Chile: la historia es nuestra y la hacen los pueblos

Salvar Al Garito IOSIF

“Quiero señalar ante la historia el hecho trascendental que ustedes han realizado derrotando la soberbia del dinero, la presión y la amenaza, la información deformada, la campaña del terror, de la insidia y la maldad.”

Los revolucionarios nunca han generado la violencia. Han sido los sectores de los grupos golpeados por la revolución los que generan la violencia en la contrarrevolución.

Salvador Allende

“Salvador Allende demostró más dignidad, más honor, más valor y más heroísmo que todos los militares fascistas juntos. Su gesto de grandeza incomparable, hundió para siempre en la ignominia a Pinochet y sus cómplices”.

“El presidente Allende comprendía las dificultades y vislumbraba los peligros; veía nacer el fascismo, veía sucederse las conspiraciones unas tras otras. Y frente a aquel conjunto de fuerzas creadas y alentadas por el imperialismo, solo le quedaba aquella disposición de ánimo, aquella decisión de defender el proceso al precio de su propia vida”.

Fidel Castro

Por Daniel Seixo

Un año de Estallido social en Chile, un año desde que la subida de la tarifa del sistema público de transporte de Santiago, hacía estallar por los aires el experimento ultraliberal iniciado con el golpe de estado propiciado al gobierno de Unidad Popular de Salvador Allende por elementos reaccionarios internos y externos al propio país Sudamericano. En ocasiones las revoluciones son meros momentos de violencia que propician un estallido social que logra condensar en su interior toda la rabia contenida por un cuerpo social oprimido y maltratado, actos espontáneos que superan cualquier preparación teórica y política y arrastran a sus protagonistas a un devenir de acontecimientos frenéticos capaz de marcar el peso de la historia, mientras que en otras coyunturas la revolución es un cantar, un susurro callejero, silencioso pero incesante, un pensamiento, un ideal, un sentir que se articula generación tras generación en el pueblo y que pese a poder ser acallado durante un breve período por la barbarie y la violencia inusitada de la siempre atenta reacción de las fuerzas conservadoras, nunca logra ser totalmente silenciado. Son esas revoluciones, las gestadas a fuego lento en cada barrio y que acostumbrar a sobrevivir incluso cuando sus ascuas son invisibles al común de los mortales, las que vale la pena pelear hasta el final, con corazón, con pasión, pero muy especialmente con la razón que caracteriza la lucha de los pueblos dignos y libres.

El aumento de las tarifas de metro en Chile supuso simplemente el detonador necesario, como también lo podrían haber supuesto el paso de una serie de colas para conseguir pan que se transforman en manifestaciones improvisadas o la publicación de un decreto de movilización que obliga a marchar al obrero a una guerra absurda con la que mantener un territorio que ni conoce, ni siente como propio. El descontento social y la rabia proletaria terminan siempre encontrando la forma de canalizarse contra el poder establecido, especialmente cuando este se muestra tiránico y hace oídos sordos a las habitualmente comprensibles reivindicaciones materiales del pueblo. Eso sucedió en Chile durante el mes de octubre del pasado año y continuará sucediendo en muchas otras coordenadas de nuestro planeta mientras el sistema social y económico convierta a amplios espectros sociales en meros productos y cifras con las que mercadear y apostar para obtener rápidos beneficios. Los actos de evasión en el metro y la reacción desproporcionada de Sebastián Piñera son un clásico atemporal de los estallidos sociales, la camiseta negra del armario de toda revolución, se comienza con un acto simbólico de protesta que simplemente busca llamar la atención del gobierno electo y este lejos de responder con sensatez y siendo consciente de que supone tan solo un órgano democrático representativo del poder popular en las instituciones, decide actuar con arrogancia y mano dura. En Chile ese clásico se gestó con la represión en las estaciones del ferrocarril subterráneo, el anuncio del entonces ministro del Interior, Andrés Chadwick, de medidas legales represivas contra los manifestantes en virtud de la Ley de Seguridad del Estado –tan querida y requerida por Augusto Pinochet durante su mandato– y para rematar la ecuación, mediante otro arrebato de locura y represión de “Los Pacos” en cada plaza y callejuela del país persiguiendo como en sus mejores tiempos al disidente, a todo aquel que se atreve a mostrarse como algo más que un simple ciudadano dócil y sumiso al poder establecido. No en vano, si existe una mención a una policía loca y con tendencias homicidas en el continente, el cuerpo de Carabineros chileno sin duda tendría serias oportunidades de hacerse de forma habitual con ella.

Un año de movilizaciones masivas y músculo callejero ha hecho recordar de nuevo al pueblo chileno que resulta posible la edificación de un mundo nuevo desde la política real, esa que une a diferentes pulsiones en las plazas, en las calles y también en las urnas

Piñera demostró de este modo no ser más que otro gobernante ineficiente y endiosado destinado a pasar a la historia como el personaje político que comandó la caída definitiva de un régimen económico temerario y perjudicial para el común de los trabajadores chilenos. No son pocos los que todavía hoy en el país andino piensan en el gobierno de Unidad Popular con una mezcla de nostalgia y rabia contenida por lo que puedo ser y no fue, la figura de Salvador Allende simboliza la revolución gestada desde el amor y la tolerancia, el intento de un pueblo digno y valiente por llegar al poder para cambiarlo todo sin el uso del peso de las armas, renunciando con ello a ejercer un poder armado que le pertenecía, pero que repudiaba siendo consciente del daño que el ejercicio del mismo le hubiese supuesto a una patria que vio como la revolución también podía finalmente llegar a gestarse urnas mediante. El 26 de octubre Salvador Allende es ratificado por el Congreso en Pleno como presidente electo de Chile, pese al asesinato de René Schneider, pese al clima de violencia reaccionario en las calles y las gestiones en la sombra de la CIA, el socialismo llegaba al país fruto de la voluntad popular de sus habitantes. El Poder Judicial y Democracia Cristiana pondrían piedras en el camino del presidente Allende y de su gobierno de unidad desde un principio, pero el Chile que despertaba en aquel momento era un Chile valiente, un país sin miedo y decidido, sin duda Allende era entonces el mejor dirigente posible para estar al cargo de los retos que al estado le esperaban.

Durante los escasos tres años del mandato de Salvador Allende al frente del pueblo chileno, el gobernante de Unidad Popular impulsó las nacionalizaciones del cobre, hierro y el salitre, así como la industria del carbón y la banca, el estado chileno llegó a contar con el 80% por ciento del sector industrial del país bajo manos públicas. Se decretó la prohibición de la posesión de tierras por encima de 80 hectáreas por persona y se entregaron tierras a más de 200.000 campesinos poniendo fin de este modo al latifundismo en el rural chileno. El PIB el país llegó al 8,6 por ciento y en 1970 pasó del 34,9 al 22,1 por ciento. Al mismo tiempo que mejoraron los datos macroeconómicos, los obreros alcanzaron un mayor peso en las fábricas y empresas. Se trabajó de cara a un significativo aumento del acceso a la educación y en el ámbito universitario el acceso a las facultades creció un 89 por ciento gracias a numerosas becas a los estudiantes, especialmente reseñable el acceso de los niños y niñas indígenas a los estudios por primera vez de forma generalizada. Con el programa de alimentación se llegó a cubrir al 80 por ciento de los centros educativos y se creó un centro de atención médica por cada 400.000 habitantes. El gobierno de Salvador Allende propició la igualdad social en todos los ámbitos al tiempo que respetó las libertades políticas y profundizó firmemente en el camino revolucionario para lograr avanzar cara al socialismo que el propio Allende se había fijado como senda inescrutable para Chile tras su compromiso en las urnas con el pueblo.

Son esas revoluciones, las gestadas a fuego lento en cada barrio y que acostumbrar a sobrevivir incluso cuando sus ascuas son invisibles al común de los mortales, las que vale la pena pelear hasta el final

El resto es una historia escrita sobre la razón con muerte, violencia y un desprecio total y absoluto por la inteligencia y el amor a un pueblo que se ha acostumbrado por ello a sufrir, pero nunca a guardar silencio. “Misión cumplida. La Moneda tomada. Presidente muerto”, con esas palabras del general Javier Palacios dirigidas al Almirante Patricio Carvajal, pretendían los militares chilenos poner fin a una revolución cimentada con cantares, susurros silenciosos e incesantes en cada callejón, pensamientos y un ideal que todavía hoy no han podido erradicar del pueblo chileno ni los años de cruel dictadura de Augusto Pinochet, ni la demencial receta de shock de los Chicago Boys y su experimento chileno, y ni tan siquiera los más de 3.000 asesinados y desaparecidos. Hoy en la Constitución de 1980 de Chile se consagra el rol subsidiario del Estado, dibujando de este modo un país en el que más del 30 por ciento de la población es económicamente vulnerable y en el que la desigualdad de ingresos sigue siendo elevada mientas el costo de la vida se encarece al tiempo que las riquezas se concentran en cada vez menos manos. Un país cuya educación y sanidad está en manos de un sector privado al que la población le importa poco menos que como un ente con el que ejercer una política extractivismo, la demencial herencia de Pinochet hace que ante esto el estado no pueda sino esperar a que la vida económica y social del país de suma en la ruina para suplicar y pelear en los tribunales por una oportunidad para arreglar las cosas. La iniciativa privada es de hecho el gobierno de facto en Chile, las urnas simplemente son parte de un macabro sainete con el que perpetuar las andanzas pinochetistas sin que la soberanía real dependa de un modo u otro de las decisiones que en ellas se toman. En un mundo de dominio de las falsas democracias burguesas, el ejemplo de Chile es el summum de la farsa neoliberal, la consagración por herencia impuesta de un modelo específico e inmutable de sociedad.

Así ha sido hasta el momento, hasta que un año de movilizaciones masivas y músculo callejero ha hecho recordar de nuevo al pueblo chileno que resulta posible la edificación de un mundo nuevo desde la política real, esa que une a diferentes pulsiones en las plazas, en las calles y también en las urnas. Una política alejada de la espantada populista a la que nos estamos acostumbrando en occidente y que se edifica desde la rabia, pero también desde el amor por un país, por una clase social y un destino compartido. Algo tan inocente en apariencia como un billete de metro, ha sido capaz de recordar a toda una nación que no están solos, que un pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo nunca debe dejarse arrasar ni acribillar pero tampoco puede un pueblo humillarse. Por eso hoy, al igual que Salvador Allende, cuando consciente de vivir sus últimos momentos en La Moneda decidió dirigirse al pueblo chileno, tengo fe en Chile y en los trabajadores de esa patria y su destino. Sé que ellos son los hombres y mujeres que pasarán a la historia por superar el eterno momento gris y amargo de su país, poniendo fin mediante un plebiscito a la Constitución redactada por el traidor régimen militar deAugusto Pinochet. Hoy, 24 de octubre de 2020, de nuevo se abren las grandes alamedas por donde pasará el hombre libre para construir una sociedad mejor. El hombre digno y leal con los trabajadores que fue Salvador Allende los escucha, está con ustedes.

¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores! 


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