Cooperativas de consumidores

Por Manuel López Arrabal


En la actualidad, todavía se piensa que consumir alimentos ecológicos está solo al alcance de familias con un alto nivel de rentas. Es un mito que se ha extendido incluso a través de los medios de comunicación. La realidad es exactamente la contraria. Un estudio realizado por la Universidad de Jaén (España), afirma que “existe una relación inversa entre el consumo de alimentos ecológicos y el estrato socioeconómico”. Es decir, las familias con más ingresos consumen menos productos ecológicos en relación a las de menor poder adquisitivo que consumen y se interesan más por este tipo de productos. Asimismo, “se consume más alimento ecológico en las zonas rurales y poblaciones de menos de 10.000 habitantes que en las ciudades”. Según estos datos, la conclusión es sencilla, más que dinero lo que prima es el interés por lo ecológico y disponer de tranquilidad para buscar y garantizarse el suministro periódico de esta clase de productos, que no tienen por qué llevar el sello o distintivo, al que tanto estamos acostumbrados, de lo ecológico.

La preferencia por lo ecológico es más bien un asunto de cultura que de bolsillo. Por otra parte, la ecología está estrechamente vinculada a los movimientos a favor de la transformación social. Además, es muy importante saber que estos alimentos naturales no se adquieren solo en algunas tiendas y supermercados (afortunadamente cada vez se ofrecen más), sino que existen multitud de asociaciones y cooperativas de consumidores de productos ecológicos. Hoy día, hay muchos consumidores conscientes que se agrupan para adquirir estos productos al por mayor o directamente de los agricultores, ahorrándose el coste de todos o gran parte de los intermediarios. A cambio, asumen el trabajo de realizar los contactos, acordar los precios y gestionar el reparto de los alimentos. Cada vez hay más cooperativas de este tipo que funcionan muy bien. Sus socios, aunque solo busquen comer sano, consiguen mucho más: revitalizan las huertas cercanas, apoyan la cultura rural, reducen el impacto ambiental, favorecen la digna remuneración de los agricultores, y mejoran su conocimiento de los alimentos.

Formar parte de una asociación de consumidores de productos ecológicos es la mejor manera de conseguir productos sanos y sabrosos a buen precio. Igualmente, permite al socio conocer cuáles son los alimentos de temporada y cuáles son las variedades locales de las frutas y hortalizas que consumen. Además, en muchas de estas cooperativas también se venden productos ecológicos de comercio justo que no se pueden producir a nivel local ni nacional, como son ciertos tipos de cereales, café, té, y chocolate, principalmente. Y muchas de ellas también suelen proveer panes artesanos y alimentos básicos (no veganos) ecológicos como son los derivados lácteos, los huevos y la carne ecológica. También las hay que venden productos de cosmética natural, de higiene y limpieza, como el papel higiénico reciclado o el detergente ecológico, e incluso libros.

Este tipo de asociaciones y cooperativas funcionan todas de forma similar. Unas cuantas familias del municipio o barrio se organizan en torno a un pequeño local cedido, prestado o alquilado, donde reciben los productos directamente de los productores. Normalmente no llegan a 50 las familias que las componen, para facilitar así el reparto de tareas, como son la gestión y compra de pedidos, mantenimiento del local, la contabilidad y la comunicación con los socios. A veces, por su crecimiento deciden desdoblarse para simplificar su gestión. Sin embargo, ya existen muchas cooperativas con mayor número de socios como Almocafre en Córdoba, La Ortiga en Sevilla o Ecosol en Madrid. Estas cuentan al menos con una persona asalariada y con uno o más locales para la venta de productos a socios y no socios, disfrutando los primeros de un descuento en todos los productos.

La cooperativa sevillana La Ortiga (de la que he sido socio durante dos años) nació como asociación en el año 1993, convirtiéndose en cooperativa de consumidores en el 2001. En ella los socios disfrutan de un 10% de descuento en todos los productos y los socios colaboradores disfrutan del doble de descuento. Con 25 años de historia que la avalan, sus socios la definen como una organización sin ánimo de lucro, autogestionada, democrática y transparente. Disponen de dos tiendas con amplios horarios de apertura de lunes a sábado, con un servicio especial de reparto a domicilio para socios. También se incentiva al socio que se desplace en medio de transporte público, abonándole el precio del billete siempre que la compra exceda de 30 euros. La cooperativa hispalense, aparte de ofrecer casi mil productos diferentes, invita a los socios a participar en la gestión, organización y toma de decisiones de la cooperativa, ya sea colaborando como voluntario en sus distintos grupos de trabajo, aunque sea puntualmente, o participando activamente en cualquiera de sus órganos de gobierno y representación. Sus grupos de trabajo se encargan, entre otras actividades, de gestionar la biblioteca y la página web, editar dos revistas periódicas, participar en actividades de sensibilización y educación, preparación de asambleas, visitar a los productores, organización de excursiones y actividades, o representar a La Ortiga en foros y redes sociales.

Por motivos sociales y ambientales, la preferencia por lo local forma parte de la filosofía de los grupos de consumidores ecológicos. También evitan los productos certificados legalmente como ecológicos que procedan de empresas que no sean coherentes, como los de algunas multinacionales que, para lavar su imagen, los ofrecen a sus clientes, pero de forma paralela continúan desarrollando su principal actividad lejos del lugar de venta de sus productos, producen grandes cantidades de alimentos transgénicos tratados con plaguicidas e, incluso, permiten la intervención de mano de obra explotada, incluso infantil.

En cuanto a los precios, hay que decir que en muchos casos se consiguen acuerdos con los agricultores, garantizándoles un volumen de compra mínimo y estable durante todo el año, consiguiéndose a cambio unos precios de venta para los socios sin fluctuaciones, también para todo el año. Esto supone en algunas ocasiones, que los alimentos ecológicos lleguen a estar más baratos que los del resto del mercado. Mucho más económicos podrían ser si en España se consumiera la mayor parte de su producción ecológica, ya que actualmente se exportan más del 80% de este tipo de alimentos. Otro factor importante a tener en cuenta es que muchas cooperativas, agrupadas en una confederación de productores y asociaciones de consumidores de productos ecológicos, consiguen comprar de forma conjunta grandes volúmenes de producción a ciertas comarcas de productores, consiguiéndose de esta manera mejores precios. A este modelo de producción y venta a mayor escala se la llama agricultura de responsabilidad compartida o agricultura sostenida comunitariamente.

Cada vez son más las personas que se rebelan contra el actual sistema industrial de cultivo, distribución y consumo alimentario. En Cataluña, miles de familias han optado por autoorganizarse en cooperativas de consumidores de productos ecológicos que cumplan con unos requisitos de calidad, éticos y de sostenibilidad. Actualmente, hay más de 100 cooperativas de este tipo en Cataluña (59 grupos solo en Barcelona que abastecen a más de 1.700 familias), pero es durante los últimos años cuando este fenómeno cooperativista está experimentando un “boom” que les hace crecer a un ritmo de más de cien familias al año, según cuenta Oriol Martí, de la asociación Ecoconsum que integra a 20 de estas agrupaciones.

Muchos productores ecológicos se encuentran muy cerca, e incluso dentro, de las grandes ciudades, favoreciendo la subsistencia de terrenos de cultivo que de otra manera hubieran podido terminar como suelo urbanizable. Estos agricultores llevan directamente sus frutas y hortalizas desde el árbol o el huerto al local de la cooperativa situado a muy poca distancia, sin necesidad de pasar previamente por almacenes ni cámaras de frío. Además, la cercanía de estos grupos de productores y consumidores de productos ecológicos hace que familiares, amigos y vecinos se interesen y entusiasmen por esta forma comunitaria y alternativa de compra, mucho más enriquecedora y gratificante que el modelo individualista dominante. Por otra parte, el contacto amistoso con agricultores cercanos permite que muchos socios y aspirantes a socios visiten los huertos donde crecen los alimentos ecológicos, así como acariciar las cabras y vacas, o ver de cerca las gallinas.

Crear o asociarse a una de estas cooperativas, encaja perfectamente como una de las mejores alternativas para restablecer el equilibrio de la naturaleza, disminuir los efectos sobre el cambio climático y favorecer la recuperación de la economía. La compra de alimentos y productos ecológicos a través de estos grupos, reduce la generación de basura y la emisión de gases con efecto invernadero, debido a que se evita el transporte de largas distancias y la fabricación de envases. En las cooperativas se vende a granel y cada cual se lleva su parte en bolsas reutilizables, cestas y cajas. Este modelo de consumo, es la gran alternativa al poder de las multinacionales alimentarias y de las entidades financieras. Estas últimas, son también grandes beneficiarias del enorme volumen de dinero que mueven dichas empresas transnacionales. Es por ello, que las cooperativas se han convertido en protagonistas de una rebelión silenciosa contra el actual sistema de cultivo, distribución y consumo. De hecho, el objetivo declarado por muchos de los nuevos socios es no volver a pisar un supermercado, donde la cesta de la compra globalizada puede reunir manzanas de China, peras de Chile o Kiwis de Nueva Zelanda, impregnados de plaguicidas y aditivos para prolongar su conservación y mejorar su aspecto.


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