Necesitamos un gobierno valiente, abolicionista y feminista sin concesiones, capaz de legislar contra el proxenetismo, reformar sus propias estructuras y priorizar la justicia sobre la imagen.
Por Isabel María Durán Báez | 14/07/2025
Podríamos empezar por el último episodio que ha sacudido al PSOE, pero no sería justo llamarlo un caso aislado. Lo cierto es que lo ocurrido con Santos Cerdán, los audios de Ábalos y Koldo o la dimisión de Francisco Salazar son solo piezas de un engranaje que lleva tiempo oxidado.
El caso Cerdán, que ha llevado al exnúmero tres del PSOE a prisión preventiva por gestionar 620.000 € en comisiones ilegales, ha supuesto un golpe devastador para el partido. La caída en intención de voto —del 34,3 % al 27 %— no solo revela el hartazgo social ante la corrupción, sino también la falta de coherencia entre el discurso igualitario del partido y la realidad de su funcionamiento interno.
Y no acaba ahí. Los audios filtrados de Ábalos y Koldo, donde se hacen comentarios denigrantes hacia mujeres y se banaliza el uso de la prostitución, fueron calificados por feministas socialistas como “repugnantes”. Pero lo que resulta más repulsivo aún es el silencio o la tibieza institucional con que se trató el asunto. La renuncia de Francisco Salazar tras ser acusado de acoso sexual es otro síntoma más: no estamos ante errores personales, sino frente a un patrón sistémico de comportamientos machistas.
Frente a todo esto, Pedro Sánchez salió al paso. Anunció reformas internas, una nueva ley abolicionista de la prostitución y la reforma de los estatutos del partido para expulsar a quienes consumen prostitución. Pero, y aquí viene lo importante, el tono general seguía oliendo a limpieza simbólica. Era más una operación estética que una revisión estructural. Una forma de salvar la cara, no de cambiar el fondo.
Ahora bien, si ampliamos el foco, vemos que no es la primera vez que el PSOE tropieza en la misma piedra. Ya en 2023, el caso Mediador, protagonizado por el exdiputado Fuentes Curbelo, reveló a políticos socialistas participando en fiestas con mujeres prostituidas. ¿Cómo sostener entonces un discurso abolicionista creíble? Lo mismo ocurre con el escándalo de la FAFFE en Andalucía, donde antiguos cargos del PSOE pagaron con dinero público en prostíbulos. Y más recientemente, el caso de Leire Díez, la “fontanera” del PSOE, cuyo intento de desacreditar a la UCO mostró hasta qué punto se puede usar el poder sin ética. Aunque no sea una cuestión de género directa, sí revela una estructura que protege el poder más que la verdad.
Y en medio de todo esto, ¿qué ha sido de las feministas dentro del partido? Ahí está la denuncia de FeMeS, que ha señalado que las feministas socialistas han sido sistemáticamente orilladas, arrinconadas, silenciadas. Se habla de igualdad en campaña, pero se impone una agenda de género meramente nominativa cuando se gobierna.
Ahora bien, ¿cómo explicamos este repunte de escándalos machistas en el seno del PSOE? En primer lugar, hay que hablar de la cultura del buenismo, esa tendencia a suavizar las realidades más duras, a evitar los conflictos estructurales y a refugiarse en gestos vacíos. Se invoca el feminismo, sí, pero como escudo, no como herramienta de transformación. Importa más mantener la imagen del partido que confrontar al proxeneta, al putero o al acosador que milita en él.
En segundo lugar, existe una desconexión interna evidente: las voces feministas críticas son ignoradas, mientras se priorizan los pactos y las lealtades internas. A esto se suma el choque entre abolicionistas y regulacionistas, entre feminismo radical y discursos queer que niegan la categoría de “mujer” como sujeto político. Y por último, pero no menos importante, tenemos una hipocresía electoral: se reactiva el discurso abolicionista cuando hay crisis, pero sin convicción, sin presupuesto, sin reformas.
Y es que, seamos claras: el buenismo no solo impide nombrar, también impide transformar. Las medidas que se anuncian (como la expulsión de puteros o la prometida ley abolicionista) parecen más reacciones coyunturales que compromisos firmes. Detrás de esa fachada hay una estrategia superficial: se sacrifica a un individuo para calmar la indignación, pero se protege la estructura que lo permitió. No hay protocolos eficaces, ni formación sistemática, ni auditoría feminista independiente. Mientras tanto, las voces feministas internas que alzan la voz son canceladas, ignoradas o tildadas de incómodas. Y así se alejan cada vez más los discursos progresistas de las prácticas reales.
Frente a esto, desde el feminismo abolicionista, nosotras no venimos a maquillar el sistema: venimos a desmontarlo. Lo que proponemos no son gestos, sino reformas profundas y concretas. Aquí van algunas:
- Reforma de estatutos que contemple la expulsión automática de cargos públicos por consumo de prostitución, participación en pornografía con explotación o promoción de vientres de alquiler.
- Protocolos obligatorios contra el acoso y la violencia en todos los partidos, con mecanismos independientes de seguimiento a víctimas y sanciones firmes.
- Una ley abolicionista integral, que penalice al proxeneta, al putero y a la tercería locativa; que cierre webs de pornografía coercitiva; que prohíba la publicidad sexualizada y el product placement pornográfico.
- Una reforma institucional con enfoque feminista real: paridad efectiva, auditorías feministas periódicas, formación en ideología feminista radical y crítica de género.
- Un presupuesto abolicionista, que financie rutas de salida, refugios, capacitación profesional y reparación integral para mujeres explotadas.
- Y por supuesto, mecanismos de control democrático: observatorios independientes, informes públicos y consecuencias políticas claras en caso de incumplimiento.
Porque sí: los escándalos del PSOE no son casos sueltos, sino el reflejo de una incoherencia profunda entre lo que se dice y lo que se hace. La igualdad real no llegará por una nota de prensa ni una declaración desde el atril. Necesitamos un gobierno valiente, abolicionista y feminista sin concesiones, capaz de legislar contra el proxenetismo, reformar sus propias estructuras y priorizar la justicia sobre la imagen.
En definitiva, no queremos un feminismo de escaparate, sino una revolución feminista real.
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