Cine | 120 años del Einstein del cine

Por Jose Aurelio Atenza

El pasado lunes, se conmemoraba el 120º aniversario del nacimiento de uno de los mayores genios de la historia del s. XX, el cineasta Sergei Eisenstein (para el 120º aniversario de Einstein aún tendremos que esperar hasta 2075).

Eisenstein en sus primeros años

El director ruso es una de las figuras más importantes en la historia del cine, su obra más reconocida: “El acorazado Potemkin” es con diferencia la película más estudiada en todas las escuelas de cine y facultades de comunicación, siendo todo un hito y convirtiendo a su autor en el inventor del montaje en el cine, un trabajo que allá por 1925, tenía que desarrollar a mano y dejaría la película en un resultado final de 1298 planos y 125 rótulos.

Quizás es por esta exhaustividad de Eisenstein su falta de popularidad entre el común de los mortales, ya que en cuanto a planos la tendencia actual es hacer cuantos menos mejor, sin por ello dejar de suponer una falta de curro del director, el ejemplo más claro es Birdman” de González Iñárritu, que arrasó en los Óscars siendo una película en plano-secuencia (es decir, todo grabado sin parar). Otra de las razones puede ser que el cine mudo no tiene mucho éxito a estas alturas de la historia, aunque “The Artist” también arrasó en los Óscars siguiendo un esquema de cine mudo e imágenes en blanco y negro. Nada de esto fue en realidad lo que llevó a Eisenstein a la cumbre de la historia del cine, lo que le hizo destacar sobre todo lo anterior y posterior fue su carácter revolucionario: sus obras no tenían protagonistas, sus actores no eran profesionales, era el pueblo haciendo cine a partir de sus ideas.

Eisenstein nace en Letonia 1898, es un periodo muy especial, ya que años después se desarrollarían todas las causas que originan la Revolución Rusa y el nacimiento de la Unión Soviética. Y como todo gran movimiento histórico, con él nace un movimiento artístico: el constructivismo. El constructivismo supone dar la vuelta a todo hasta entonces, el arte ya no es un señor con bombín interpretando la alegoría grecolatina de tal ninfa en sfumatto, paisajes hechos a base de puntos para generar sensaciones ópticas o algún delirio de una noche de absenta plasmado en un lienzo. El arte son carteles en la calle, son textos directos, son dibujos rectos y sin complicaciones con un diálogo entre el espectador y la revolución, el arte ha sido creado para la masa por primera vez desde hacía siglos y todos podían disfrutar de él, pero el arte es crudo, como la vida misma.

“No bebas papá” de Pável Bulánov (1929)

 

“Las medallas de Alemania” de Nikolai Denisovskii (1944)

En este contexto se desarrolla Eisenstein, el foco de sus obras no está en unos personajes a través de los cuales se desarrolla la acción, sino que es la acción la que surge del conjunto de los personajes o la que los aborda por sorpresa, las historias ocurren y ello afecta a las personas, no hay personalismos. Este último punto es, supuestamente, el origen de la disputa ideológica con Stalin, con quien comparte la fascinación de la relación propaganda-cine, pero con quien diferiría sobre el punto de vista, siendo el comisario político un defensor de la figura de los líderes del pueblo tan desestimada por Eisenstein. La prueba de lo último está en su película “La huelga” en la que a pesar de que aparecen figuras como Lenin o Kerensky, dado que tras la caída en desgracia de la figura de Trotski, todos los planos en los que aparecía su figura fueron excluidos de la película, teniendo Eisenstein que cortar tres cuartos de hora del metraje original.

En 1930, Eisenstein visitó Europa y América en búsqueda de perfeccionar el sonido de su obra, un tema que en la Unión Soviética no estaba muy desarrollado. Durante su paso por Estados Unidos llegó a firmar un acuerdo con la Paramount para relizar con ellos dos proyectos, aunque Hollywood no le dejó desarrollarlos finalmente por sus ideales políticos llamándole “ese perro rojo”. Eisenstein decidió irse de Estados Unidos antes de que su fama afectase negativamente a los pocos amigos que había hecho en el país, entre ellos Charles Chaplin.

Tras ello visitaría México, donde al poco de llegar sería detenido y encarcelado acusado de ser un espía alemán (?) y sería liberado poco tiempo después cuando algunos amigos le pagaron la fianza, entre ellos el mismísimo Albert Einstein (sí, esta vez el científico y no una falsa confusión).

Mientras Eisenstein recorría mundo, un importante número de sus compañeros artistas del constructivismo ruso terminaron en Siberia y el arte del pueblo para el pueblo se reinterpretaba según las teorías estéticas y narrativas de Stalin y el Politburó de la época.

Eisentein volvió a la URSS en 1935, y aunque no terminó tan mal como alguno de sus antiguos compañeros, sí que tuvo que enfrentarse a la censura soviética en una oleada estética en la que no encajaba. A medio caballo entre un héroe nacional y un artista pasado de moda, Sergei Eisenstein pasó el resto de su vida inmerso en una terrible depresión hasta que murió en 1948 por una hemorragia derivada de un infarto a los exactamente 50 años de edad, algo que se conmemorará los 120 años el 22 de enero de 2068.

Aunque su nombre y el conjunto de su obra no haya calado mucho en el común de los mortales, una de sus escenas sí que tiene una enorme presencia en el imaginario colectivo, la escena de las escaleras de Odessa en “El acorazado Potemkin”, una escena que improvisó por completo.

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