Cisjordania: violencia, colonización y resistencia en una tierra ocupada

En ciudades como Tulkarem, en el norte de Cisjordania, las incursiones militares israelíes han forzado a miles de personas a abandonar sus hogares.

Por Isabel Ginés | 9/04/2025

La situación en Cisjordania, territorio palestino ocupado por Israel desde 1967, ha escalado hacia una espiral de violencia, desplazamientos forzados y apropiación sistemática de tierras. A través de una estrategia combinada de asentamientos ilegales, violencia de colonos, y operaciones militares, Israel ejecuta un plan que diversos organismos internacionales denuncian como una forma de limpieza étnica silenciosa.

Cisjordania, históricamente parte de la región de Palestina, ha sido hogar de comunidades árabes desde hace siglos. Tras el colapso del Imperio Otomano y bajo mandato británico (1917-1948), la región fue centro de tensiones entre comunidades judías sionistas migrantes y la población árabe palestina autóctona.

Con la Nakba (catástrofe) de 1948 —la expulsión de más de 700.000 palestinos durante la creación del Estado de Israel— miles de refugiados huyeron hacia Cisjordania, que entonces quedó bajo control jordano. Tras la Guerra de los Seis Días en 1967, Israel ocupó militarmente Cisjordania, incluida Jerusalén Este.

Desde entonces, los palestinos han vivido bajo un régimen de ocupación, enfrentando restricciones de movimiento, demoliciones de viviendas, confiscaciones de tierras y una red de asentamientos israelíes construidos en flagrante violación del derecho internacional.

Hoy, más de 700.000 colonos israelíes viven en más de 270 asentamientos en Cisjordania y Jerusalén Este. Estos asentamientos son ilegales según el derecho internacional, como ha reiterado la Resolución 2334 del Consejo de Seguridad de la ONU (2016), que exige el cese de la colonización.

Los asentamientos no solo ocupan tierra robada: también están conectados por carreteras exclusivas para israelíes, protegidos por el ejército, y sirven como bases para la violencia de colonos armados. Estos ataques van desde el robo de ganado hasta pogromos organizados en aldeas palestinas.

Un ejemplo alarmante ocurrió en Masafer Yatta, al sur de Hebrón, donde colonos entraron en viviendas palestinas, golpearon a familias, incluyendo niños, y destruyeron propiedades.

Testimonios recogidos por Human Rights Watch y B’Tselem revelan un patrón alarmante: los colonos actúan con total impunidad, muchas veces bajo la protección directa del ejército israelí. Cuando los palestinos intentan denunciar los ataques o defenderse, son ellos quienes acaban arrestados, heridos o incluso asesinados.

Un caso reciente: un niño palestino-estadounidense de 14 años fue asesinado por disparos de colonos en la Cisjordania ocupada. A pesar de la gravedad del crimen, no se ha detenido a los responsables.

La violencia de los colonos es solo una pieza del engranaje. Las autoridades israelíes también utilizan herramientas administrativas para desplazar a los palestinos: niegan permisos de construcción, emiten órdenes de demolición y declaran grandes zonas como “tierras del Estado” o “zonas militares cerradas”.

En ciudades como Tulkarem, en el norte de Cisjordania, las incursiones militares israelíes han forzado a miles de personas a abandonar sus hogares. Solo en dos semanas, 850 palestinos fueron desplazados, según reportes de medios locales y organizaciones como Al-Haq.

Todo esto responde a una política deliberada. El actual ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, líder de la extrema derecha israelí, ha declarado abiertamente que Cisjordania debe ser anexionada completamente por Israel, borrando cualquier perspectiva de un Estado palestino.

A pesar de las múltiples resoluciones de la ONU y condenas por parte de organizaciones internacionales, la comunidad internacional no ha ejercido presión efectiva sobre Israel. La impunidad continúa, mientras el pueblo palestino resiste con medios cada vez más limitados.

Como lo denuncia Amnistía Internacional: “La política israelí en los territorios ocupados equivale al crimen de apartheid. Se trata de una estrategia de dominación racial y territorial.”

La comunidad palestina en Cisjordania no es solo víctima; también es símbolo de resistencia. A pesar de la violencia, los desplazamientos y las pérdidas, miles de familias siguen luchando por quedarse en sus tierras, criar a sus hijos, y mantener viva una identidad que se ha intentado borrar sistemáticamente.

Mientras el mundo guarda silencio, cada día que pasa es una herida más en una tierra que, para los palestinos, sigue siendo su hogar ancestral.

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