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¿Qué habrías pensado tú al ver cómo algunas formas de explotación pueden presentarse hoy como elección?
Por Isabel Durán Báez | 20/08/2026
Querida Clara:
Te escribo desde 2026. Sé que quizá te resultaría extraño recibir una carta desde un futuro que para ti era imposible de imaginar. Han pasado muchas décadas desde que levantaste la voz para defender algo que hoy nos parece tan evidente: que las mujeres somos ciudadanas y que nuestros derechos no pueden depender de que otros decidan por nosotras.
Quiero empezar dándote una buena noticia.
Las mujeres votamos.
Podemos estudiar, trabajar, ocupar universidades, dirigir empresas, escribir libros, presentarnos a unas elecciones y sentarnos en un Parlamento. Podemos hablar públicamente de nuestra vida, de nuestro cuerpo y de aquello que nos indigna. Muchas de las puertas que encontraste cerradas hoy están abiertas.
Pero, Clara, tengo que contarte algo.
Que una puerta esté abierta no significa que hayamos dejado atrás todas las habitaciones en las que nos encerraron.
Seguimos hablando de violencia contra las mujeres. Seguimos contando asesinatos. Seguimos preguntándonos por qué tantas mujeres tienen miedo cuando caminan solas, por qué seguimos teniendo que aprender a protegernos de quienes deberían aprender a no hacernos daño.
Y hay algo que quizá te sorprendería especialmente: todavía discutimos qué significa ser mujer.
Imagino que te resultaría extraño.
Hoy hablamos de identidad, de sexo y de género con una intensidad enorme. Hay debates que atraviesan las familias, las universidades, las redes sociales y el propio feminismo. Y en medio de todo ello hay mujeres que siguen intentando explicar algo que parece sencillo y, sin embargo, se ha convertido en una cuestión profundamente controvertida: qué significa vivir en un cuerpo de mujer y qué desigualdades nacen de ello.
También hemos cambiado nuestra manera de hablar de la sexualidad.
Tenemos una industria pornográfica al alcance de un teléfono. Tenemos plataformas en las que el cuerpo puede convertirse en mercancía y discursos que presentan determinadas formas de explotación como si fueran necesariamente libertad.
Y aquí, Clara, creo que me gustaría preguntarte algo.
¿Qué habrías pensado tú al ver cómo algunas formas de explotación pueden presentarse hoy como elección?
Quizá me dirías que una sociedad verdaderamente libre no debería limitarse a preguntar a una mujer si ha elegido algo. Quizá preguntarías también qué alternativas tenía, cuánto necesitaba ese dinero, quién obtiene el beneficio y por qué tantas veces el cuerpo femenino termina convertido en un territorio sobre el que otros hacen negocio.
No sé qué responderías.
Pero sí sé que tu lucha no consistía simplemente en conseguir que las mujeres tuviéramos derechos escritos en un papel. Querías que fuéramos ciudadanas libres.
Y ahí es donde todavía tenemos trabajo.
Porque podemos votar y seguir siendo asesinadas.
Podemos estudiar y seguir sufriendo desigualdades.
Podemos trabajar y seguir cargando con una parte desproporcionada de los cuidados.
Podemos hablar de libertad mientras otras mujeres son compradas, explotadas o utilizadas como mercancía.
Podemos tener leyes y, aun así, descubrir cada día que una ley no transforma por sí sola una sociedad.
Por eso te escribo.
No para decirte que fracasamos.
Al contrario.
Tu lucha llegó mucho más lejos de lo que probablemente imaginaste.
Te escribo porque algunas de las preguntas que os hicisteis entonces han cambiado de nombre, pero no han desaparecido.
Y porque a veces tengo la sensación de que las mujeres de mi generación hemos heredado derechos que otras conquistasteis con un esfuerzo que no siempre recordamos.
Quizá ese sea uno de nuestros mayores peligros: pensar que lo conseguido está garantizado para siempre.
Tú sabías que no.
Por eso levantaste la voz.
Por eso insististe.
Por eso seguiste adelante incluso cuando hacerlo resultaba incómodo.
Hoy, Clara, las mujeres seguimos siendo incómodas cuando cuestionamos aquello que se espera de nosotras.
Y quizá eso sea una buena señal.
Porque todavía tenemos preguntas.
Todavía tenemos cosas que discutir.
Todavía tenemos derechos que defender.
Y todavía necesitamos mujeres que se atrevan a decir que algo no es justo aunque resulte más cómodo mirar hacia otro lado.
Así que termino esta carta como la empecé: dándote las gracias.
Gracias por haber insistido cuando era más fácil callar.
Gracias por recordarnos que los derechos de las mujeres no son concesiones, sino derechos.
Y gracias por dejarnos una pregunta que sigue siendo profundamente actual:
¿Qué clase de libertad queremos para las mujeres?
Han pasado muchos años, Clara.
Pero seguimos buscando la respuesta.
Tuya, desde 2026.
Gracias a tí también Isabel María