el acto sea excepcional, sino porque el sistema patriarcal ha rebajado tanto las expectativas sobre ellos que cualquier gesto básico parece digno de reconocimiento público.
La trampa del agradecimiento
Agradecer de forma sistemática a los hombres por no ser violentos, por implicarse en lo doméstico o por ejercer una paternidad mínimamente responsable no es inocuo. Tiene efectos políticos y simbólicos claros.
Desplaza el foco del problema: En lugar de señalar que esas conductas son obligaciones sociales, se presentan como favores o concesiones voluntarias. El mensaje implícito es peligroso: podrían no hacerlo, y aun así deberíamos estar agradecidas cuando deciden cumplir.
Refuerza la desigualdad de expectativas: a las mujeres se nos socializa en la entrega, el cuidado y la responsabilidad sin reconocimiento alguno. Si fallamos, hay sanción social. Si cumplimos, es lo esperable. En cambio, el hombre que “ayuda” en casa o “permite” que su pareja tenga espacio propio recibe aplausos.
Premia el mínimo, no la justicia: el listón se sitúa tan bajo que basta con no ejercer violencia explícita para ser considerado “buen hombre”. Esto dificulta cualquier avance real hacia relaciones igualitarias, porque la exigencia desaparece y se sustituye por gratitud.
Genial, que un hombre se responsabilice por igual si que es sorprendente, (si es por rutina e invisible), sin buscar admiración o negar la desigualdad estructural.