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Cada episodio de esta miniserie es un reflejo de una sociedad capitalista consumista que devora a sus jóvenes, dejándolos sin espacio para la reflexión o el pensamiento crítico.
Por Ana Redondo | 23/03/2025
La serie Adolescencia, dirigida por Philip Barantini y disponible en Netflix, irrumpe en la pantalla como un puñetazo en el estómago, un relato crudo y necesario que pone el foco en las entrañas de una generación atrapada entre la promesa de conexión infinita y el abismo de la deshumanización.
Esta miniserie británica de cuatro episodios, rodada en un impresionante plano secuencia que intensifica su atmósfera asfixiante, sigue la historia de Jamie Miller, un adolescente de 13 años cuya vida y la de su familia se desmoronan tras ser acusado de un crimen devastador. Sin desvelar detalles que arruinen la experiencia, la trama se desarrolla como un mosaico de perspectivas —la familia, la policía, la escuela— que disecciona las múltiples capas de un suceso que es, a la vez, individual y colectivo.
El corazón de Adolescencia late en su capacidad para reflejar la toxicidad de las redes sociales, un tema que resuena con fuerza en el panorama actual. La serie no se limita a mostrar el uso de plataformas digitales como un pasatiempo adolescente; las presenta como un campo minado donde la identidad, el valor personal y las relaciones se construyen y destruyen bajo la influencia de algoritmos implacables. Jamie, como muchos jóvenes de su edad, no encuentra en su entorno una guía sólida para navegar este mundo. En lugar de educación sexual basada en el respeto y la empatía, su primer contacto con la sexualidad llega a través de internet: un torrente de imágenes y narrativas que cosifican a la mujer, reduciéndola a un objeto de deseo o desprecio. Barantini no suaviza esta realidad: la serie expone cómo la ausencia de una educación sexual adecuada deja a los adolescentes a merced de una cultura digital que exalta la dominación y la misoginia, distorsionando su percepción del amor, el consentimiento y el respeto.
Este retrato no solo es un diagnóstico de la juventud, sino también una llamada de atención a padres y educadores, atrapados en un debate cada vez más urgente: ¿deberían prohibirse los teléfonos móviles hasta cierta edad?
Adolescencia no ofrece respuestas fáciles, pero sí plantea preguntas incómodas. Muestra cómo los dispositivos, lejos de ser meras herramientas, se han convertido en extensiones de la identidad adolescente, amplificando el aislamiento y el individualismo que caracterizan a una sociedad capitalista obsesionada con el consumo y la inmediatez. Los personajes de la serie, especialmente los jóvenes, se mueven en un entorno donde la interacción cara a cara cede terreno a pantallas que prometen conexión pero entregan soledad. El resultado es una creciente desconexión emocional, un caldo de cultivo para la frustración y, en última instancia, la violencia.
La dirección de Barantini, apoyada en el guion de Stephen Graham (quien también interpreta al padre de Jamie) y Jack Thorne, brilla por su capacidad de capturar esta deriva social sin caer en moralismos. La elección del plano secuencia no es un mero alarde técnico; es una decisión narrativa que sumerge al espectador en la tensión y la impotencia de los personajes, como si no hubiera escapatoria posible de este ciclo destructivo. Cada episodio es un reflejo de una sociedad consumista que devora a sus jóvenes, dejándolos sin espacio para la reflexión o el pensamiento crítico. Los adultos, desbordados y desorientados, son cómplices involuntarios de un sistema que prioriza la productividad sobre la humanidad.
Adolescencia no es una serie fácil de ver, pero es imprescindible. Es el retrato del fracaso de una cultura voraz que ha delegado en las pantallas la tarea de criar a sus hijos, mientras ignora las consecuencias de su abandono. Habla de una sexualidad desprovista de afecto, de un individualismo que aísla y de una violencia que no surge de la nada, sino de las grietas de un mundo que ha olvidado escuchar. Es, en definitiva, un grito de alarma que invita al debate y a la acción, antes de que sea demasiado tarde para la próxima generación.
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