Cerca de tu casa

Por SeixoDani

“Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación.”

Constitución Española

 

Eso era todo lo que un hombre necesitaba: esperanza. Era la falta de esperanza lo que hundía a un hombre.

Charles Bukowski

Se llamaba Alicia y tenía 65 años. Realmente no tengo muchos más datos sobre ella, solamente sé que vivía en el madrileño barrio de Chamberí y que ayer, justo antes de que la comisión judicial y la Policía Municipal llamase a la puerta de su vivienda para desahuciarla, “decidió” suicidarse precipitándose al vacío desde un quinto piso. Con total seguridad, Alicia no ocupará los titulares, no recorrerán las calles de nuestras ciudades grandes manifestaciones en su nombre y su muerte, no servirá para cambiar significativamente nada en todo este gran circo. Mucho antes de que Alicia se viese forzada a saltar al vacío, la sociedad ya había dibujado su destino. Una sociedad de consumo deshumanizada, capaz de negociar con la vida y la muerte, capaz de llamar a tu puerta para expulsarte de tu hogar sin mirar atrás, sin reparar en las fotos de toda una vida en el último cajón de la mesilla de noche, sin notar las lagrimas de toda una semana sobre la almohada viendo tan cerca el abismo o la soledad e impotencia de una persona mayor que no ha sabido como reaccionar a un mundo que desconoce. A un barrio, que hace tiempo no es el suyo.

Algunos dirán que existían alternativas, citarán leyes o medidas paliativas o incluso prometerán cambios políticos estéticos pero poco efectivos. Pocos se pararán demasiado en mirar a su alrededor y ver el verdadero problema: el uso de la vivienda –nuestros hogares– como un mero bien especulativo. Otra muesca en el Garrote vil de un sistema económico y social, en el que el rendimiento monetario es el único fin. Vivimos inmersos en una realidad en la que al tiempo que el supuesto nuevo progresismo aprueba mega proyectos como la Operación Chamartín, el propio Chamberí es nombrado como “uno de los barrios más molones” del mundo y la especulación inmobiliaria en la capital salpica a la familia Aznar o incluso a la oposición venezolana, los barrios madrileños se desangran.  Airbnb, restaurantes veganos a veinte euros el plato, librerías étnicas, cafeterías ecológicas y un microcosmos de etiquetas deshumanizadas en forma de bloques de edificios que de una forma más o menos directa, han contribuido a empujar a Alicia al vacío con sus dinámicas económicas alejadas del uso social del suelo.

Ninguno de nosotros parece haberse parado a recapacitar durante un segundo en la gravedad de un desahucio, en el sinsentido de dejar en la calle a una persona para entregarle las llaves de su vivienda a un banco, un fondo buitre o un gran inversor. Me da igual, me resulta indiferente que cabeza de la hidra es esta vez la que ha propiciado un nuevo mordisco mortal a la clase social trabajadora. Conocer su nombre o su condición particular, únicamente podría servir para plasmar una cifra más o menos exacta de la parte del rescate bancario que ha ido a parar a sus bolsillos, pero… ¿Para qúe? ¿Acaso alguno de nosotros va a salir a la calle para exigirles que nos devuelvan lo que nos robaron? ¿Acaso alguno de vosotros se ha planteado en plena resaca del Balck Friday la paradoja de que su crisis los ha fortalecido mientras Alicia era obligada a precipitarse al vacío?

No voy a entrar una vez más en un baile de cifras, en el discurso de una vivienda pública al servicio de la ciudadanía o en el insulto de un cuerpo de seguridad público formando parte de un desahucio. Me niego a hacerlo, me niego a seguir plasmando palabras sobre un papel, cuando el sonido del cuerpo de Alicia impactando violentamente contra el techo de una furgoneta no ha conseguido despertar a todo un pueblo.

El alquiler de Alicia con Apartamentos Galileo –una empresa que tiene numerosos estudios céntricos– era de 500 euros al mes, una cantidad irrisoria para todos aquellos que se niegan a subir nuestro SMI, nuestras pensiones o a invertir más en vivienda pública, pero una cantidad suficientemente lejana mes a mes para una señora madrileña de 65 años a la que le gustaba salir a tomar un café todas las tardes con sus amigas.

Contaba recientemente el periodista Ramón lobo, que le encantaba cruzar por la plaza Mayor con su carrito de compra, rompiendo el clímax turístico del centro de Madrid. Serán únicamente personas como él las que mañana recuerden la muerte de una vecina. Esos que poco a poco ven como sus barrios del centro de la capital son invadidos por diversas iniciativas especulativas y por una clase social privilegiada, que antaño los abandonó temerosos de los yonkis, las putas o los rateros que los poblaban, pero que ahora regresan a ellos -atraídos por las galerías de arte y la curiosa y desenfrenada vida nocturna- expulsando si resulta necesario para ello a todos aquellos que entonces se quedaron para fraguar una vida en sus calles. Los turistas, los posmodernos de toda condición, los hipsters, todos aquellos que buscan definirse mercantilmente en una sociedad desclasada y deshumanizada, no recordarán a Alicia al pisar las calles en donde perdió su vida, ni meditarán acerca del charco de sangre en el que los vestigios de su clase social se hundió fruto de la presión urbanística. Se seguirán vendiendo magdalenas de colores a diez euros la pieza, los carriles bici supondrán el late motiv de la nueva política y los artistas urbanos dibujarán un caro arte cada vez con menor sentimiento en su calles. Llegarán otras Alicias, nuevos desahucios, nuevos vecinos… y las calles seguirán vacías. Sin ruido, sin ansias de cambio, sin esperanza, quizás ya sin alma, dado que en algún momento, no muy bien definido, no exacto, le hemos puesto precio también a esto.

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