Cine | El derecho a la memoria del infierno

Por Angelo Nero

“Migas de pan” (2016) Manane Rodríguez. Con Justina Bustos, Cecilia Roth, Ernesto Chao, Quique Fernández, Ulises Di Roma, Artur Trillo, Laura de Benito, Sonia Méndez, Patxi Bisquert, Margarita Musto

El cine, como la más moderna de las artes, bebe de las fuentes de la memoria, de la particular y de la colectiva –o más exactamente, de la particular a la colectiva- y si los artistas de la antigüedad quisieron plasmar sus realidades y sus sueños (a menudo mezcladas las unas con las otras) a través de la pintura y de la escritura, recreando historias en las que, de algún modo, fueron espectadores o protagonistas, también el celuloide, desde sus inicios, buscó articular esa memoria, esa pulsión de “yo estuve allí”, a través de relatos interesados en poner a su favor –y por ello mintiendo o exagerando deliberadamente muchos de ellos- al receptor de esa obra, al que han trabajado a través de los sentidos (ese “interpretar las imágenes con la piel”, del que hablaba ayer Oliver Laxe), para abrir un debate sobre lo que pasó y, con frecuencia, sobre cómo evitar que vuelva a pasar.

De todo esto, y de muchas cosas más, habla la última película de Manane Rodríguez, a la que recordamos, sobretodo, por otra incursión de cirujana de la memoria, con “Los pasos perdidos” (2001) protagonizada por Federico Luppi, Concha Velasco e Irene Visedo, cuya carrera cinematográfica ha transcurrido, prácticamente por entero, en el estado español, comenzando como ayudante de direción de Berlanga y fundando, en los noventa, una productora en A Coruña, realizando también un notable documental “Memorias Rotas (A balada do comandante Moreno)”, uno de esos testimonios imprescindibles de los que está tan necesitado nuestro país.

En “Migas de pan” nos cuenta una historia ficticia pero, desgraciadamente, no de ficción, ya que el sufrimiento de Liliana es la réplica del que sufrieron muchas víctimas de la dictadura uruguaya, que gobernó con manos de hierro la República Oriental de 1973 a 1985, y que golpeó a los militantes de las organizaciones de izquierda, con especial saña a los jóvenes y a las mujeres, que, con el tiempo, ofrecieron los testimonios más crudos de su cautiverio, ya que la tortura fue una práctica común e institucionalizad, un instrumento de terror en manos de un estado que buscaba quebrar cualquier tentativa de respuesta a su régimen. Precisamente este es uno de los puntos más criticados del film, el de la crudeza de sus imágenes, en lo explícito de la muestra de esta práctica bárbara de los militares uruguayos, que formaba parte de un mecanismo de terror que el rector de la Universidad de Montevideo, Óscar Maggiolo resumía así:

Baste decir que en Uruguay, uno de cada cuatrocientos habitantes está preso por razones políticas; uno de cada cuarenta habitantes ha sido detenido por las mismas causas; uno de cada sesenta habitantes, ha sido torturado, y uno de cada cinco habitantes, ha emigrado del país en los últimos cinco años buscando trabajo y seguridad para él y sus hijos.”

Como señalaba también Benedetti, este engranaje siniestro operaba de tal manera que una persona detenida, y no digamos si había sido torturada, contaminaba a su entorno, a sus amigos y familiares, estuviera implicado en la resistencia o no, con el miedo a caer en manos del ejército o de la policía, que esto les vacunaba para obedecer ciegamente, algo que conocemos muy bien también en este lado del mundo, donde el terror fascista paralizó, después de una represión atroz de cualquier disidencia, a todo el estado durante cuarenta años.

La historia surgió, según cuenta la directora, de la denuncia que un grupo de mujeres hicieron, cuarenta años después de haberlas sufridas, de las violaciones y torturas a las que fueron sometidas por los militares uruguayos, y que fueron juzgados gracias a la llegada a la presidencia de José Mujica, que también sufrió en sus carnes su oposición (en este caso armada) a la dictadura, y que permaneció en prisión, en calidad de rehén, quince años (once de ellos incomunicado).

El título del film, tal como cuenta Manane, tiene una historia particular, que se muestra transversalmente en la etapa en la que Liliana sufre los rigores de la cárcel: “Eran un elemento que las presas usaban constantemente para hacer muñecos, para hacer diversas artesanías y, también en el caso de la película, en una bola de miga de pan a las presas que estaban en la celda de castigo, le metían una semillita para que pudieran saber que estaban con ellas, que no estaban solas”. Aunque también está basado en un libro de Ivan Trias donde habla sobre las diferentes marcas que las personas dejan en la vida. “De alguna manera desde el presente vas al pasado, y para ir al pasado tenés que transitar las marcas que hiciste, si las marcas las hiciste con pan el camino es más complicado”.

 

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