Chile regresa al laboratorio liberal con la victoria de Kast

El triunfo de Kast no es un accidente electoral, sino el reflejo de un descontento social por las promesas de transformación de Boric.

Por Ernesto Vílchez | 15/12/2025

En un giro que marca el fin de un mandato socialdemócrata fallido, José Antonio Kast, el líder del Partido Republicano, se ha impuesto en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales chilenas con un 58,17% de los votos, derrotando a la candidata oficialista Jeannette Jara.

Esta victoria, confirmada por el Servicio Electoral (Servel) tras el escrutinio del 99,89% de las mesas, representa un rechazo al legado de Gabriel Boric, cuyo mandato de cuatro años se caracterizó por una tibieza reformista que dejó insatisfechas las demandas de un pueblo trabajador agotado por la precariedad económica.

El triunfo de Kast no es un accidente electoral, sino el reflejo de un descontento profundo. Boric llegó al poder en 2021 con promesas de transformación –aumentos en pensiones, fortalecimiento del Estado en salud y educación, y una reforma tributaria para redistribuir la riqueza–, pero su gobierno se diluyó en concesiones a la élite empresarial y una implementación a medias que no logró contener la inflación ni la desigualdad galopante. Con Kast en el poder a partir de marzo de 2026, Chile reabre las puertas a un experimento ultraliberal que posicionará al país, una vez más, como el laboratorio económico de América del Sur.

El nuevo Presidente aboga por un regreso a la desregulación sin filtros. Durante su campaña, Kast no ocultó su adhesión al fundamentalismo de mercado, inspirado en figuras como Javier Milei de Argentina, quien celebró públicamente el triunfo de su «amigo» chileno.

Sus propuestas económicas, enmarcadas en un «gobierno de emergencia» con énfasis en la austeridad y la eficiencia, generaron polémica inmediata por su potencial para exacerbar la brecha social. Entre las más controvertidas destacan el recorte fiscal masivo de 6.000 millones en 18 meses. Kast promete reducir la inversión pública en dos tercios mediante la eliminación de «abusos» estatales, como regulaciones en licencias médicas y despidos de funcionarios.

Otra promesa polémica es la eliminación del «préstamo al Estado» en pensiones. Esta medida revierte el pilar de la reforma previsional de Boric, eliminando el 1,5% de las cotizaciones que financiaba un fondo estatal para mejorar jubilaciones.

Jeannette Jara y Tomás Hirsch denunciaron que equivaldría a «echar por tierra un acuerdo transversal», dejando a los adultos mayores en la miseria al priorizar cuentas individuales de AFP que benefician a los altos ingresos.

Los críticos advierten que Kast aplicará un plan de privatización encubierta en salud y educación. Bajo el «Plan Zero» para listas de espera, Kast propone derivar masivamente pacientes a clínicas privadas, reformando además el estatuto laboral de funcionarios sanitarios para acabar con «privilegios gremiales». En educación, su agenda incluye la desregulación de aranceles universitarios, lo que algunos expertos ven como un retroceso al modelo de los 90, donde el acceso se convierte en privilegio de quienes pagan.

Estas ideas, aliadas a un endurecimiento penal en seguridad –como el «Plan Implacable» con cárceles de máxima seguridad y deportaciones masivas de migrantes irregulares–, pintan un panorama de «mano dura» que oculta su núcleo: un Estado mínimo al servicio del capital privado.

El impacto en las condiciones materiales de la clase trabajadora no será abstracto, sino palpable y devastador. Las medidas privatizadoras de Kast, enmarcadas en un fundamentalismo de mercado que ve al Estado como enemigo, golpearán donde más duele: en el bolsillo y la dignidad.

Kast acelera el motor neoliberal sin frenos, dando lugar a un laboratorio liberal renacido. Con su llegada a La Moneda, Chile no solo gira a la derecha, sino que se convierte en el nuevo referente ultraliberal del continente, emulando la terapia de choque de Milei y atrayendo elogios de think tanks como la Fundación Heritage. Pero este laboratorio ya probó su fracaso: la desigualdad que explotó en 2019 no fue un accidente, sino el legado de privatizaciones que Kast quiere revivir.

La clase trabajadora, motor del cambio social, ahora enfrenta un nuevo desafío. El pueblo chileno, que soñó con dignidad en las calles hace seis años, deberá volver a esa senda de lucha.

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