Cartas mojadas para una Europa ciega

la tragedia de los que huyen de los conflictos que asolan el continente africano y Oriente Medio, de las sequías pertinaces y de la falta de recursos básicos, continúa.

Por Angelo Nero

En junio de 2018, nuestro compañero Dani Seixo entrevistaba al fundador de la ONG Proactiva Open Arms, Óscar Camps, al que preguntaba si había mantenido la esperanza de que Europa cambiase sus políticas ante la crisis migratoria, su respuesta fue contundente:”No. Llegué en septiembre de 2015, y el 28 de octubre fui testigo del naufragio más importante que ha tenido lugar en el Egeo. Allí enseguida me di cuenta de que no había nada, las grandes organizaciones brillaban por su ausencia y tan solo se podía contar con un grupo de personas ayudando a otro grupo de personas que huían de la guerra. Fue en ese momento en el que me di cuenta de que Europa no existe, tan solo seguimos siendo el mercado común. Los temas sociales a la Unión Europea parecen importarle muy poco.”

Desde entonces poco o nada ha cambiado en la política europea ante el drama que se viene repitiendo en el Mediterráneo con miles, cientos de miles de seres humanos que huyen de la guerra, del hambre, o de las consecuencias del cambio climático, que están asolando, tanto como las guerras, amplias zonas de África y de Asia. Esa Europa solo existe, como tan bien apuntaba Óscar Camps, como un gran mercado común, donde todo se compra y se vende, también las conciencias, por eso pagamos a estados donde la democracia es apenas una ficción, como Turquía o Libia, para que hagan el trabajo de contener a esa legión de desheredados que quiere alcanzar las costas de Europa, aún jugándose la vida.

Porque aunque Europa haya convertido a los migrantes que siguen desafiando las inciertas aguas del Mediterráneo en invisibles, la tragedia de los que huyen de los conflictos que asolan el continente africano y Oriente Medio, de las sequías pertinaces y de la falta de recursos básicos, continúa. Continua a pesar también del silencio cómplice de los medios de comunicación que todos los días nos demandan solidaridad con un pueblo de “gente como tú y como yo, con bolsos de Dolce & Gabbana, ropa de Louis Vuitton, gente que podría estar en Madrid perfectamente perfectamente, como nosotros, y que viven en unas condiciones deplorables”, como señaló un periodista de una televisión española.

Y mientras los nuevos refugiados, que también huyen del horror de la guerra, encuentran toda la solidaridad de Europa, los otros, los antiguos, los que llevan buscando una salida al infierno desde décadas, se encuentran con muros infranqueables, con policías antidisturbios servios y milicias fascistas polacas, con traficantes turcos y guardacostas libios, pero lo que es peor, con los políticos de esa vieja Europa que les niega incluso el auxilio en su arriesgada travesía por el Mediterraneo.

Contra esto se reveló, en 2015, Oscar Camps, que se fue a la isla griega de Lesbos, que por su cercanía a la costa turca concentraba el mayor flujo migratorio hacia Europa desde la segunda guerra mundial. Entonces todavía aquel drama todavía no tenía eco en los periódicos, el año había comenzado con los trágicos atentados de Al Qaeda en París, y en Grecia un joven Alexis Tsipras, al frente de la coalición de izquierdas Syriza llegaba al gobierno heleno con una esperanza que pronto se truncó, también ese año comenzaba la sangrienta guerra del Yemen y se recrudeció la de Siria. Pero la avalancha de refugiados que intentaban llegar a las costas griegas pronto se convirtió en materia prioritaria de la Unión Europea, pero no para auxiliarlos, si no para detenerlos.

Dani Seixo, en aquella entrevista publicada en 2018, preguntaba a Oscar Camps, que para entonces ya era muy conocido por sus misiones de salvamento con Proactiva Open Arms, que veía en la cara de la gente que rescataba en el mar, y este respondía: “Pánico, pavor, especialmente pavor. Y si comienzas a fijarte en su cuerpo, entonces ves sufrimiento y violencia, en muchos casos debilidad extrema. Es lo más parecido al holocausto que te puedas imaginar, están comenzando a llegar embarcaciones que te dan esa misma sensación. Este año la salud de las personas que rescatamos ha mermado a un grado que cuesta entender. Algunas personas han llegado a morirse a bordo por pura debilidad.”

Esas personas que huyen de territorios arrasados por la guerra, por la sequía, las malas cosechas, perseguidas por los cuatro jinetes del Apocalipsis, siguen ahora mismo, en 2022, desafiando la peligrosa travesía del Mediterráneo en frágiles embarcaciones atestadas de gente, que siguen necesitando la ayuda de los voluntarios que, como el barcelonés, hacen el trabajo que los gobiernos europeos no quieren hacer, y que incluso ponen todos sus medios para impedir que lo hagan.

Para visibilizar el trabajo de Open Arms, fue fundamental el trabajo de documentalistas como Arantza Diez, David Fontseca, que en 2016 rodaron “To Kyma. Rescate en el Mar Egeo”, que nos trajo a nuestras pantallas la titánica tarea de los voluntarios que trataban de impedir una tragedia que, a todas luces, era demasiado grande para ellos, y donde se nos grabó en la piel las miradas de aquellos que habían logrado sobrevivir al naufragio, gracias a un puñado de socorristas catalanes. Definitiva para la toma de conciencia de los ciudadanos españoles, fue la emisión, en prime time, de “Astral”, la pieza documental que, también en 2016, Jordi Évole y Ramón Lara dirigieron para el programa “Salvados”, una producción que, sin duda, animó a muchos espectadores a colaborar económicamente con la ONG, aunque no por eso el gobierno español cambió su postura -consensuada con sus socios europeos- con respecto a la crisis migratoria.

Dentro de la serie “Héroes invisibles”, RTVE, el canal público español, también dedicó, en 2017, un capítulo titulado “Mediterráneo Central”, a la tragedia que se venía repitiendo en el mar Egeo, centrándose en el equipo de Open Arms, a través de Guillermo Cañardo, médico y jefe de operación de la ONG, recogiendo sus motivaciones y sus opiniones sobre el terreno, cuando ya Lesbos tenía el campo de refugiados de Moria, dirigido por la policía y el ejército heleno, donde se llegaron a hacinar 20.000 seres humanos, en condiciones deplorables.

El trabajo de la organización de Óscar Camps en estos años se estima que logrado salvar a 60.000 personas, en medio del creciente hostigamiento de la guardia costera libia -un protectorado de facto de la Unión Europea-, que tuvo algunos episodios complicados en 2018, y en medio de la negativa del gobierno de Malta del laborista Joseph Muscat, y del ministro del interior italiano, el derechista Matteo Salvini, de dar auxilio y puerto seguro para el barco de Open Arms, al que en marzo de ese año mantuvieron varios días en una dramática situación, con más de 200 rescatados a bordo, y que finalmente fue incautado en su desembarco en Sicilia, y el mismo Camps encausado por “tráfico de personas”.

Paula Palacios, que ya en 2017 se había acercado al drama de los refugiados, en su película “La carta de Zahra”, nos volvió a agitar la conciencia, entonces ya adormecida, pues entonces las cabeceras de televisión y las portadas de los periódicos solo tenían cabida para la pandemia que estaba asolando el planeta, para recordarnos con “Cartas mojadas” que el dinosaurio seguía ahí, aún con imágenes, reales, anteriores, precisamente las que reflejaban el enfrentamiento con las patrulleras libias, los rescates en mar abierto y las complicaciones de buscar un puerto seguro de los años anteriores.

La mirada de la directora madrileña, que contó con la producción de otra realizadora bien conocida, Isabel Coixet, nos muestra toda la crudeza de los salvamentos de Open Arms, pero también se mete en el barco de los guardacostas libios, imprimiendo gran dramatismo en la narración. Con su cámara recorre los silencios de los náufragos, para los que el sueño de Europa es simplemente haber escapado de la muerte, escruta en la mirada asombrada de los niños, en el silencio elocuente de sus madres, en las estrategias desplegadas por la tripulación para mantener la esperanza, en las negociaciones del jefe de operaciones para encontrar un puerto que los acoja.

Pero en “Cartas Mojadas” se va más allá que en los documentales anteriores, poniendo los pies en la tierra, en esa tierra a la que todos los migrantes no quieren volver, y que no dudan en señalar como el infierno: Libia. En ese estado fallido, donde detienen, esclavizan, torturan y extorsionan a miles de personas, detenidos en lúgubres campos de internamiento, cuyo único delito es perseguir un sueño llamado Europa. Y esa misma Europa, tan defensora de los derechos humanos, cuando se trata de Cuba o Venezuela, es la que se mantiene ciega ante esta terrible aberración que, además, financia, como ya hizo con Muammar al-Gaddafi, con el que negoció para convertir a Libia en un estado tapón para la migración africana.

Esas cartas mojadas para una Europa ciega, que escribió Paula Palacios, quizás nos ayuden a abrir un poco más los ojos a un problema que, sobretodo, es un problema de Derechos Humanos. Por eso los medios de comunicación, grandes o pequeños, como el nuestro, debemos de seguir poniendo el foco en el drama que se viene repitiendo, desde hace demasiado tiempo ya, tal como declaraba Óscar Camps a NR: “Dado que los medios no están muy por la labor de difundir todo lo que está ocurriendo, a la gente le cuesta mucho tener acceso a toda la información. También echamos de menos a las grandes organizaciones que son las que deberían de estar denunciando lo que sucede y no lo están haciendo sin que sepamos el motivo. Somos las personas de la sociedad civil las que intentamos solucionar una clara inacción de las administraciones, gritamos tanto como podemos, pero lo hacemos desde un altavoz muy pequeño. Estoy seguro de que si pudiésemos transmitir a la sociedad lo que nosotros vemos y lo que está ocurriendo, su indignación sería tan grande que posiblemente los políticos se verían más presionados para actuar de otra manera. Pero claro, si no hay testigos y periodistas que denuncien lo que esta sucediendo en el agujero negro del Mediterráneo, difícilmente podemos llegar a conseguir que haya un cambio de política. Por ese motivo intentamos mantenernos a toda costa allí, llevando, a ser posible, a periodistas a bordo en todas las misiones.”

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