Cine | La ternura entre la épica de los bosques irlandeses: Tomm Moore

Por Aurevoir

Cuando un fenómeno artístico logra su triunfo inmediatamente después de su aparición, generalmente se crea a su alrededor una cultura que marca su época y deja una base para las generaciones venideras. Esto cuando un tal Dante Alighieri publica un libro con el cuál el cristianismo puede crear un concepto y una imagen de infierno, si sumamos a ello la comprensión de amor de otro señor llamado Francesco Petrarca, ya tenemos la clave para comprender el Renacimiento literario, el cuál  luego supondrá una época de florecimiento artístico sin precedentes en más de mil años hacia el pasado y hacia el presente. En el mundo del cine hay múltiples ejemplos de esto, pero quizás el que sigue siendo el más importante es el que da una compañía que en los albores de los proyectores, se aleja de representar escenas con una enorme teatralidad dirigidas a un público refinado, sino que se centra en entretener a pequeños y mayores con unos dibujos cobrando vida como unas modernas sombras chinescas, esa compañía que en cinco años tendrá ya un siglo, y que conocemos llanamente como Disney.

Disney es una de las productoras más importantes de nuestro tiempo, ha creado cientos de películas, es poseedora directa, e indirectamente de varios canales de televisión, coproduce videojuegos, tiene múltiples parques temáticos, y por si fuera poco todo lo propio, en los últimos años se ha dedicado a expandir el negocio adquiriendo prácticamente todos los productos culturales y productoras a base de golpe de billete, con ejemplos tan notorios como Los Simpsons o Marvel.

Aún con todo esto, a día de hoy siguen existiendo productoras bastante más humildes (con todo lo que se pueda aplicar ese adjetivo para una productora) que siguen creando un cine mucho más cercano de lo que puede ofrecer una gran empresa que vive atrincherada en los vicios del marketing. En este caso habríamos de mirar a Irlanda, buscar Cartoon Saloon y encontrar un local con apenas 80 personas dirigidas por un nerd cuarentañero llamado Tomm Moore.

Hay muchos autores que recurren a sus propios orígenes para situar una historia, algunos van más allá y caracterizan toda la historia con toques de su país y su cultura, todo eso se queda corto en comparación con Moore, que en sus dos primeras películas deja claro su folklorismo militante.

Aunque Moore comienza a dar sus primeros pasos con los últimos años del siglo XX, no es hasta 2009 que consigue rodar su primera película: El secreto del libro de Kells, una película que empieza con una intro tenebrosa y presenta a un personaje al que el público infantil está poco acostumbrado al ir a ver una “peli de dibus”, un niño-monje del siglo IX.

Brendan, el pequeño monje protagonista de El Secreto de Kells

Brendan, el pequeño monje protagonista de El Secreto de Kells

La película comienza con una intro de lo más tenebrosa para dejar paso a múltiples escenas llenas de color y detallismo sin usar grandes recursos digitales, siendo esta su mayor diferencia con el cine de animación actual, que por sus técnicas podría haber sido rodada en los noventa, sin embargo su nivel de detallismo ha supuesto años y años de trabajo antes de ver la luz.

Como una perfecta metáfora, la historia de Brendan nos habla de eso mismo, un niño que quiere pintar los libros del monasterio, pero al que las circunstancias le obligan a trabajar en la construcción de un muro que proteja a toda su comunidad monacal de los vikingos, que apenas cien años atrás habían saqueado el monasterio de Lindisfarne y habían comenzado la primera de las múltiples campañas de pillaje por Europa. En el primer asalto a tierras occidentales, los vikingos tuvieron la suerte de desembarcar en la costa de un monasterio, es decir, un lugar repleto de oro y joyas y custodiado por personas desarmadas y con unos votos que les impedían dañar al prójimo. Con este miedo reciente vive el tío de Brendan, un abad empeñado en resistir a las hordas nórdicas con un muro tan alto y resistente como se pudiera. Sin embargo, al igual que en Lindisfarne, la gran esperanza residirá en los libros supervivientes, sus narradores errantes y sus imágenes, para que el pueblo llano se alejase del miedo perdiéndose en colores que nunca había visto y escuchando las historias evangélicas que formaban la mayoría de su memoria cultural. No en vano, una frase repetida por varios personajes en la cinta es la de que “en esta vida sólo hay bruma” para posicionar al espectador en la dureza de la vida medieval, y hacer entender por qué Europa se sumió en cuatrocientos años de vacío artístico tras la caída de Roma, y la propia moraleja del film: que si en los tiempos duros el arte, y todo aquello que puede mover a las personas a seguir hacia delante, se pierde en la nada, los tiempos duros se convierten en tiempos muertos.

Escena de El Secreto de Kells en la que se puede ver cómo se imita el arte medieval irlandés

La otra gran obra de Moore, data de 2014 y fue todo un éxito a nivel europeo e internacional, llegando a estar nominada al Óscar, se trata de La canción del mar, una película que trata sobre las pérdidas, su abstracción y su enfrentamiento.

“Márchate niño humano, a las aguas y a lo salvaje, pues el mundo está lleno de llantos que tú no puedes comprender” así comienza la intro de esta película, que tras unos pocos minutos nos narra la cálida relación entre un niño y su madre, que moriría esa misma noche dando a luz a su hija, quien no habló durante años y a quien su hermano odiaba porque la responsabilizaba de la mayor pérdida de su vida. El padre, apenas una sombra de lo que algún día fue, ve pasar los días sin nada que le emocione, la abuela paterna es la única que busca el consuelo sin una respuesta más allá del “olvídalo” a un problema que los años arrastran menos que las olas al faro en el que viven nuestra familia protagonista.

A un universo repleto de naturaleza como en El secreto del libro de Kells, esta vez se suman perspectivas técnicas de animación que abandonan el estilo 2D clásico para lograr una película más impresionante en los estándares modernos, pero que para no dejar atrás el sello personal del folklorismo de Moore, esta vez se llena de canciones tradicionales irlandesas cantadas en gaélico y entonadas como si fueran olas para acompañar la historia y todo su mundo visual.

Escena de La canción del mar

Al avanzar la película, vemos que los niños protagonistas se adentran en un mundo de leyendas en el que cada personaje mitológico tiene que ver con su situación, un gigante afligido por la pérdida de su amada y transformado en roca por su propia madre, que le impone una solución que no alivia.

La naturaleza a su vez, se va dibujando como una metáfora de los sentimientos, y es que la película está termina con un final de “fueron felices y comieron perdices”, pero para ello tienen que dejar el resentimiento, el vacío y la desolación mediante la historia mitológica que simboliza sus vidas.

Walt Disney dio su salto al cine en 1938 con el estreno de Blancanieves y los siete enanitos nutriéndose de cuentos populares y leyendas europeas, un paso que después continuaría en cada una de las películas Disney que hoy recordamos como clásicas: La bellla durmiente, Cenicienta, Hércules… Así pues, podemos ver en Moore un Renacimiento de la animación en toda regla, ya que casi cien años después el espíritu de aquel artista que sentó las reglas del cine de animación, ahora en Irlanda se está haciendo uno con el mismo espíritu y reglas que se utilizaban en su origen (si bien, ya los lógicos recursos modernos), mientras la compañía Disney actual aboga por expandirse en todos los mercados posibles y ya no cuida tanto de un estilo que le valió convertirse en un género en sí mismo.

Moore sólo ha dirigido tres películas, así que habrá que esperar unos años para ver si el fenómeno se expande por toda Europa creando una escuela de animación cuidada y alternativa a la que se irán uniendo más directores, o si en el futuro sólo se recordará como “un tipo que le puso muchas ganas, pero que claro, trabajaba un nicho en el que no le importaba a nadie” como diría algún que otro cuñao, de llegar conocer su figura

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