![]()
Entrevistamos a Cecilia, víctima de abusos durante su niñez a manos de su abuelo: ‘para mí sanar es poder mirar atrás sin temblar todo el tiempo’.
Por Isabel Ginés | 22/10/2025
Antes de empezar, quiero agradecerte la entrevista se que es duro, y darte las gracias porque hayas decidido compartir tu historia. Sé que hablar de lo que viviste no es fácil, y quiero ¿Cómo te sientes ahora?
Estoy nerviosa, porque hablar de esto siempre remueve cosas… duele mucho, es una vida marcada con el dolor y el miedo pero al mismo tiempo siento tranquilidad. Durante muchos años no pude decir nada, así que cada vez que lo hago, de alguna manera me libero un poco más. Nunca deja de doler, pero duele diferente. La ayuda psicológica, amigas y mi madre ha hecho que la huella eterna sea menos pesada.
Antes de hablar de lo que ocurrió, me gustaría empezar por el presente. ¿Cómo es tu vida hoy? ¿Quién eres más allá de lo que viviste?
De normal he estado aislada en mi misma, pensaba que yo era el abuso, solo el abuso, que mi historia era solo eso: el abuso. Hoy tengo 25 años, trabajo en una empresa en la que estoy cómoda y me da para vivir, me gusta leer sobre todo fantasía y clásicos, salir a caminar por la montaña con mis amigas, escuchar música o ir a museos. Yo con mucho esfuerzo estudie bellas artes y filología clásica. Estoy en un proceso de aprender a cuidarme. De no tener miedo de todo. Tengo amigos que me quieren bien y me apoyan en lo que vivo y en mis miedos. No todo es perfecto, tengo días muy malos, pesadillas, bloqueos… pero ya no me definen por completo. Siento que estoy construyendo algo que es mío.
Cuando eras pequeña, aquello ocurrió muy pronto, con solo tres años. ¿Cómo se manifestó ese recuerdo en tu vida? ¿Cuándo empezó a tomar forma en tu conciencia?
A esa edad no lo entendí. El abuelo quiere pasar tiempo contigo a solas te dice que le toques su cosa y tu no sabes que esta mal, te toca a ti y….hasta que duele, duele mucho cuando te introduce los dedos. Cuando mete su cosa en ti…Sangras, duele, lloras y no para. Luego me compraba muñecas, me compraba regalos, chucherías, huevo kinder…No sabía lo que estaba pasando. No lo podía nombrar. Durante mi infancia, tuve muchos bloqueos, terrores nocturnos, miedo a ciertas personas, pero no sabía por qué. Era como si mi cuerpo supiera cosas que mi cabeza no podía recordar. Cuando alguien cerraba la puerta de mi cuarto temblaba muchísimo aunque fuera una amiga. No me concentraba y el pavor de existir. A los quince o dieciséis años empecé a tener flashbacks, fragmentos sueltos, sensaciones físicas muy fuertes que no sabía cómo explicar. Sentía culpa sin entenderla. Un día, en clase, una profesora habló de abuso sexual infantil, y fue como si algo dentro de mí se rompiera y, al mismo tiempo me sentí que eso era lo mío. Empecé a recordar. No de golpe, pero sí con mucha intensidad un dolor tenia jaquecas, vomitaba, me mareaba. Ahí comenzó un camino muy largo de ponerle palabras al dolor.
¿Y cómo fue ese primer momento en el que decidiste hablar de ello por primera vez?
Fue con mi mejor amiga. Teníamos 15 años y una noche me derrumbé. No le conté todo, solo dije: “me hicieron daño cuando era niña, mi abuelo tenia un secreto conmigo, si lo decía se lo haría a mi hermana pequeña y jama hable”. Ella me escuchó en silencio, me abrazó y no me presionó. Me dejó soltarme y llamo a su madre que era doctora, lo conté todo, ellas me salvaron. Ese gesto me salvó. Con mi madre fue la madre de mi amiga, la llamo y en la cocina oí los gritos y lloras de mi madre. No podía creer que el padre de su marido hubiera hecho eso, le destrozo la vida. Denunciamos y de la denuncia y proceso por ahora no puedo hablar, aun estamos en juicio. Después de eso pasaron meses hasta que fui a terapia. Me costaba mucho creerme a mí misma, porque el abuso ocurrió cuando era muy pequeña y tenía miedo de que nadie me creyera. Pero la terapeuta me ayudó a entender que la memoria corporal también habla, que no estoy loca, que mi historia es válida aunque no recuerde cada detalle.
¿Qué sentiste cuando pudiste hablarlo en terapia por primera vez?
Fue como abrir una puerta cerrada durante demasiados años. Tenía miedo, rabia, vergüenza… todo mezclado. Pero también fue la primera vez que alguien me dijo con: “No fue tu culpa. Nunca.” Esa frase me hizo llorar muchísimo. A partir de ahí, empezó un proceso muy duro, pero también liberador. Entendí que callar no me protegía, solo me consumía. Cuando supe detalles, todo fue un puñalada, fue muy duro. Fue terrible. Lo recordé todo y lo estoy sobreviviendo.
¿Cómo ha influido esa experiencia en tu manera de vivir, de relacionarte con los demás?
Influyó en todo. Durante muchos años tuve miedo a que alguien se me acercara demasiado, incluso personas de confianza. El contacto físico me hacía sentir amenazada. Me costaba dormir, me costaba confiar. Tenía relaciones muy marcadas por el miedo al abandono o la traición. Tengo miedo de que me amen por si me hacen algo y eso lo estoy trabajando en terapia. No logro ser tocada sin dolor o miedo. Tengo miedo a espacios cerrados o alguien me toque hombro o pierna.
¿Qué te ha ayudado más en tu proceso de recuperación o de reconstrucción?
Terapia, sin duda. La terapia ha sido mi tabla salvavidas. Que mi madre me creyera y apoyara, no me dejo jamás. Duerme conmigo si tengo miedo o pesadilla, viene a lados cogiendo día libres si sabe que eso me costará…
Muchas veces se habla de “sanar” como si fuera un destino. ¿Qué significa para ti esa palabra?
Para mí sanar no es olvidar. No es que un día me levante y todo esté bien. Sanar es poder respirar sin sentir que me ahogo. Es poder mirar atrás sin temblar todo el tiempo. Dormir del tirón. Es tener herramientas para cuando vuelven las pesadillas. Sanar es recuperar mi voz, mi cuerpo y mi historia. Poder contar mi historia y no temer.
Si ahora mismo alguien que ha vivido una experiencia parecida a la tuya te estuviera escuchando, ¿qué le dirías?
Le diría que no tiene la culpa. No merecíamos eso, jamás debió pasar. Nunca. Que lo que le pasó no define quién es. Que hay vida más allá del dolor, aunque ahora mismo no lo parezca. Duele y nos marcara siempre. Que hablar da miedo, pero también abre caminos. Que mereces amor, respeto y una existencia tranquila.
Nadie debería cargar con este silencio sola.
¿Hay algo que te gustaría que la sociedad entendiera mejor sobre el abuso sexual infantil?
Sí. Que no es algo “lejano” ni excepcional. Ocurre más de lo que se dice, muchas veces en entornos familiares o cercanos. Y que el silencio es parte del problema. No necesitamos morbo, necesitamos escucha, educación, prevención y justicia real. A veces la gente dice: “eso ya pasó, supéralo”. No entienden que para una niña de tres años, no pasa: se queda en el cuerpo, en la mente, en los miedos. Lo que necesitamos no es que nos olviden, sino que nos crean, nos cuiden y luchen para que no vuelva a ocurrir.
Se el primero en comentar