Ciento diez años con Miguel Hernández

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Por Javier Delgado Gallego

Sobre la cuna de una ciudad, a poca altura del mar,

nacen las palabras de un poeta.

Su aliento nace para emborronar los rigores del invierno

y su pluma, escondida en el zurrón,

vuela sobre el papel para abandonar el campo

y dibujar el cielo.

De esas fotos en blanco y negro y sepia,

a pesar de la crisis que arrastra a los de siempre,

emerge la figura donde se perfila la carrera de fondo

de un poeta que siempre quiso serlo.

Lector empedernido de los clásicos,

amigo de canónigos y huerta, de las cabras,

de su patio de gateo y pataletas,

de las montañas con destellos de verdad,

de ese rayo que no cesa.

Mampostero de la palabra sobre cuero y esparto.

Constructor de un nuevo mundo diseñado

con las palabras adecuadas, sin miedo, despacio.

El rayo lo apagó la sinrazón en una prisión de Alicante

por cantar nanas y llamar “hombres viejos”

a los católicos políticos del hambre.

Poeta yuntero, ¡que no descuelguen tu voz de las calles!,

si lo hacen, no llegarán al pueblo, ¡por eso lo hacen!

Por eso es indispensable que tu voz suba y baje

y entre y organice este cajón donde el escorpión y la araña

aún gritan a empujones ¡¡viva la patria!!


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