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Los beneficios eran privados. Las pérdidas acabaron socializándose. Qué moderno e inocuo parece resultar todo cuando se mira con medio siglo de perspectiva.
Por Txema García | 27/07/2026
Hay lugares que pertenecen a la geografía. Y otros que pertenecen a la conciencia. Lemoiz pertenece a ambas. No es únicamente un rincón de la costa vizcaína castigado por el viento y el salitre. Es uno de esos escasos espacios donde un país dejó escrita una parte de su biografía más incómoda. Allí se enfrentaron dos maneras irreconciliables de entender el progreso. Allí una empresa privada −Iberduero primero, Iberdrola después−, con el respaldo de los sucesivos poderes públicos, decidió que una de las calas más hermosas del Cantábrico debía convertirse en el altar donde sacrificar un paisaje irrepetible en nombre de un supuesto desarrollo. Y allí también una parte muy importante de la sociedad respondió que había límites que ni el progreso ni el dinero podían comprar.
La central nunca llegó a producir un solo kilovatio. Pero produjo otra cosa: ocupación de terreno costero, militarización, atentados, muertos, manifestaciones, miedo, fractura social. Fue uno de los mayores conflictos políticos y ambientales de la historia contemporánea de Euskal Herria. Y produjo, además, una factura económica que terminó pagándose durante años desde el recibo de la luz de millones de ciudadanos que jamás habían decidido levantar aquel monstruo de hormigón frente al mar.
Los beneficios eran privados. Las pérdidas acabaron socializándose. Qué moderno e inocuo parece resultar todo cuando se mira con medio siglo de perspectiva. Porque la llamada colaboración público-privada no nació ayer. Simplemente ha ido perfeccionando sus modales. Primero se privatizan las ganancias, después se colectivizan los costes. Y, finalmente, se pide un aplauso por haber encontrado una nueva oportunidad para el territorio.
Ahora esa oportunidad tiene forma de piscifactoría de lenguados. No deja de ser una elección curiosa. Podrían haber elegido cualquier otro pez. Pero el destino −o quizá el marketing institucional− ha querido que sea precisamente el lenguado, ese animal plano que vive pegado al fondo, casi enterrado en la arena, confundido con el sedimento.
No se me ocurre metáfora más exacta del relato que hoy se intenta construir sobre Lemoiz. Porque el verdadero producto de la futura piscifactoría no serán los peces. El verdadero producto «comercializable» será otro. Será el olvido. No se trata simplemente de levantar unos tanques donde criar lenguados con agua de mar. Se trata de levantar un nuevo paisaje mental.
Un paisaje donde la primera imagen que venga a la cabeza cuando alguien pronuncie la palabra Lemoiz ya no sea una central nuclear, ni una cala destrozada, ni un conflicto que marcó a varias generaciones y que causó víctimas mortales, ni un vertedero con residuos industriales cuyo legado seguimos pagando. Ahora se pretende que la primera imagen sea otra: Innovación. Economía azul. Empleo. Sostenibilidad. ¡Qué palabras más hermosas!
Así funcionan muchas operaciones políticas contemporáneas. No se resuelve el conflicto anterior. Se coloca uno nuevo encima. Como quien pinta una pared húmeda una y otra vez sin reparar jamás la grieta que sigue creciendo por dentro. Lo denuncié en mi anterior artículo y hoy lo reafirmo. En Lemoiz llevamos medio siglo superponiendo capas. Primero se cubrió la cala con hormigón. Después el fracaso de la central con silencio. Más tarde los residuos industriales en forma de lindano con eucaliptos. Ahora se pretende cubrir todo lo anterior con tanques de acuicultura.
No hay restauración. Hay sustitución del relato. Y ésa es precisamente la gran cuestión que deberíamos negarnos a aceptar. Porque Lemoiz no es un solar industrial disponible para cualquier ocurrencia administrativa o empresarial. Es un lugar de memoria. Y los lugares de memoria no se recalifican moralmente mediante un plan de negocio. Antes de proyectar un nuevo futuro habría que haber tenido el coraje de cerrar dignamente el pasado. Entre todos. Reconociendo todos lo que cada uno hizo mal o, incluso, no ha hecho. No basta con encapsular residuos (si es que se ha hecho eficazmente). No basta con anunciar millones de inversión y fotografías institucionales. Hace falta algo mucho más difícil. Hace falta verdad, memoria, asumir responsabilidades. Y no se ha asumido ninguna hasta la fecha. Hace falta explicar por qué un territorio que soportó el mayor proyecto nuclear de Euskal Herria terminó conviviendo también con residuos de lindano. Hace falta explicar por qué la respuesta institucional llegó décadas después. Hace falta saber quién miró hacia otro lado. Quién pagó. Y quién sigue pagando. Porque el lindano continúa allí. La central continúa allí. Las preguntas continúan allí. Lo único que cambia es el decorado.
Quizá la piscifactoría llegue a producir lenguados. No tengo nada contra esos peces. Mi discrepancia no nada entre escamas. Nada entre expedientes administrativos. Lo que discuto no es una especie marina. Es una forma de gobernar. Una manera de convertir la memoria en un obstáculo para la inversión y no en una obligación democrática. Los lugares donde ocurrieron grandes conflictos colectivos no necesitan amnesia. Necesitan pedagogía, explicaciones y respeto. Porque una sociedad que convierte sus espacios de memoria en simples polígonos económicos termina perdiendo algo mucho más valioso que un paisaje. Pierde la capacidad de aprender de sí misma. Y entonces vuelve a cometer los mismos errores. Con otros nombres, logotipos y otras campañas de comunicación. Pero exactamente con la misma lógica.
Llegados a este punto, bajemos ahora a los tanques donde previsiblemente vivirían los lenguados. ¿De que se alimentarán? Pues nada que ver con sus hermanos criados en el fondo marino, porque su alimentación consiste en piensos formulados específicamente que contienen harinas y aceites de pescado, proteínas vegetales (soja, trigo, guisante), minerales, aminoácidos y aditivos tecnológicos para mejorar su estabilidad y digestibilidad. Muy diferente a lo que comen los lenguados salvajes que viven en libertad: gusanos marinos, pequeños moluscos, bivalvos y crustáceos. Es decir: el pez salvaje busca alimento vivo y variado, y el de piscifactoría recibe una dieta uniforme diseñada por nutricionistas.
¿Qué supone vivir encerrado en un tanque? Éste es probablemente el aspecto más interesante. En sistemas modernos RAS (Recirculating Aquaculture Systems) los peces viven durante todo su ciclo en tanques con temperatura, oxigeno y salinidad controlada, iluminación regulada y alimentación automática. Desde el punto de vista productivo es muy eficiente pero desde el etológico es un ambiente completamente artificial. Los peces apenas desarrollan los comportamientos que tendrían en libertad. Su vida gira alrededor de comer, crecer y reproducirse. Es decir, casi como en una granja en la que hay una alta densidad de animales, alimentación altamente controlada, crecimiento optimizado, vigilancia sanitaria continua, y un ambiente artificial y automatización para que la calidad del agua esté monitorizada. Producción intensiva para consumo en grandes supermercados.
¿Se utilizan medicamentos? Sí. Aunque depende mucho de cada instalación. Pueden utilizarse tratamientos veterinarios, antiparasitarios, antifúngicos, vacunas en algunas especies. La legislación europea, en principio, obliga a respetar tiempos de retirada antes del sacrificio.
Otra cuestión importante a la hora de evaluar estas granjas marinas en tierra es la de los residuos. Los peces producen heces, y sobre el fondo del tanque se depositan restos de pienso, amonio, materia orgánica que debe pasar por filtros mecánicos, biofiltros, decantadores, sistemas de desinfección y de recirculación. Los lodos generados deben retirarse periódicamente y gestionarse como residuos. Llegados aquí la pregunta salta de inmediato, ¿a dónde irán? sobre todo teniendo en cuenta los desastres que en este ámbito acumula Euskadi.
En cuanto a si este tipo de instalaciones generan empleo hay que señalar que dado que estas piscifactorías modernas utilizan alimentación automática, sensores, control digital, oxigenación automática, clasificación mecánica y recirculación automatizada, lo que necesitan son algunos pocos perfiles técnicos para el mantenimiento, control del agua, veterinaria… pero no una gran cantidad de mano de obra por tonelada producida. Y es que las tareas habituales incluyen alimentación, vigilancia sanitaria, limpieza de tanques, clasificación y mantenimiento, muchas de ellas apoyadas por automatización.
Conviene recordar que en la presentación del proyecto el pasado 27 de abril por parte del Gobierno Vasco (con el lehendakari a la cabeza y representantes de la empresa Sea Light integrada en el grupo Atitlan) indicaron que se trataba de una inversión público-privada de 170 millones de euros, con una ejecución prevista de 10 años y un desarrollo en tres fases hasta alcanzar 3.000 toneladas anuales cuando la planta esté en pleno rendimiento.
Hay que destacar que de esos 170 millones, alrededor de 60 corresponderían a la obra civil que asumiría el Gobierno Vasco, es decir, tu bolsillo. Esa inversión se destinaría a la demolición de edificios incompatibles, la adecuación del emplazamiento y las infraestructuras necesarias para hacer viable la instalación. Además, el Gobierno Vasco tomaría una participación en la sociedad Aquacría Basordas, no limitándose a ser propietario del suelo.
La jugada parece perfecta, pero solo para algunos pocos. Así, los ciudadanos de este país vamos a tener que pagar, además de todo lo entregado durante las últimas décadas por el coste de la moratoria nuclear incluido en la factura eléctrica (y originado tras el decreto del Gobierno español que paralizó definitivamente la construcción de la central de Lemoiz y que supusieron unos 2.273 millones de euros), otros 60 millones más para adecentarle a esta empresa de fuera de Euskadi el solar para que produzca lenguados de granja que, a su vez, relegará a un papel más secundario a la deteriorada flota pesquera vasca.
Además, con eso se borra la memoria histórica del lugar, la posibilidad de recuperarla desde otra concepción no utilitarista del territorio, porque con esta operación empresarial lo que se hace es una sustitución de memoria: primero se sustituyo la cala originaria por una central, después se intentó sustituir la central por el olvido, y ahora se pretende sustituir el olvido por unos tanques con lenguados.
Los lenguados de esta piscifactoría comerán lo que les echen. Los ciudadanos y ciudadanas vascas no deberíamos conformarnos con alimentarnos únicamente del relato en forma de pienso que nos sirven las instituciones a diario. Piensa por un momento que ya «no somos lo que comemos» sino que «somos lo que comen lo que comemos».
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