Cine | Chewie, estamos en casa. Star Wars y la nostalgia

Por Olmo Masa

“La fuerza está aún con nosotros” explicaba el periodista norteamericano David A. Kaplan a finales de los 90 cuando un entusiasmado público asistía en Manhattan a la reproducción de un maratón-homenaje de la trilogía Star Wars. La fuerza y la estética Star Wars nunca nos ha abandonado realmente, y en esta década podemos certificar su presencia con el estreno de una nueva trilogía (secuela de la saga original). Star Wars ya no es simplemente un “pastiche” –una forma ahistórica, no crítica y nostálgica de aproximarse al pasado como estilo desprovisto de contexto, según el teórico cultural Frederic Jameson– de lo antiguo, sino que es un pastiche de sí misma: un constante “revival” de personajes, vestidos, lugares y guiones que pretenden resucitar no sólo la experiencia de la saga original sino también de su huella en la cultura popular.

Para hacernos una idea más concreta de lo que el crítico marxista entendía por pastiche podemos hacer referencia al concepto de “parodia”. Esta representa una mímica o copia de un estilo o discurso, de una determinada forma o registro, cuyo sentido reside en enfatizar la especificidad que hace a ese registro distintivo, haciendo explícita así su arbitrariedad. Parodiar implica realzar una excentricidad que se convierte en una mueca cómica, que deja implícito el hecho de que existe un hablar cotidiano más vulgar o popular. El pastiche supone una forma distinta de relacionarse con aquello que se representa. La reproducción del estilo se transforma en el fin de la representación, y en lugar de descubrir sus posibilidades cómicas se centra en sumergirnos completamente en sus formas. El porqué a este revés lo explica Jameson, entre otros, en El giro cultural al que nuestra sociedad habría sucumbido. Aquí no hay capacidad de una representación cómica o satírica porque no hay un estándar de la producción artística, literaria o cultural a que atenerse. Lo que debería ser motivo de celebración –la obsolescencia de la distinción entra alta y baja cultura– es para este intelectual un síntoma de la imposibilidad de reproducir críticamente discursos o formas pertenecientes al pasado por la fragmentación de estilos y formatos en que nos hallamos inmersos.

– “¿Hay algo que quieras decirle a la audiencia o al mundo sobre El último Jedi en comparación a las otras películas?”

– “Es la más larga.”

Así respondía Mark Hamill (actor que da vida a Luke Skywalker) a una pregunta formulada por un periodista. Cuando un producto cultural “pastichiza”, como en este caso, una franquicia cinematográfica de los 70-80 lo hace de una forma que es necesariamente contemplativa y pasiva. La herramienta que utiliza este film es la metonimia, una figura literaria que según la RAE consiste en designar algo con el nombre de otra cosa tomando el efecto por la causa o viceversa. Es decir, Star Wars es en Jameson una película nostálgica obviamente no porque apele a un pasado transgaláctico sino porque fue capaz de revivir en toda una generación de americanos las sensaciones sentidas al ver las series y telefilmes de alienígenas de los 50. Esta fuerza metonímica está presente en la más reciente trilogía de Star Wars al apelar al recuerdo colectivo de una franquicia con un fuerte impacto intergeneracional en la cultura popular. Pero también al recuperar nostálgicamente una estética en las ropas y formas de las naves (al contrario que la segunda trilogía de los 2000) así como rescatar actores, tramas y personajes –Han Solo, Leia  y Luke reaparecen a pesar de que sólo el papel del último es principal– de la serie de películas original. Rogue One, una “intercuela” en este caso, destaca en este aspecto de resucitar incluso a aquellos que ya no existen físicamente a través de la “Imagen generada por computadora” (CIG en sus siglas en inglés) o la traslación de caras de actores fallecidos a nuevos modelos, a cargo de la productora “Industrial Light and Magic” (ILM).

Esta mirada nostálgica es por lo general compartida por cualquier obra dentro del género del “remake” que sacude la industria cinematográfica reciente. El teórico de los estudios norteamericanos Frank Kelleter ofrece un enfoque que apunta a pautas de la producción cultural más allá de la fase histórica concebida por Jameson como “posmodernidad”. Así, aboga por comprender el remake como algo más que una mera copia, ampliando su contenido en dos sentidos: enfatizando el cambio contextual de la adaptación, y entendiendo la “serialidad” como principio organizador de la cultura popular. En primer lugar, Star Wars como remake en forma de secuela es expresión de las transformaciones en las relaciones sociales y formaciones discursivas que rodean su realización. De esta manera obtenemos pistas para entender la inclusión de actores no blancos en el reparto o el rol más protagónico desempeñado por los personajes femeninos. En segundo lugar, la producción cultural destinada al consumo de masas invita por su propia naturaleza a la reinvención permanente, es inherentemente autorreferencial tanto por su lógica narrativa como por su lógica comercial. Los episodios VII y VIII tienen un componente reflexivo al certificar la vigencia de la trama Star Wars y, más destacadamente, al definir cuál de entre las posibles narrativas –el mundo fan de Star Wars destaca por la infinidad de universos paralelos creados por escritores, seguidores, etc.– es autorizada como historia oficial.

Probablemente las nuevas entregas de esta saga combinan algo de pastiche vacío de crítica, de innovación con historia propia, y de abastecimiento a un mercado que sigue demandando. Lo que parece claro es que la fuerza es y seguirá estando con nosotros.

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